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Tiempo de lectura: 9 minutosAdiós a Larry Cohen, el príncipe de la clase B

Por Federico Karstulovich

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Larga vida a los restos

Por Federico Karstulovich

Larry Cohen (1936-2019)

La carrera de Larry Cohen es una parábola. Comenzó en el mismo lugar en el que terminó, la tele (comenzó a finales de los 50s y trabajó en el medio con cierta continuidad hasta mediados de los 70s, lugar al que volvió durante un breve lapso en los 90s). Pero en el medio logró un apogeo y caída inédito. Si la clase B ya existía en los 30s, los 40s y los 50s y tiene a tipos como a Ulmer, a De Toth, a Torneur como bastiones, si en los 60s Corman y compañía ocupaba ese bastión en los 70s, los 80s y quizás algo de los 90s le pertenecen como heredero de esa noble tradición.

Se dice que la televisión es una picadura de carne para los guionistas (doy fe), pero también que es uno de los lugares en donde más se aprende el oficio. Cohen, en este sentido, cumplió con el mandato: trabajó en TV en diversos unitarios, series y telefilmes entre ellos Kraft Television Theatre, The Defenders, El fugitivo, Los invasores, The Nurses y hasta en Columbo. Ya en ese medio logró aprender en una década y monedas casi todos los secretos de la efectividad en corto tiempo: capítulos de menos de una hora, telefilmes con cortes en el medio y series que debían trabajar con la variación y la repetición a la vez. Quizás esa gimnasia fue la adecuada para poder hacer el salto, naturalmente apoyado desde la producción por AIP, la productora que permitió el salto al estrellato de Roger Corman. Y dado que Cohen no tenía que demostrar nada que no fuera su versatilidad, su comienzo fue con una trilogía blaxplotation (Bone, Black Caesar y Hell up in Harlem), de las que poco se recuerda excepto los logrados pasajes (casi de cinema verité) de Black Caesar (1973). No obstante, la capacidad de Cohen permitió que la confianza le fuera renovada para trabajar con otras libertades en películas posteriores, pero siempre haciendo honor a la tradición de la mejor clase B: menos es más.

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Quizás los mejores exponentes de la clase B libre y desprejuiciada que Cohen siempre supo construir hayan encontrado su horma en el período de películas que van de 1974 a 1990. Pero claro, no todas, ya que la obra de Cohen lo que tiene de libre lo tiene de irregular. Con It’s Alive (1974) se produce algo parecido a un recomienzo en su carrera. La película, concentrada en la idea de explotar el costado más inquietante de los hijos como figuras monstruosas, se proponía llevar el asunto al extremo como para temer a un bebé. Lo interesante es que con escasos recursos, una persistencia del fuera de campo y una limitada cantidad de apariciones del niño en cuestión, a Cohen le basta como para llamar bastante la atención.
Bastante menos conocida pero genial y plagada de ideas interesantes es God Told Me To (D1976), película en la que el centro de una serie de asesinatos aparece directamente ligada a la figura de un demiurgo sádico, como si dios jugara con muñecos humanos. En aquella película Cohen explota parte de su método: sostener la duda hasta bien avanzada la película, como el mejor cine clase B: menos explicaciones siempre rinde mejor. Tras el éxito de la película de 1974, Cohen retorna a su peronaje con It’s Alive 2: It Lives Again (1978), película que se propone duplicar algo de la apuesta de la primera, ganando más en su costado gore pero perdiendo algo de la efectividad inicial que supuso la sorpresa de la primer entrega de la trilogía.

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Con Q – The Winged Serpent (1982), Cohen juega a narrar una monster film de la década del 30 pero al mismo tiempo superponerla con una película de asesinatos rituales, como si buscara hacer una versión popular y de baja escala de Los crímenes de la calle Morgue, el texto de Poe. El resultado es sumamente disfutable porque la película no especula con un público masivo sino que realiza un ejercicio de amor a los géneros que, como era de prever, terminó siendo un fracaso de taquilla. Frente a esa circunstancia, y mediando algunos policiales menores en el medio, sobre los que hablaremos luego, Cohen vuelve al terror más característico con The Stuff (1985), que es una de esas maravillas que el cable se dedicó a transmitir al inicio de los 90s. Como siempre en el cine del director, el terror y el mal no tiene arquetipos ni caras visibles sino que es plástico, mutante, cambia. Por eso, quizás, nunca pudo terminar de hacerse un nombre en el género más allá de la trilogía de It’s Alive. De ahí que el retorno a la figura que lo hiciera más famoso terminó siendo inevitable. It’s Alive 3: Island of the Alive (1987), es posiblemente la más floja de las tres entregas de la saga, precisamente porque denota algo del cansancio en Cohen, quien para ese entonces parecía divertirse más con su actividad como guionista.

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Así y todo, con el lastre de la saga encima dirige A Return to Salem’s Lot (1987), una poco inspirada y no oficial continuación de la película de Tobe Hooper de finales de los 70s, que adaptaba al texto de Stephen King. Hablamos de una película a la que los años no hicieron bien, pero que tampoco está tan mal. Así y todo, apenas tres años después, dirige la que posiblemente sea el retorno a su mejor forma, la del cine clase B que alguna vez había sabido construir, que en el directo a video encontraba el mercado ideal y el público indicado. Con The Ambulance (1990), el director vuelve a lo que más le gusta: una premisa simple, pocos personajes, una duda instalada, una serie de recursos ridículos y varias vueltas de tuerca en el medio. Nuevamente asesinatos, nuevamente alguien que indaga los motivos y en medio de todo eso la ambulancia en cuestión, que funciona como un catalizador. Y Eric Roberts en una clave actoral rarísima.

