Día: 17 de agosto de 2020

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El diablo entre las piernas

El diablo entre las piernas no deja de ser una película lúgubre, de una tristeza cósmica, pero que aparece animada por una energía rara; la energía de los cuerpos: los de los personajes que se niegan a simplemente dejarse estar, no respirar más y desaparecer. Para Ripstein y Paz Alicia Garciadiego la vida se sostiene y se justifica, acaso enteramente, mediante el impulso sexual. Para eso la pareja parece recurrir por momentos a una especie de gótico mexicano – ciertas señales, ciertos gestos, cierto clima de opresión -, con una casa- castillo en la que habitan los personajes y una actitud muy osada de beligerancia respecto de cómo se representan los viejos en el cine.

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Ciudad del miedo: Nueva York vs La mafia

Tanto la película italiana como la miniserie documental que nos permite ver Netflix en estos días parten de un dato en común: buena parte de las democracias occidentales, durante gran parte del siglo XX, decidieron dar la espalda a cualquier tentativa de institucionalidad, romanizando y naturalizando el delito y la violencia. Naturalmente que el correlato de ese desprecio también tiene un origen en una bajísima calidad institucional que terminó habitando e inoculando ese desprecio a toda forma de democracia y república mediante la exacerbación de su contrario: la paraestatalidad del delito como alternativa a la decepción generada por el sueño de una república democrática, institucional e inclusiva que nunca llegó. O que en todo caso llegó para equivocarse, tener miles de agachadas y traicionar a sus defensores. Pero la historia que narra este documental breve y adictivo no es el de la génesis de ese mundo delictivo como alternativa (que en los 20s y 30s supo configurar detrás del gangster film un horizonte de reprsentación del imaginario contra-institucional, pensemos en Scarface (Howard Hawks, 1932)), sino el del movimiento de respuesta a esa instalación y naturalización del mundo del delito.

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First Cow

Y un día volvió Kelly Reichardt, la directora de las películas delicadas, de las excursiones al bosque, de las relaciones silenciosas, de los planos frágiles. Volvió con First Cow, la historia de un emprendimiento entre dos amigos que hace un buen sistema con la tragedia colectiva de Meek’s Cutoff. Cookie trabaja de cocinero para un grupo de tramperos hoscos. Una noche, buscando provisiones, tiene un encuentro misterioso: en medio de la vegetación, como escupido por el bosque, se esconde King-Lu, un chino desnudo que escapa de unos cazadores de pieles rusos. Un cocinero piadoso con los animales y un chino perdido en Oregon, entonces: los dos traban en el acto la vieja solidaridad de los desclasados.

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Los trabajos y los días

El departamento musical de las películas de making-of tiene antecedentes tan numerosos que sería ocioso ofrecer una lista. Pero tampoco es exactamente el caso de este objeto fílmico que, cuando al final comienza la música, nos muestra largamente al público sentado como al voleo en la sala, a la manera de esos happenings míticos del Di Tella que mi generación no llegó a ver. La cámara se demora en la llegada de las primeras cajas a la cocina del CETC, se detiene en las minucias del armado de una puesta de luces y se desgrana en dilemas kafkianos que, por ejemplo, cambiarán aquella idea tan simpática de sentar al público en reposeras (que parecía que las conseguían pero no las consiguen…) por un viaje al Once a buscar almohadones.

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