Día: 23 de junio de 2020

Bad Education

Hay algo que amenaza con ser pantanoso, inestable en Bad Educaction, y aunque al final no termina de hundirse en ese barro, es lo mejor que tiene para ofrecer la película. Ese pantano tiene que ver con el juego de apariencias, con lo simpático, con lo seductor de aquello que se esconde por detrás de la máscara: un tipo que roba y además nos cae bien. En eso es clave la presencia de Hugh Jackman, que está (de forma consciente) un poco más plástico de lo que lo hemos visto hasta ahora: una cara pulida, una sonrisa de publicidad, un encanto siempre al mango. Demasiado al mango. En parte ahí está el problema: se nota demasiado el esfuerzo. No sé cuántas simpatías guardará el lector para el señor Jackman, en lo personal me cae simpático si bien me cuesta encontrarle la fotogenia excepto cuando interpreta papeles más bien polvorientos y gastados (ver la gran Logan). Cuando canta, cuando baila, cuando sonríe y pone modo Broadway y trata de conquistar nuestros corazones, algo falla.

#GimmeShelter: cine, series, libros y otras cosas para sobrevivir (XII)

Mi cuarentena es re linda: estoy en lo de mi madre, de 68 años y con mi abuela materna, de 94 años y con un Alzheimer que desde que arrancó todo esto ha progresado de manera exponencial. El problema no es ser la única persona que puede salir con plena autorización para hacer trámites, compras y un largo etcétera. Es tener que lidiar (junto con mi madre, que convengamos es que la que se lleva la peor parte) con una persona que dejó de ser ella misma hace un rato largo y que, dependiendo del momento, puede ser varias a la vez. Mi abuela tiene momentos donde se parece al pececito Dory de Buscando a Nemo, con su amnesia de corto plazo; otros donde me recuerda al suegro de Billy Cristal en Olvídate de París, repitiendo frases un tanto incoherentes de manera constante; y, finalmente, esos momentos donde es una mezcla del Pennywise de IT y el Robert Mitchum de La noche del cazador. Los últimos son particularmente siniestros y yo a veces me siento en una película de terror, o en un capítulo de La dimensión desconocida. Por suerte tengo momentos más agradables o por lo menos más divertidos, como una mañana en la que se despertó y pretendió usar mi cepillo de dientes como peine, y yo agradecido de que no haya pensado usarlo como papel higiénico.

Jeffrey Epstein: Asquerosamente rico

Cuando vi la mediocre Jeffrey Epstein: un rico asqueroso (la traducción debió ser esa, no la inadecuada Jeffrey Epstein: Asquerosamente Rico) se me impuso en algún lugar de la cabeza el retorno a Carcosa. Pero se trataba de un retorno cambiado, modificado por el horror manifestado en espantos mas terrenales (en este caso no había sectas, pero si abusos de poder piramidales que derivaban en abusos sexuales de distinta clase). La Carcosa de esta serie repleta de problemas (el mayor es la nula empatía que muestra con los entrevistados y la incapacidad manifiesta de profundizar mas allá de lo obvio y superficial del caso) es una multiplicación de espacios: tiene lugar en Palm Beach, Florida, en una isla del caribe, en una mansión en Nuevo México, en otra mansión en Francia. Ese espacio de horrores, abusos y perversiones aquí se dispersa, se vuelve material para un noticiero de media tarde. O en su defecto, para una mezcla de programa sensacionalista de crímenes con programa de chimentos.

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