Conozco a Mariano desde hace casi una década (que viejos estamos), quien primero fue alumno de diversas materias que dictaba y luego fue alumno de supervisión de proyecto de largometraje. No obstante, más allá de su pasión por escribir películas, había en Mariano una segunda pasión, que era la de mirarlas. El primer año del festival EPA (sobre la cual hablamos aquí) me tuvo como jurado y ahí no hicimos mas que cruzarnos en las distintas funciones, lo que demostraba que esa cinefilia era sostenida con amor y perseverancia. En las siguientes versiones del festival me costó más estar, pero no dejé de seguirlo de cerca, entre otras cosas, gracias a la cobertura que el mismo Mariano se dedicó a realizar. En este tercer año, con un incansable grupo de trabajo (algunos de ellos integrantes de Perro Blanco, a la vez que de otros amigos de otras latitudes), el EPA no hizo más que consolidarse como el más grande de los festivales chicos que hay en Argentina. Como no podía ser de otra manera, le pedimos a Mariano que nos cuente un poco de esa experiencia. El resultado es el que sigue, contado desde adentro, con amor y pasión (que de paso funciona también como una declaración de amor al hogar).

Un festival popular

Por Mariano Samengo 

Se sabe que una buena porción de nuestra identidad se forja según donde crecimos. Por supuesto, otros factores igual de importantes entran en juego (sociales, económicos, educativos), pero todos estamos de acuerdo en que la idiosincrasia de una persona no va a ser la misma si nació en lo remoto de las sierras con pocos recursos que una que creció en una sociedad progresiva como Suecia, por ejemplo.

Bueno, yo soy nacido y criado de Ciudad Jardín Lomas del Palomar (Palomar para hacerla corta), partido de Tres de Febrero, ubicado en el noroeste del conurbano bonaerense, a 25 minutos viajando en tren si salís desde la estación Federico Lacroze (no es tan lejos, ¿vieron?).

Del mismo modo en que conozco mucha gente que fue nacida y criada en el seno de la Capital Federal y que no la cambiarían por nada del mundo por las “comodidades” que ofrece, yo jamás podría abandonar mi barrio. “Pero si te mudas a Capital vas a estar cerca de todo” me dijeron varias veces, a lo que yo siempre respondo lo mismo: Ni. En. Pedo.

Primero:Porque Ciudad Jardín me proporciona un ritmo de vida completamente a contramano del estrés tácito que tiene toda gran urbe. Muchos espacios verdes, silencio y una vista preciosa a los establos del Colegio Militar que no tiene nada que envidiarle a ningún country paqueto de Pilar. Volver al barrio significa para mí desligarme de todo lo que me hace mal cada vez que salgo a la cancha de la realidad diaria. Funciona como escondite, refugio y fortaleza en todo sentido del término, porque el espacio está lo suficientemente alejado como para tomar distancia de la locura de la ciudad, pero lo suficientemente cercana como para volver a armarse y retomar la rutina. (Nota al pie: si investigan un poco sobre los “barrios jardines”, se sorprenderían mucho de lo vanguardista que fue ese proyecto de vivienda, del cual Ciudad Jardín es algo así como el pionero de todos).

Segundo: Porque todos mis grandes afectos (familia y amigos) pertenecen al barrio. Sin tenerlos a ellos cerca, mi vida claramente sería muchísimo más miserable de lo que a veces puede llegar a ser.

Tercero (y no menos importante):porque tengo mi propio festival de cine.

Por supuesto, hablamos del EPA Cine, un proyecto hermoso impulsado por Eduardo Marún (actual programador de cine del hermoso teatro que tenemos, el Helios) que ya lleva tres exitosos años corriendo el ombligo del BAFICI y trayendo proyecciones increíbles y eclécticas que están a la altura de cualquier otro festival clase A.

¿Por qué digo que es “mi festival”? Porque el EPA Cine tiene un objetivo mucho más ambicioso que entregar buenas películas: quiere reafirmar tu sentido de pertenencia al barrio. Al menos, eso es lo que genera en mí y es algo que continúa haciéndolo. Es un festival en donde te sentís acobijado y tratado como un individuo, no como un digito que llena butacas en un sistema. Por supuesto, invariablemente el trato “personal” puede diluirse mientras más grande el proyecto se vuelva, pero quiero creer que eso no va a ocurrir nunca con el EPA, porque no está en sus genes, en su idiosincrasia.

Lamentablemente me perdí la apertura porque me tocó trabajar hasta tarde, pero mi itinerario epacinesco arrancó el jueves con una actividad propulsada por Cine & Ciudadanía, un proyecto de voluntariado al que pertenezco que tiene por misión entregarles a chicos de los secundarios del partido de Tres de Febrero las herramientas básicas del cine. No solo como para que desarrollen un criterio sobre las imágenes que consumen diariamente y puedan expresar sus puntos de vista (se sorprenderían de la variedad y complejidad de los temas que tocan, que van desde la violencia de género, violencia institucional, discriminación, bullying, cyber grooming, inclusión social y hasta el hecho de lidiar con la pérdida de un ser querido), sino también como un modo de vincularse con el otro, porque en la mayoría de los casos, los grupos comenzaban divididos y fracturados al comienzo de la cursada, pero tras su participación en el taller, todos lograron unirse y amigarse unos con otros. La gran satisfacción que me genera participar de este proyecto es constatar que el cine puede estar al alcance de todos y que independientemente de la formación y la procedencia que tengas, podes terminar acabando con tu película proyectada en una sala de las cuales los dioses del cine estarían orgullosos (sepan disculpar, soy ateo). La emoción con la que terminan los chicos después de la función es impagable y son ese tipo de momentos que hacen al EPA Cine distinto del resto de cualquier otro festival hecho para el consumo.

En los días restantes, disfruté de ser tan solo un espectador más, viendo la programación completa de los cortos (una selección despareja, pero en líneas generales consistentes en su realización. El que más me gustó fue un documental observacional que se llama Mercado, que obtuvo con justeza una mención especial por parte del jurado) y un puñado de películas. Entre ellas, Mirada de cristal (un homenaje hecho a pulmón al género del giallo italiano sumamente irregular, plagado de actuaciones que en comparación ponen a Sebastián Estevanez como Marlon Brando, pero con mucha personalidad en su dirección de arte, fotografía y su diseño sonoro), La quena de la muerte (una película muda argentina algo incompleta -literalmente hablando, tenía saltos y partes inconclusas- pero con un impecable ensamble musical en vivo), Did You Wonder Who Fired The Gun?  (un documental de investigación atrapante y con un dejo siniestro sobre un caso de homicidio por parte de uno de los tíos del realizador del film), Teatro de Guerra (un interesantísimo documental experimental/ensayístico/performático de Lola Arias sobre cómo los veteranos argentinos e ingleses de las Guerras Malvinas lidian con el hecho) y finalmente La Educación del Rey (a las claras, la película más “entretenida” del festival, un thriller policial mendocino ágil protagonizado por el siempre infalible Germán de Silva en el rol de un ex guardia de blindados que toma bajo su ala como si fuera un hijo a un delincuente juvenil).

No quiero explayarme demasiado sobre las películas porque no me parece lo central de este escrito. No me considero tan buen crítico de cine como para hacerlo, porque en primer término me considero un realizador y llego a un punto donde simplemente puedo decirte si algo me gusta o no, con más o menos fundamentos.

Pero lo que sí puedo decirles, con una mano en el corazón, es que el EPA Cine llegó para quedarse, y que es un festival popular en el mejor sentido del término, esperándolos con los brazos abiertos y con una pinta de birra tirada a la salida del cine.

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