7 mujeres (7 Women) 
EE.UU., 1966, 83′
Dirigida por John Ford
Con Anne Bancroft,  Margaret Leighton,  Sue Lyon,  Flora Robson,  Mildred Dunnock, Anna Kee,  Betty Field,  Woody Strode,  Mike Mazurki,  Eddie Albert

Ningún destino

Por Fernando Luis Pujato

Es el último film de John Ford, está rodado en 1966 y se desarrolla en algún lugar fronterizo en la China del 1935. Eso debería ser suficiente. ¿Debería?, pues aun cuando en su presentación hay un par de secuencias de jinetes cabalgando en esas amplísimas llanuras fordianas  no es un western en el sentido estricto del término, sino más bien uno de los mitos que formaban parte de su esencia tratando de arreglárselas en un lugar tan inhóspito como el lejano oeste, pero sin hombres que las defendieran, sin caballería que las rescatara, sin tan siquiera un pueblo que las cobijara. Entonces, ¿qué es lo que fascina de 7 mujeres convirtiéndolo en una obra maestra, en el excelso legado póstumo de uno de los más grandes directores en la historia del cine? La respuesta es, como el mismo cine de Ford, simple y directa: todo. Porque cualquiera sea la posición crítica que se exhiba, el horizonte cinéfilo que se posea, el rol de espectador que se asuma, la economía y la disposición de los recursos formales en 7 mujeres es, sencillamente, apabullante.

Casi sin planos-contraplanos y con un registro colectivo que siempre prioriza las relaciones por sobre los encuentros, los planos de situación -con el encuadre perfecto por supuesto; la irónica respuesta a Bogdanovich del “sólo puse la cámara ahí”- disparan la escena por entre la luz y la sombra de un espacio clausurado sobre sí mismo, pincelado con el tono ocre de la tierra misma. El cuadro, la pintura se mueve, pero la magia de este cine siempre logró que la distancia entre los seres y las cosas fuera un perpetuo movimiento.

Probablemente no sea el film de Ford más recordado ni el más admirado y ni siquiera el más citado. Quizá porque sea el crepúsculo -pero que parece ser el pináculo también- de una carrera jalonada por más de una obra maestra. Quizá porque objete, en última instancia, cualquier pretensión de colocar la Fe por encima de las constricciones terrenales y porque desarticula la consideración salvífica de la Ciencia al servicio de la humanidad. Y también, seguramente, porque la amistad (viril) ha quedado allá, al otro lado del océano. En cualquier caso porque afirma el fracaso de un proyecto expansionista cuyo último capítulo se había escrito, y filmado, muchos años atrás, en esa inmensa geografía cardinal que debía ser conquistada.

Una furia sacrificial cierra el último plano del último film de John Ford. Alguien había nacido antes.

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