En la revista tenemos varias secciones. En todas y en cada una escribimos con libertad. Pero quizás los diarios cinéfilos sean aquellos en los que nos despachamos sin ninguna clase de prurito sobre cualquier cosa, tema, persona, etc. En este caso lo interesante es que el turno le tocó a un actor que casi no tuvo obituarios decentes en los distintos medios que se encargaron de hablar de su persona. Y que cuando los tuvo fueron al lugar común más básico, elemental y poco respetuoso, que es el de tratar a una persona como una gacetilla de prensa. En este caso el autor de esta nota se pregunta por qué este hombre, que portaba algún talento consigo tuvo tanta mala suerte, o eligió mal (o quizás eligió el lugar en el que más cómodo se sentía aunque no lo representara). Por lo pronto pasen y lean. Es un homenaje sentido. Y es una despedida con una sensibilidad carente de cinismo, algo que se ha extendido cuando quien se va no es parte del canon, ni prestigioso ni consagrado.

Una vida escondida: Emilio Disi (1943-2018)

Por Hernán Schell

Hace unos días murió Emilio Parada, muchísimo más conocido como Emilio Disi: actor de cine, televisión y teatro argentino que en su adolescencia estuvo a punto de ser un jugador de fútbol de primera división pero decidió abandonar una carrera de corta vida y pocas probabilidades de éxito para dedicarse a la actuación. Siempre me llamaron la atención tres anécdotas de Disi. La primera es que cuando recién empezó a hacer teatro, su idea era convertirse en un intérprete de obras de Shakespeare e Ibsen. La segunda es que su idea de ser comediante se dio cuando, en una interpretación de una tragedia, salió vestido de manera tal que el público no pudo hacer otra cosa que reírse. La tercera es que sacó su apellido artístico cuando, buscando otra forma de apellidarse que no sea Parada –que por razones obvias daba para tomárselo demasiado en joda como para ponerlo en los títulos de alguna obra- encontró al azar, en unas Páginas Amarillas, una óptima llamada Disi.

La primera anécdota me parece una paradoja increíble. Un tipo que empezó con ganas de hacer Shakespeare y que terminó haciéndose célebre más que nada por películas como Los Bañeros más locos del mundo, la saga de Extermineitors y Brigada Z; productos televisivos como Brigada Cola y obras de teatro con títulos como La Noche de las Pistolas Frías y Que gauchita mi mucama.

La segunda anécdota habla de la cara cómica que tenía Disi, lo que hizo que inevitablemente estuviera ligado a una carrera humorística. Aunque también es verdad que sólo con una cara graciosa no se hace nada y que la construcción de su carrera como comediante se basa también y sobre en la capacidad de encontrar una expresividad determinada tanto sea facial como corporal, así como una voz particular.

No estoy diciendo con esto que las comedias en las que participó Disi fueran necesariamente buenas, la mayoría de ellas incluso adolecían de cuantos males podía haber en una película cómica: falta de timing, un sentido de la dirección nulo, errores insólitos de continuidad en el montaje y una idea de pensar a los chistes como refritos baratos de sketch televisivos de por si bastante básicos o de chistes gastados y elementales. Que hoy algunos de esos chistes sean considerados de una incorrección política bestial no los hace mejores o peores, simplemente los hace igual de malos que antes, pero menos tolerables para la sensibilidad de esta época.

Y así y todo, Disi tuvo un gran mérito como actor: el haber actuado bien, y ocasionalmente muy bien, para directores incapaces hasta de encuadrar un plano. De hecho, si uno lo analiza con detenimiento, no es poco talento el saber entregar actuaciones carismáticas en películas donde no parece haber nadie dispuesto a hacer algo con una mínima solvencia. Por eso quizás uno de los ejemplos más contundentes de su talento está en su interpretación en Bañeros 3 y 4 ambas dirigidas por Rodolfo Ledo, quien posiblemente sea el peor director de la historia del cine nacional. Si uno tiene la paciencia y la energía de ver estas películas puede ver fácilmente como Disi podía moverse con gracia y solvencia ahí donde nadie más lo hacía. Si uno observa bien se dará cuenta que mientras los demás actores hacen un esfuerzo ridículo por parecer graciosos exagerando su gestualidad como si el espectador del otro lado fuera un nene de dos años, había una pose en Disi de alguien que no se estaba tomando en serio nada de lo que estaba pasando ahí, moviéndose poco y nada y dando una idea de ser un tipo con suerte al que le están pagando por hacer una película imposible. Ese tipo de actuación mostraba creatividad, y también entendía instintivamente que buena parte del encanto de estas películas (encanto al menos para los que disfrutan de algo que para mi es aburridísimo) reside en el nivel de joda absoluta del producto. De ahí también que cada vez que pienso en Disi pienso en la mencionada tercera anécdota: la de alguien que encontró un apellido que lo acompañaría durante décadas en su carrera como una casualidad absoluta, sin pensarlo demasiado y sacándolo de una guía telefónica.

