Día: 9 de junio de 2020

Relampago sobre el agua

Ya desde su inicio se anuncia una imposibilidad, o más bien un dilema moral: ¿cuál es el límite, la frontera, la tenue línea que separa lo obsceno de una imagen “justa” al mostrar cómo alguien afrenta los últimos días de su vida? Y también, inextricablemente unido junto a esto, una posición más bien estética: ¿de qué manera, qué forma asumir, qué cortar, qué dejar de lado, qué privilegiar? ¿Cómo ordenar el desorden de la muerte?, ¿cómo alterar su quietud? Y no hay manera se dice Wenders, frente a él tiene la mítica figura de Ray, a un amigo de la vida a través del cine, a una suerte de padre fílmico, a gran parte de todo aquello que representa una tradición no heredada sino adquirida -o por adquirir- y a gran parte, también, de un torbellino ajeno que nunca se podrá dominar, ni pautar, ni formatear, en aras de una filmografía propia que pondrá más de un título emblemático en los años que siguen a este film sin dominar –El estado de las cosas, París-Texas, Tokio Ga. Pero antes de las citas y presencias cinéfilas, antes de sentir esa carta de ciudadanía cinematográfica que también adquirieron compatriotas un tanto más ilustres a principios de ese siglo, antes de los homenajes inequívocamente póstumos, había que enfrentarse con El amigo americano, consultarlo, acompañarlo, dejarlo ir.

La chancha

El trauma dejó de tener peso. Desde hace rato que esa palabra circula en la lengua cotidiana, si, pero lo hace desprovista de su pleno sentido -aplicándose a diversas situaciones que por lo general revisten la cualidad de gravedad, pero no necesariamente un carácter traumático-. Lo cierto es que el trauma posee características bastantes precisas. El desafío de transmitir esta experiencia es aún mayor cuando quien la narra lo padeció en carne propia. Este es el reto narrativo y estilístico que debe sortear La Chancha (2020), un drama psicológico en donde el componente autobiográfico es elusivo pero presente. A falta de herramientas simbólicas para que el acontecimiento traumático discurra por los carriles del lenguaje, éste retorna al modo de un loop que se repite una y otra vez, pulsando por ser significado y saneado. Memoria, verdad y justicia es un camino posible y necesario para amenguar un dolor, que sin embargo no termina nunca de extinguirse. ¿Qué hacer entonces con aquello imposible de soportar? ¿Qué se puede hacer ante el horror sino es poesía? En este punto, es donde la ficción se separa de la realidad, donde a diferencia de las limitaciones del personaje protagonista, la ficción y la poética de las imágenes se vuelven el vehículo privilegiado del director para bordear, tramitar y transmitir algo de esa experiencia que está más allá de las palabras.

Ventajas de viajar en tren

Vendida como una de las propuestas más arriesgadas del nuevo cine español, Ventajas de viajar en tren se vende más por lo que pretende que por lo que en realidad es. Con influencias narrativas de Carlos Vermut, atravesada por una estética deliberadamente kitsch -con la persistencia de de colores fuertes y contrastantes entre relato y relato-, la película de Moreno elige el camino del impacto continuo. Pero a diferencia del cine de Vermut, dónde las acciones son consecuencia natural de las acciones de los personajes y donde cada situación es efecto de una decisión coherente del director con sus criaturas, en el film de Moreno todo nos resulta arbitrario, que resulta lo opuesto a juguetón. Si, al menos no es El hoyo, donde absolutamente todo resulta escatológico, solemne y pretencioso. Y no existe el menor rincón para el humor.

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