Un cielo sin estrellas: Rutger Hauer (1944 -2019)

Por Federico Karstulovich

Comencé esta suerte de necrológica mezclada con despedida personal una y mil veces. El rubio, que llevo a cabo la friolera de 140 películas y mucha TV en el medio, me obligaba a escribir algo en su memoria, precisamente por el lugar que ocupaba en la mía. De hecho, en el día de su muerte, mucha gente empezó a hacer rankings frívolos sobre las películas preferidas de este actor que actuaba como si se tratara de respirar. Me da vergüenza cuando veo rankings sobre hazañas llevadas a cabo por personas muertas. No solo es un ejercicio de mierda, inservible, sino que también es descorazonado.

-Cuál fue para vos el momento que más disfrutaste de las películas con mengano?
-Aquel en el que se tiraba un pedo
-Entre al ranking, nomás.

Hacer listas es divertido cuando se trata de cosas impersonales. Las listas de películas son divertidas porque no afectan necesariamente. Pero cuando se trata de personas creo que hay que pensar de otro modo. Todo esto viene al caso de que intenté escribir esta nota desde distintos ángulos: “a ver, pensemos las películas más representativas de RH”. No. “Pensemos en las menos conocidas”. Tampoco. “Pensemos en las películas subvaloradas”. Noup. “Las que más me gustaron”. Narcisista. Sea como fuere todo volvía a aplastar a la persona. Pensé entonces en una suerte de tómbola: “y si tanto valoramos la obra de un actor del carajo, por qué no dejar que el azar haga lo suyo?”. Si, conlleva peligros varios: no haber visto muchas de sus películas es uno de ellos. Entonces entendí que no tenía que dejar que prevaleciera ninguno de los criterios. O que coexistan todos juntos, como en la obra de este sujeto que supo tomarle la mano a eso de ser una estrella sin ser una estrella.

Hay una etapa holandesa en el cine y la tv en la que participa el joven Rutger? Si. Pero de esa etapa no todo el material es accesible. Al mismo tiempo el que ha prevalecido con el tiempo es aquel que filmó con ese notable director que es Paul Verhoeven, con quien, sin olvidarse de este dato, siguió filmando en las primeras incursiones hollywoodenses de aquel.
Delicias Turcas (1973), Kattie Tippel (1975), El Soldado de Orange (1977), Spetters (1980) y Flesh + Blood (1985) son las vías de entrada al mundo veerhoveniano en donde el método del actor se pone en evidencia: coordinar la gestualidad impertérrita con latigazos físicos, como si en su interior viviera un ser disociado. Es posible que sin mediar la marca a fuego que deja Verhoeven en sus actores Hauer no hubiera sido el que luego conocimos. Pero es factible que tampoco se hubiera prestado a un abanico tan amplio de posibilidades como actor. Y es que el cine del director de RoboCop tiene ese no sé qué de mezclar lo alto con lo bajo con una impunidad hermosa. Y se me ocurre que esa es una e las claves para entender cómo el actor podía hamacarse entre el indie americano más pequeñito y las producciones clase B más berretas a la vez que el cine de autor europeo como si nada, como si entre todos esos universos hubiera una continuidad.

Pero al mismo tiempo en el que Hauer desarrolla su carrera en la etapa holandesa, previa al salto internacional, el actor participa de otros proyectos con directores menores en Europa y como actor secundario en películas americanas, dato que también permite entender el salto progresivo que se condecorará en la década siguiente. Ese proceso se extiende hasta comienzos/mediados de los 80s, ya que luego del éxito de Blade Runner y con el salto en la carrera, el actor avizoraba un horizonte hollywoodense claramente consolidado. Pero esto nunca terminó de darse, quizás porque la libertad de moverse dentro y fuera del sistema de estudios y de autores lo habilitaba a seguir eligiendo nacer y morir en cada proyecto, como si en el fondo no hubiera una obra, sino un corpus mutante. En ese proceso híbrido podemos encontrar grandes películas como
Halcones de la noche (Bruce Malmuth, 1981), Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Clave: Omega (Sam Peckinpah, 1983), Ladyhawk (Richard Donner, 1985), The Hitcher (Robert Harmon, 1986), Blind Fury (Phillip Noyce, 1989), The Blood of heroes (David Webb Peoples, 1989).

