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Tiempo de lectura: 5 minutos#GimmeShelter: cine, series, libros y otras cosas para sobrevivir (VII)

Marcos Rodríguez

Las mareas

Por Marcos Rodriguez

Ya no sé ni cuándo empezó todo esto. No puedo contar las semanas. Tampoco duermo demasiado así que los días se me meten unos en otros. Allá, al principio de la cuarentena, cuando todavía tenía algo de voluntad y creía que para sobrevivir al encierro alcanzaba una cierta dosis de espíritu, había tomado la determinación de no escribir un diario de la pandemia. Sin embargo, acá estoy. Algunas semanas alcanzan para aplastarlo todo.

Una de las cosas más curiosas del encierro es que descubro que tengo menos tiempo que antes: casi no miro películas, cuando no estoy haciendo trabajo remoto trato de entretener a mi hija que más o menos entiende que la situación está más allá de nuestro control pero igual se aburre. Si de casualidad se produce un claro y me encuentro con algún rato libre en el día (¿semana? ¿fin de semana?), no me quedan muchas fuerzas para nada que sea demasiado productivo. Sí, sé que todos ustedes, los que pululan por las redes sociales, están descubriendo el potencial infinito de la educación online, la panadería amateur, los ejercicios físicos entre muebles y la reflexión al paso. Confieso que a mí no me da el cuero. Empiezo a ver algo y tardo semanas en terminarlo. Hasta escribir se me volvió una especie de tortura.

Daniel Barenboim conducts the Staatskapelle Berlin in the symphonies of Anton Bruckner.

A pesar de todo, hay un aspecto de este encierro que me trajo gratas sorpresas. Había una vez, en el principio de esta cuarentena, una época en la que de pronto los directores de cine independiente argentinos decidieron empezar a liberar sus películas para que todos pudiéramos verlas online sin tener ni siquiera que pagar. Todo sea por mantener al pueblo entretenido. No vi nada de todo ese caudal de talento compartido, en parte porque (como ya dije) no estoy viendo nada, en parte porque ya venía con una lista enorme de películas pendientes para ver que todavía no empiezo a cubrir ni en parte. Pero lo que descubrí, gracias a esas benditas redes sociales, es que así como el mundo del cine decidió abrir su pecho y sus obras, en el mundo de la música clásica (o académica o como quieran llamarla) la reacción fue más o menos la misma: acá y afuera, instituciones e intérpretes empezaron a liberar conciertos, en algunos casos sin límite de tiempo, en otros por una ventana limitada de tiempo. Y fue así como un día de pronto me puse a escuchar un concierto de Barenboim. Ni me acuerdo cuál. Lo escuché una, dos veces. Lo ponía como fondo mientras hacía otras cosas. Porque sí. De a poco la frecuentación se hizo hábito y cada día, al arrancar la mañana de trabajo, antes de asumir las tareas del día, me encontré buscando cuál era el programa de hoy, por ejemplo, en la página de la Filarmónica de París, que tiene cada día un concert du jour. Dos de las ventajas de los conciertos liberados por la Filarmónica son que cambian todos los días (lo cual proporciona constancia) y que sus programas son muy variados: de lo clásico a lo romántico, a lo meloso, al jazz, algunos grupos de pop (digamos), música contemporánea y todo cuanto pueda pasar por una sala de conciertos europea (lo cual proporciona variedad).

Y de pronto una mañana, sin saber muy bien por qué, me encontré lleno de una felicidad que no sabía explicar, hasta que puse la página de la Filarmónica para ver qué era lo que estaba sonando y resultó ser un concierto para violín de Ligeti. Ligeti… No sé ni de qué nacionalidad fue el muchacho, apenas sé que alguna vez quise escuchar algo de él y no pude soportarlo, y que hasta hace unos días lo único que conocía suyo era una musiquita extraña para piano que usó Kubrick en Ojos bien cerrados. De alguna forma, esta frecuentación diaria me había llevado hasta la música más chirriante y contemporánea, y hasta su placer.

Está bien, la música académica no era nueva para mí pero aun así había zonas de esa música que no disfrutaba y nunca me interesaron. Y ahora, pandemia mediante, empecé a buscar los músicos “nuevos”. Boulez es maravilloso. Penderecki murió hace unos días (no de coronavirus, hasta donde sé) y busqué también: increíble. ¿Cómo fue que nunca me habían gustado y de pronto sí? ¿Cuándo fue que me convertí en un esnob?

Por otras circunstancias de la vida, estos días de cuarentena me encontré explorando un poco más en profundidad la Nueva Ola Taiwanesa, un movimiento cinematográfico que siempre me gustó pero del cual conocía apenas lo más evidente. Un día empecé a ver un documental sobre la Nueva Ola (que me llevó aproximadamente semana y media completar), que no tenía gran interés pero sí algo de información y, sobre todo, una colección de figuritas del panorama cinematográfico internacional que, desde un punto u otro del planeta, se dedicaban a cantar las alabanzas de la Nueva Ola Taiwanesa. En más de un momento me encuentro con los defensores de aquellos directores que, ni bien arranca su testimonio, aclaran: “La Nueva Ola es un cine difícil”, para después decir que es maravilloso. Más de una vez (y cada vez que repetían esta afirmación) me quedé perplejo: nunca se me hubiera ocurrido pensar que el cine de Hou Hsiao-hsien era difícil. Al contrario. El cine de Hou es de una simplicidad casi dolorosa. Es físico. Es lineal. Sí, tiene unas cuantas elipsis que pueden complicar un poco, pero de ahí a difícil… y dicho encima por gente de cine. Hasta que entendí lo que querían decir: el cine de la Nueva Ola Taiwanesa es “difícil” en la medida que es lento. Hay planos largos. Hay tiempos muertos. Hay un transcurrir muy palpable del tiempo. Ese peso del tiempo puede ser un desafío para el espectador. Es diferente. No estoy seguro de que eso sea lo mismo que difícil. Si uno nunca vio una película asiática de autor, es posible que estas películas lo aburran irremediablemente. Uno que está en el cine desde hace rato, que vio cada cosa, empieza a desarrollar una cierta gimnasia, una flexibilidad de expectativas.

Para mi sorpresa (no veo por qué, pero uno no puede saber de todo), con la música (evidentemente, con cualquier cosa) pasa más o menos igual: si uno espera escuchar un nocturno de Chopin y se encuentra con los chirridos de Ligeti, probablemente termine más irritado que otra cosa. Pero alcanza con estirar un poco los músculos, dejarse escuchar con menos expectativas. Al final resulta que la música contemporánea, esa que me sonaba a escena de terror, a pitidos y chillidos, a gente reunida más con ganas de romper las pelotas y demostrar su propia sensibilidad que de disfrutar, no es tan complicada: alcanza con entregarse al sonido, dejarse arrastrar por las mareas que nos golpean de un lado y del otro. El placer de la música contemporáneo viene, precisamente, de lo inesperado. No va a sonar a lo que conocemos. Suena a algo nuevo.

¿Qué tiene que ver esto con el COVID-19? Nada, pero tampoco es que haya mucho más para hacer.

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