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Pero hagamos un salto hacia atrás, porque la obra de Cohen es algo más que las películas mencionadas y que en alguna medida se mueven entre el terror y el fantástico. En 1977 dirige una cosa rarísima (o quizás rara porque es extrañamente clásica para el cine del director), que es The Private Files of J. Edgar Hoover (1977). Tras el rodaje de un telefilm que nunca tuvo estreno oficial, See China and Die (1981), dirige uno de esos policiales que tienen la marca Cohen de manera indeleble. Perfect Strangers (1984) es un thriller cargado de vueltas de tuerca, como si desde su rol de guionista Cohen conociera todos y cada uno de los lugares comunes de los géneros y decidiera encontrar media vuelta de tuerca más al inverosímil. Con esa misma premisa, lo que podríamos llamar una poética coheniana del inverosimil verosímil, concibe Special Effects (1984), que funciona como un ejercicio hitchcockiano de baja escala, como si se filtrara algo de aquel director inglés con otro, el Michael Powell de Peeping Tom. Con Deadly Illusion (1989), el asunto gira todavía más la manivela del absurdo, en un policial de dobles y triples identidades, como si De Palma se hubiera comido a Cohen. Lo notable es que siempre que se recuerda al director se lo destaca por sus aportes al terror y al fantástico pero nunca por su notable conciencia a la hora de abordar el thriller policial. Casi que me atrevería a decir que no podría existir algo del tono del Verhoeven de Bajos instintos
sin la influencia directa de Cohen. El tema es que el director siempre trabajó con materiales bastardos y bastardeados. Y los hijos sin padres tampoco engendran prole.

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Bastante desafortunados, en cambio, fueron diversos proyectos concebidos por encargo, que muestran lo peor del director: el automatismo, el desinterés o lisa y llanamente el desprecio por el material. Ahí están las pobres Full Moon High (1981), película que intentaba mezclar un tono de comedia con cinefilia y licantropía, pero con resultados pobrísimos. También está Wicked Stepmother (1989), otra comedia -no es el género que mejor le sienta a Cohen, claramente- cuyo único elemento destacado es que implicó la despedida del cine de Bette Davis. Con As Good As Dead (1995), en cambio, intentó un retorno a los thrillers con vuelta de tuerca que había logrado concebir en la década anterior, pero con bastante mal resultado. También es espacialmente pobre Original Gangstas (1996), que fue técnicamente la despedida del director del mundo de los rodajes. Y que encima que con un presunto homenaje amoroso al blaxplotation, convocando a viejas figuras como Fred Williamson y Pam Grier, incluso antes que Tarantino en Jackie Brown. Pero posiblemente toda esta pobreza se debiera a que Cohen, luego de sus fulgurantes dos primeras décadas, empezaba a retornar a su viejo amor: el trabajo como guionista, que era el que le permitía sostener un universo personal

Maniac Cop

En la década del 80 el costado de guionista de Cohen se destapó también en la clase B del trash de Maniac Cop (1988), que luego supo contar con dos continuaciones, Maniac Cop 2 (1990), Maniac Cop III: Badge of Silence (1993). Pero lo que prevalacecía en el trío de películas dirigidas por William Lustig (otro heredero de la clase B más berreta de los 80s) era la libertad, la incorrección política y el aire de un cine más libre y desprejuiciado respecto del mainstream de aquel entonces. Con el ingreso a la década del 90 se produjo también un retorno parcial de Cohen a la TV con la escritura de algunos telefilms, entre ellos la más que respetable reversión de la serie de tv de los 60s Los invasores, pero también con una participación activa en la serie NYPD Blue. La otra vía de supervivencia vino con la escritura de películas del llamado mercado de directo a video, en donde ingresan las poco rescatables Guilty as Sin (1993), Uncle Sam (1996), The Ex (1997) y Misbegotten (1998). Parecía que esa década estaba condenada a arrastrar al director y guionista a lo peor de su carrera, hacia un final triste y solitario. Pero llegaron los 2000s, década en la que su cine fue revalidado, entre otros, gracias a un cultor de la clase B que Cohen había sabido cultivar. Hablamos de David R. Ellis. Primero como guionista de esa curiosidad llamada Phone Booth (2002), sobre un hombre atrapado en una cabina telefónica e imposibilitado de salir, y luego como responsable de la historia de Cellular, sobre un sujeto que recibe un llamado de una mujer secuestrada a la que, en caso de cortarle el teléfono, le hará perder la vida. Con dos ideas económicas y delirantes hasta el inverosimil (acaso la marca histórica del director-guionsta) Cohen recuperó algo del viejo aire, que terminó de darle un lugar para un justo retiro con el gran capítulo que dirige para Masters of horror, Pick Me Up (2006), con una premisa tan delirante como divertida como que dos asesinos (uno que hace dedo y se especializa en matar a quien la lleve y otro que conduce un camión y se especializa en matar a quien hace dedo) se encuentren y deban eliminarse mutuamente.

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Luego vendrían sus últimas dos películas como guionista, acaso trabajos menores que ni vale la pena mencionar como fueron Captivity (2007) y Messages Deleted (2009). Pero la despedida ya se había consumado algunos años antes.
En sus últimos años trabajó como consultor de proyectos, pero relativamente alejado del núcleo duro de la industria asi como de ese cine pequeño y clase B que tanto amó y que hoy quizás encuentra caminos en las nuevas tecnologías, en películas más pequeñas pero también, cada tanto, en algún mainstream delirante, como las mencionadas películas de David R. Ellis.
Cohen se fue, y con él también una época de libertades, de ausencia de temor al ridículo y, fundamentalmente, un enorme goce por narrar. Si algo se va con este hombre es ese disfrute. Nada más lejano al prestigio que muchos directores pretenden para su bronce personal. En Cohen, el bronce estaba hecho de basura. Celebremos eso.

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