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Tiempo de lectura: 6 minutos#GimmeShelter: cine, series, libros y otras cosas para sobrevivir (III)

Por Ludmila Ferreri

La resistance

Por Ludmila Ferreri

Qué pesadilla todo esto, no? Si y no. Dependiendo de dónde nos agarre parados esta reclusión tiene algo de bueno y algo horrible. Lo bueno aparece cuando podemos apropiarnos de la situación y convertirla en un hecho privilegiado (algo que no puede generalizarse), lo malo, cuando no tenemos siquiera la remota posibilidad de aprovechar algo de todo esto y vivimos en el día a día desesperados por una economía que se destruye y con el cuidado sanitario que parece imponerse como único criterio (cuando quizás hay matices y formas distintas de cuidarse y cuidar a la población). En mi caso personal no me siento particularmente privilegiada (ni mi heladera está demasiado llena, ni mi billetera rebalsa de billetes ni mi trabajo me asegura que mañana no pueda degradarse mi situación socioeconómica) pero tampoco particularmente damnificada. Asi que en vez de entrar en esta suerte de estrés post-traumático que supone hablar siempre de lo mismo 24/7 (las 24 horas, los siete días de la semana) asumí como un mecanismo de defensa la lectura, el cine, las series y la música.

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Asi que la propuesta de estos diarios de resistencia a la psicopateada colectiva de hablar de lo mismo me obligan a contar un poco qué cosas me acompañan en esta espera. Y mientras tanto seguir viviendo. Por eso la primer medida es establecer el clima. Y para mi que suelo ser nerviosa, que me cuesta concentrarme, la mejor estrategia que encuentro para focalizar es la música. Con música cocino, con mùsica limpio, con música leo, me baño, escribo, me duermo. Pero no cualquier cosa. Sin ir más lejos durante alguna época no podía dormirme sin escuchar la selección de partituras musicales de las películas del estudio Ghibli en piano. Por algún motivo asociado al mismo piano, en esos misterios del random, algo me llevó a un intérprete maravilloso (pero también compositor) llamado Joep Beving. Este sujeto -que parece un hippie chic con Osde mezclado con marino decimonónico salido de un relato de Joseph Conrad- tiene una sucesión de discos que valen muchísimo la pena, del cual recomiendo enfáticamente Solipsism. Uno de esos temas en particular me parece una condensación del talento de este hombre. Hablo de The light she brings, que les dejo por aquí para que puedan escuchar en este link .

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Al mismo tiempo descubrí tardíamente una verdadera maravilla, de esas que piensan más en los personajes que en la trama en cuestión (algo que me hizo acordar a Mad Men en tele pero también a Steve Jobs en cine). Hablo de ese secreto a voces que es la maravillosa Halt and Catch Fire, que no es otra cosa que una notable serie sobre el inicio de la creación de las PCs en Sillicon Valley. Si, ya sé. Me van a decir que si el tema les parece un embole absoluto para qué perder tiempo. Bueno, justamente ahí está el enganche: no puede interesarme menos el diseño industrial ni la programación informática (como tampoco me interesaba el mundo de la publicidad en Mad Men). No obstante la serie logra que sin saber un pomo sobre el tema lo que termine interesándonos sea cómo ese proceso de diseños hable sobre las personas (algo que también funcionaba de maravillas en Red Social). Bueno, en Halt and Catch Fire lo que importa son las personas, el crecimiento de cada personaje, el notable tino para entremezclar arcos dramáticos (incluso la serie logra que nos interese algo dirigido por Campanella, que aquí se encarga de varios de los 40 capítulos sumados de las cuatro temporadas entre 2014 y 2017). No solo les digo que no se la pierdan sino que seguramente volvamos a hablar de ella en estas páginas pero más extensamente y en profundidad.