Europa, entonces, no fue solo un hogar, sino que fue un camino de ida y vuelta para este actor que mientras llevaba adelante proyectos gigantescos, épicos, metidos de lleno en el barro de los géneros más bastardos, podía volver y mutar otra vez. El problema es que a partir de un determinado momento el retorno a Europa comenzó a serle esquivo y los proyectos fueron designándolo hacia una dolorosa lateralidad de personaje secundario en las películas en las que participaba. Si bien participa de varios proyectos con autores mediantemente consolidados, otras de las películas que filma terminan convertidas en un ingreso lateral en la larga filmografía. Si, desde los 80s al presente hay mucho, pero dentro de las producciones europeas de las últimas tres décadas y monedas apenas si podemos salvar a películas como como La leyenda del santo bebedor (Ermanio Olmi, 1986), Una noche de claro de luna (Lina Wertmuller, 1989), El molino y la cruz (Lech Majewski, 2012), Black Butterflies (Paula Van Der Oest, 2011) e Il villagio di cartone (Ermanio Olmi, 2011). Pero no es esta la parte más memorable de la carrera de este actor impredecible.

Quizás, entonces, lo mejor que haya hecho Rutger Hauer no haya venido con el prestigio del cine de autor, ni con la fama del breve paso por Hollywood ni por la amistad con Verhoeven. Quizás lo mejor de Hauer estaba en los restos, en la basura de la cultura popular, que durante una época encontró una perfecta vía de salida para los productos audiovisuales: los telefilms y las películas directo a video (o a DVD, según el contexto temporal). Por algún extraño motivo, ese mundo pareció ser mucho más hogareño, confortable y reconocible para este actor que parecía buscar cualquier cosa excepto el bronce. Al punto tal que no fue al inicio de su carrera sino a lo largo de los gloriosos años 90 en donde Hauer llegó a filmar con una continuidad asombrosa cantidades promedio de 3 películas por año (en 1997 llegó a filmar 7). Claro, en este momento de la lectura uds se preguntarán si lo que festejamos es la cantidad. No, no es eso. Lo que festejamos es que, cuando uno se siente cómodo en un lugar, quizás se sienta a gusto volviendo cuantas veces sea posible. Y en este punto no soy muy amigo de jugar el análisis por el hipotético interés por el dinero y nada más que el dinero. Si asi hubiera sido, Hauer perfectamente podría haberse quedado en la comodidad que Hollywood le había ofrecido abriéndole las puertas. Pero nada de eso sucedió. Quizás porque en la berretada de la clase B este actor logró reconectar, casi dos décadas después de su surgimiento actoral en Holanda, con el actor que siempre supo ser: una suma de personajes repletos de lugares comunes a la vez que dirigido por directores sin autoría alguna detrás.

La lógica de lo berreta, de la clase B, fue culto en la obra como actor de Hauer en las últimas tres décadas. El thriller de suspenso, la ciencia ficción con viajes en el tiempo, el terror sobrenatural, el film de aventuras y supervivencia, el cine catástrofe, el slasher puro y duro. Tachos de basura de los géneros, recuperados por un actor-autor, que cada vez que los atravesaba los impregnaba de una mirada personal. Porque como actor, Hauer también aprendió y enseñó que puede haber una obra incluso con toda la mediocridad junta puesta a la orden de la dirección. Culto a las películas malas? No no. Culto a los actores que están más allá de las especulaciones. Y si algo no había en Hauer era especulación, sino diversión y juego, algo que no casualmente recuerda al genial y recientemente fallecido Larry Cohen (pero en aquel caso como director). Entre principios de los 90s y los últimos años el actor realizó películas impersonales desde la dirección pero personales para su estrategia actoral de tómelo-úselo-déjelo: Past Midnight (1992), Fracción de segundo (1992), Punto Ciego (1993), Artic Blue (1993), Voyage (1993), Juego de supervivencia (1994), Fatherland (1994), Beyond forgiveness (1995), Mr Stitch (1995), Crossworlds (1996), Experimento criminal (2001), Tiempo Final (2002), La aventura del poseidon (2005), Dead Tone (2007), The reverend (2011), Dracula 3D (2012), Beyond Valkyrie (2016).

Solo cuando la conciencia dictó la necesidad de hacer evidente el recurso de participar de proyectos abierta y reflexivamente pulp, Hauer se convirtió en un actor cool, con onda y no en un actor viejo que participa en proyectos patéticos. La autoconciencia fue un relámpago, afortunadamente, porque nada de esto cambió el ánimo de construir una obra sobre la basura. Películas como Sin City (Robert Rodriguez, 2005) y quizás la más consciente de lo que el actor venía haciendo en las últimas décadas, Hobo with a shotgun (Jason Eisener, 2011) lo trajeron de retorno como si se tratara de un trofeo, como si fuera una operación a lo Tarantino. Afortunadamente nada de eso aruinó una carrera que, cuando más hundía sus pies en el fango, más identidad adquiría. Quizás alguna vez sepamos entender por qué no murió olvidado, sino que Hauer descubrió, ante la memoria pública de los éxitos, un perfecto antídoto: la antimemoria de los fracasos memorables, que son los que nos hacen ser lo que somos.

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