Al nacer el día (Kad svane dan)
Serbia, 2012, 90′
Dirigida por Goran Paskaljevic
Con Mustafa Nadarevic, Mira Banjac, Zafir Hadzimanov, Predrag Ejdus, Meto Jovanovski, Toma Jovanovic, Rade Kojadinovic, Olga Odanovic, Nada Sargin, Nebojsa Glogovac

Breves decepciones

Por Diego Kohan

Expectativas. Sin haberla visto en su momento de estreno, me dispuse a ver una película de Goran Paskaljevic, de 2012, de la cual había recibido algunas recomendaciones. Con algo de tiempo, me puse a verla con una mínima expectativa creada. Se trataba de un director que no me había traicionado. Como punto de partida, es decir, como premisa, Al nacer el día cuenta la historia de un hombre adulto que se entera de que en realidad es adoptado, y sus padres biológicos fueron dos serbios judíos que murieron en un campo de concentración a pocos minutos de donde vive. Hasta ahí, una premisa que podría llegar a funcionar. Pero se trata apenas del comienzo de algunos problemas.

Promesas incumplidas. Quizás se trate de alguna barrera sociocultural, o bien puede ser, simplemente, que Goran Paskaljevic no sabía bien adónde quería llegar con esto, pero la cuestión es que luego de un comienzo interesante y sin fisuras, de repente emerge el ridículo, plenamente injustificado (el vínculo del protagonista con su hijo o en la escena final donde se imagina jugando en la nieve) y, a la vez, nunca atestiguamos una catarsis del protagonista, el profesor Misha. Quizás casi nada de lo que promete la película de Paskajevic se cumpla. Eso podría ser bueno. Pero no, no lo es. Ojo: la primera parte de la película abunda en virtudes: los planos armónicos, la fotografía atinada a la historia, la contención actoral, una verbalización limitada a la hora de informarnos lo que sucede en el proceso de búsqueda de respuestas por parte de Misha. Pero podríamos decir que así como él no va a volver a ser el mismo luego de visitar el territorio donde había estado el Campo de Concentración, la película tampoco será la misma.

Situaciones/Acciones. No hay que ser ningún iluminado para darse cuenta de que al director le importan más las situaciones que los caminos. Y si bien no le podemos demandar a la película una organización narrativa clásica, sí, al menos, precisamos un recorrido. Si bien es cierto que es la misma historia del cine la que proporciona ejemplos de un cine de situaciones (¿qué es el cine de John Casavettes sino?), aquí el sistema no parece funcionar, precisamente. Entendámonos: per se no debería ser un problema enfrentarnos a un cine situacional. El problema es que la sustitución de una narrativa con un hilo conductor con una acumulación de escenas es una decisión letal para una película como esta. Y es que la emoción precisa de situaciones, pero también de acciones. Por lo que este desprecio por el desarrollo tiene como contraparte una cuestión peor: el abandono de los personajes a su suerte.

Caos y apresuramiento. Con una duración acotada, con 90 minutos clavados, la edición transforma un rasgo positivo en un problema, porque en lugar de jugar a favor del ritmo, atenta contra el desarrollo de situaciones y personajes. Es decir: en lugar de llevarnos de a poco a un momento donde el espectador construya empatía con lo que está viendo, se nos propone echarnos por la cabeza el conflicto ya en su máximo punto. El ejemplo más claro de esto está dado por el vínculo entre el protagonista y su hijo (no sabemos por qué lo trata como a un loco o a un anciano senil) o la historia del cantante que ya no canta. O la inverosímil motivación de Misha para enfocar toda su atención en la conmemoración de los caídos (aunque entre ellos estuvieran sus padres) en lugar de un primer acercamiento, más tímido, a la religión o comunidad en sí. El ritmo, sin un destino más o menos previsible, es un carnaval carioca al final de una fiesta, en donde cada uno baila como se le canta.

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