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Tiempo de lectura: 2 minutosEastwood metió la pata

Por Ariel Esteban Ramos

El más allá del ocaso


Acabo de terminar Cry Macho, gracias a Dios. Tengo para decir dos o tres cosas, aunque pueden ser más.
1. Clint Eastwood corona el final de su carrera como actor y director con una referencia erudita a la filmografía de Sandro. Pasar de la fábula emersoniana al kitsch argentino sin solución de continuidad habla de una libertad estética inaudita. Aquella burla decadente a la ficción, la versomilitud y la suspensión de la incredulidad que era la marca del Elvis de las pampas ha encarnado ahora en formato cowboy y habita entre nosotros.
2. Los actores mexicanos fueron seleccionados evidentemente por la misma agencia que armó el elenco de Mundo Grúa. El que hace de sheriff tiene incluso acento de gringo, pero ni uno se sale de esta línea experimental, vanguardista: los policías coimeros heredaron la naturalidad expresiva de Isabel Sarli, el chanta que envía a Mike rescatar al pibe podría haber sido uno de los Guillotes de reparto de Olmedo, o esos cafishos raquíticos que imponen tanta autoridad como un Stormtrooper dormido. Todo está tan bien pensado para estar mal, que al final es delicioso.
3. Mis compañeros de redacción, que saben mil veces más de cine, dicen que hay algo de cuento de hadas, algo así como un nivel de realidad sui generis, con sus licencias, etc. Pero entonces veo que a este pobre Quijote, que tiene menos carne que una momia, no sólo le ofrece sexo de buenas a primeras la versión económica de Salma Hayek, sino que ensaya un lento bien pegadito (como para no caerse, un miedo latente que tuve durante toda la película) con la patrona de la cantina mientras suena “Sabor a mí”. En ese momento, entraron un par de hadas por la ventana y me aclararon que todo esto ya configuraba abuso; que la fantasía está muy bien pero hay límites.
4. Por alguna razón que desconozco, Liam Neeson trató de hacer una película muy similar hace poco, en la que huye con un purrete mexicano para protegerlo de los narcos. Pero no logra este alto nivel: el pobre galán irlandés hace todo demasiado creíble aún sin quererlo. No aparecen estas pausas extrañas en los diálogos, son todos actores de oficio (salvo el pibito que es medio queso) y uno logra hasta pasar el rato con una película vulgarmente efectiva, del montón. Ni por asomo logra el rechazo epidérmico que inspira esta verdadera obra de arte.
5. El no se haya dormido en el Colón en algún momento de un segundo o tercer acto, que tire la primera piedra. Eso aquí es imposible: el gallo protagonista cada tanto emite un ki-ki-ri-ki (onomatopeya aviar que al promediar la película me hace pensar en un “harakiri”) y nos saca del cabeceo. Los críticos mayorcitos dirán que es un canto del cisne Texmex. Los semiólogos replicarán (siempre tienen algo que replicar) que el filme incorpora en el corazón de la diégesis un despertador.
6. Todo esto, insisto, nos habla de un genio. Las malas lenguas vienen diciendo que Clint Eastwood está viejo y gagá. Ladran, Rango, pero a la chingada ni cabida.
7. Desde la otra punta del mundo, seguramente Hayao Miyazaki llamó a Eastwood: “Capo, gracias… yo sabía que después de que lo suicidáramos a Totoro con Earwig la bruja no me ibas a dejar solo. Mañana venite que acá tengo una katana y nos hacemos el kikirkí, como le dicen ustedes, así terminamos con honor”.
8. Gracias por todos los enormes momentos, Clint, Spirit of the West. Te queremos. Hagamos como en esos concursos de patinaje donde eliminan la puntuación más baja de cada pasada. Pero dejemos acá, decretemos el paso a la inmortalidad porque el sol está muy por debajo del horizonte y ese caballo ya no sabe a dónde va.

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