Eso siempre reveló en Disi un instinto talentoso propio de un buen (o incluso un muy buen) actor para encontrar una expresividad justa a la película de la que estaba participando. Un ejemplo concreto de esto es la manera en que los personajes cómicos de Disi solían enojarse tanto en las películas de Brigada Z o Bañeros como en los sketch televisivos que hacía junto a Susana Gimenez. Cuando hacía de enojado Disi aflautaba su voz ronca; era una voz enojada pero esa voz se sentía tan impostaba y duraba poco para inmediatamente volvía a su estado original. De ese modo mostraba que su personaje, casi siempre un vago sin ambiciones, no ponía pasión ni para indignarse, era cuestión simplemente de cambiar la voz un poco y después volver al mismo ánimo de hace unos segundos. Nada era, en suma, para tomarse demasiado en serio.  Pienso incluso que ese personaje del actor que parecía participar de una gran joda es la representación perfecta de lo que fue el humor argentino a partir de la influencia de los productos cómicos Sofovich: un humor que está en las antípodas de cualquier tipo de comedia pensada firmemente desde el guión y la disciplina, entregado a una idea de que se hace algo gracioso filmando a un grupo de actores actuando como si estuviesen pasándola bárbaro en una reunión de amigos.

 

Si uno creyera que no hay tanto mérito en eso y buscara pruebas de su calidad actoral en la versatilidad, bastará verlo para eso en dos películas. Una es La Búsqueda de 1985, película de Juan Carlos Desanzo donde Disi compone un villano dueño de una risa nerviosa y una cordura por demás dudosa. Allí toma un personaje que pudo haber caído en el grotesco más absoluto y lo convierte en una suerte de psicótico sobrio. La otra es Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo, comedia amarguísima de la dupla Cohn y Duprat donde Disi hace de un hombre que tiene la oportunidad de rejuvenecer diez años aprovechando la experiencia vivida. Allí el actor hace una suerte de inversión de los papeles que lo caracterizaron. Si Disi en las comedias de Los Bañeros era un chanta despreocupado, que vive su mediocridad con cierta felicidad, en Querida… la medianía es algo que le duele y mucho a su personaje. En uno de los momentos de la película, se escucha al personaje de Disi diciendo en una voz en off: “cómo decía mi abuelo, la vida es una torta de mierda de la que cada día hay que comer un pedazo”. Mientras escuchamos esa voz en off, vemos a su personaje haciendo una risa totalmente falsa como reidor de un programa de televisión. Es como si se quisiera que este personaje, al que siempre vimos vivir como jodón, de pronto no esté capacitado de reírse más que mecánicamente. La actuación de Disi, amargada, hecha de un rostro pétreo y que tiene la angustia dibujada en la cara, no sólo está entre lo mejor de su carrera sino que también muestra hasta que punto pudo haber ganado prestigio como actor si su profesión hubiera sido derivada para otros registros. En algún punto, uno no puede dejar de preguntarse que hubiera pasado si el destino laboral de Disi hubiera sido más parecido al de su coprotagonista de Extermineitors Guillermo Francella, actor que hasta hace no hace mucho  parecía eternizado en papeles similares a los de Disi hasta que directores como Katz, Campanella o Trapero decidieron probarlo en otros roles.

Uno podría atribuir esto a la mala suerte de Disi pero la verdad es que por sus propios testimonios y el propio manejo de su carrera, él mismo no parecía demasiado interesado en correrse de ese tipo de comedias. De este modo, su figura quedó anclada en el imaginario colectivo, en una forma de hacer un tipo particular de humor. En lo personal, no es un humor que defiendo ni desde la nostalgia (sentimiento del que prácticamente carezco), ni desde una sensibilidad trash (que nunca me interesó), ni mucho menos desde una idea de pensar que es un tipo de humor valioso en su frescura. Sería mentir si no dijera que Disi representa quizás mejor que ningún otro actor una tradición humorística argentina basada en la desidia y lo improvisado que deploro. Disi lo hizo más incluso que Olmedo, que hacía de la interpretación un gesto de energía desbordante y hasta de inconsciente transgresión. Disi en cambio, incluso cuando improvisaba lo hacía con un desgano que representaba acaso inconscientemente la propia falta de ámbiciones de las personas que estaban detrás de la cámara. Con la muerte de Disi, se fue un representante cabal del humor chanta cuya influencia fue a mi entender nefasta para la comedia argentina. Dicho esto, sólo una persona con un genuino talento actoral pudo representarla de manera tan perfecta. Quizás incluso, como actor que representó mejor que ningún otro un estilo y un tiempo, alcanzó a su modo una extraña pero merecida trascendencia.

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