Overlook

Por Sergio Monsalve

La cuarentena es un hotel Overlook para muchos. Los días transcurren como un absurdo día de la marmota donde das vueltas en círculos como Danny Torrance o los felinos enjaulados de Tiger King, una popular serie de las jornadas del confinamiento, amén de traducir los relatos salvajes de una especie decadente tras la rejas. En mi caso fue útil para pensar las derivas extranjeras, como si las películas me hubieran llevado a los territorios en donde el encierro se vive de forma distinta.

El Hoyo y Hogar, por igual, fueron oportunas en glosar las fobias y las psicopatías de la devaluada marca España, conducida por un clan mete la pata.  Una mañana los progres del país ibérico amanecieron con el golpe de decretar un paro cultural. En vista de las críticas inclementes, los comisarios del estado cancelaron el plan de racionamiento y prohibición. Sin embargo es una de las crueles ilusiones de la pésima gestión europea de la pandemia. En Barcelona y Madrid siguen de cines vacíos, de museos tomados por fantasmas, de teatros y bares sin movida. 

El síndrome de El Resplandor se instaló en la distopía del viejo continente, así como en el esnobismo replicante de América Latina. Acierta Yuval Harari, después de corregirse por fallar en el pronóstico, al describir el tiempo de la actual proceso de desglobalización, trayendo de regreso el blindaje medieval y la balcanización del territorio. La tesis no es suya sino de Umberto de Eco, por cierto, que acompaña en la relectura, algunas ideas del presente con Apocalípticos e integrados. Retornamos a la histeria de los estados soberanos, a las paranoias de la colonización viral, a las teorías del idiota concientziado. 

En México, Lopez Obrador primero apeló al argumento de la excepción, ante la moda del encierro mundial, con unos argumentos de caricatura de Rius. Se salva que Monsivais no está vivo, porque lo destrozaría en media cuartilla de una crónica de familia. López Obrador luego cambió la seña, para terminar enclaustrado como en la profética El ángel exterminador, alegoría buñuelesca del enclaustramiento de la sociedad alienada.

Pero las cintas que mejor describen la conquista universal del imperio azteca -y que me permiten pensar el caso- son Presunto culpable y Temporada de patos. La primera cuenta el relato de la injusta detención de un joven por un delito que no cometió. El largometraje se desarrolla dentro de un reclusorio que capta la búsqueda de libertad de un hombre que reta las condiciones de cautiverio, poniéndose a bailar y a volar por los aires, un poco a la manera de lo que vemos en Tik Tok, como desahogo de una generación atrapada en el nido digital del cuco. 

El segundo filme acompaña una sarcástica investigación de Fernando Eimbcke, sobre el minimalismo de los espacios y las rutinas de unos chicos condenados a existir desde la ilusión suspendida de sus ventanas indiscretas. La película se encadena con el ritmo mortuorio de Club Sandwich, la continuación del trabajo del realizador en un mediocre hotelito costero.  Ambas obras concluyen con la ilusión de recuperar la autonomía y la individualidad, a pesar de las líneas trazadas por el Dogville del sistema. 

Me pregunto si tendremos la misma suerte. Prometo extender la inquietud en una próxima entrega, dedicada a cómo se lleva el trance del Covid 19 en el infierno de Venezuela. Aprovecharé el pretexto del cine, como es costumbre, para narrar una peste nacional que se propaga con la fuerza del coronavirus. 

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