Día: 6 de abril de 2020

#GimmeShelter: cine, series,libros y otras cosas para sobrevivir (II)

Quienes estudiamos ingeniería electrónica siempre estamos cuarenteneando. En el fondo siempre nos recluimos en cuartuchos con soldadoras, con resistencias, con una radio chiquitita, con una luz de esas que te dejan ciego y apuntando al circuito que estamos armando. Hay gente que juega online, hay gente que mira series, hay gente que lee mucho. Pero a algunos nos gusta matar el tiempo armando cosas que nunca usaremos. O que quizás usemos con el tiempo. En ese sentido la ingeniería de trabajo de los mecánicos y de los ingenieros electrónicos tiene algo similar: enfrentar el tiempo con un problema que se va resolviendo por etapas es tan terapéutico como jugar a los crucigramas o a los rompecabezas: en algún momento vamos a terminar. Mientras tanto le ganamos al vacío que nos quiere matar, pero que nos pasa por encima. El tema es que, luego de cuatro horas de estar en el cuartito de 2×2 me quedo ciego si es lo único a lo que le dedico tiempo.

Dossier Estudio Ghibli (XV): La colina de las amapolas

Durante años me convertí en fantática empedernida de los melodramas más hiperbólicos que se puedan imaginar. El melodrama y la hipérbole van bien de la mano. De hecho casi que son redundantes. No obstante a partir de un determinado momento en la historia de ese género maravilloso (si pueden consigan el imprescindible Contesting Tears, estudio de Stanley Cavell sobre el melodrama clásico que no tiene el menor desperdicio) viró hacia formas acaso más contenidas, menos exageradas, pero no por eso menos sentimentales, menos sufridas. No, no le pidas Ripstein a los franceses. Pero tampoco a Miyazaki. Escrita por el padre y dirigida por el hijo, La colina de las amapolas es un melodrama hecho y derecho, pero pertenece a esa tradición de los melodramas contenidos, silenciosos, casi avergonzados de su pertenencia.

Amazing Stories

Cuentos asombrosos (1986) era mágica. No le interesaba aterrorizar al espectador -como posteriormente lo hizo la genial Cuentos de la Cripta, la variante terrorífica del formato que más se popularizó- sino que usaba la fantasía como vehículo dramático o humorístico, fundamentalmente para describir conflictos familiares, perspectivas de identidad. Más de 30 años después -y en la dirección de revivir viejos hitos de los 80, como nos hamos acostumbrado a experimentar recientemente- con el surgimiento de Apple TV, Adam Horowitz y Edward Kitsis, creadores de Once Upon a Time y productores de Lost, con el aval de Spielberg, deciden lanzar cinco episodios que intentan revivir el espíritu de la antología original, pero el resultado, no solo es decepcionante en la comparación, sino que también es poco atractivo por sí mismo.

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