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No suelo leer mucho de noche porque me hace mal a la vista. Pero debo confesar que luego de muchos años volví a leer de noche gracias a Doris Lessing, una de mis escritoras preferidas, una de las escritoras que saben perturbarme como pocos escritores. Y no lo hace con ningún fuego de artificio, sino con un leve giro de muñeca, como esos tenistas que definen un punto con la sutileza de lo imprevisible, que en realidad es un movimiento microscópico (algo de esto la vincula con la ahora hittera Margaret Attwood, otra de mis preferidas). Había leído El cuaderno dorado y El sexto hijo. Pero la pandemia me obligó a meterme con un libro que alguna vez había conseguido en una visita a Buenos Aires, en una librería de viejo. Hablo de esa maravilla llamada Memorias de una sobreviviente (novela que tuvo una versión poco feliz en cine), que también narra una historia de un futuro distópico (hola presente, el futuro llegó!), con una mujer que busca sobrevivir en un contexto en el que cada uno vela por su propio culo, en un mundo en donde los clanes y las pandillas son las que dictaminan quienes sobreviven y quienes son atacados. En ese contexto la protagonista tiene que cuidar de una preadolescente (que viene con un gato-perro incluído). Pero Lessing no goza con el morbo, sino que es una de esas grandes hacedoras de momentos que se acumulan. Y cuando es necesario, el golpe de muñeca nos hace pelota. Pero como me di cuenta que me iba a angustiar si solo leía a Lessing decidí alternar con otro pendiente que tenía y que me resulta un remanso. Me refiero a Edgar Lee Masters, un escritor silencioso, un maestro escondido (no tato para los estadounidenses, pero quizás si para nosotros). Noche de por medio leo los extraordinarios poemas de la Antología de Spoon River, que no son otra cosa que pequeños relatos en formato breve, como si los muertos del cementerio de la localidad volvieran a la vida y expresaran, poema mediante, su vida y miserias. Masters no solo es uno de esos genios absolutos sin los cuales no podríamos pensar en la América profunda de escritoras posteriores como Flannery O’Connor, sino que también construye los microrelatos-poemas con un sentido del humor zumbón y agudo. Les recomiendo ese contrapunto entre la angustia de los vivos y la falsa paz de los cementerios.

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Pero como antes que nada soy una chica nacida por y para el terror (sin terror en VHS no hubiera tenido infancia alguna), no se me ocurrió mejor idea que armarme una maratón de cine de terror de los 80s, como para que el viejo VHS me cuide retrospectivamente y me haga sentir como cuando era chiquita y recién teníamos la videocasetera y mis papás me alquilaban tres películas al hilo asi no jodía mucho los fines de semana en los que no socializaba demasiado pero en los que bajonear la varicela con nesquick y vainillas parecía ser una buena opción. El tema es que de esos terrores de los 80s no me gustaban los hitazos de Freddy-Michael Myers-Jason Voorhes. No. Lo mío era un poco mas específico. Por eso el VHS en los 80s me amigaba mucho más con los terrores de los 70s (en Argentina a veces las cosas nos llegaban con un increíble delay). Y asi como en los 80s descubrí La masacre de Texas (con el nombre de El loco de la motosierra), en los 80s también descubrí toda una tanda de terrores que no se parecían en nada a los que llegaban del país del norte. No: cuando era chica mi terror preferido era el australiano. Por eso para recuperar esos años salvajes me dispuse a bajarme y a ver (o rever) cosas tales como Night of fear, que es una pesadilla alucinante de muy pocos minutos (menos de 70), pero que hiela la sangre por su salvajismo. O Long Weekend. O la perturbadora Next of Kin. Pero es Peter Weir quien me metió de lleno en esos mundos, por eso volví a ver maravillada esa tríada que componen Picnic en Hanging Rock, La última Ola y El Plomero. Porque quizás lo mejor de los 70s nos llegó en los 80s y no nos habíamos dado cuenta. Como yo, que con el insomnio galopante durante esta pandemia del demonio me comí unas 4 películas al hilo. Por suerte al día siguiente no trabajaba. Por elección. Espero poder seguir siendo parcialmente privilegiada en esta pesadilla. Mientras tanto, a resistir se ha dicho.

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