Cómo vivir conmigo

Por Amilcar Boetto

Durante los primeros momentos de la cuarentena me dediqué a escribir mucho, de manera improvisadísima y personal, los pensamientos sobre las cosas que veía o consumía durante el día. Muchas veces eso se fue convirtiendo en un pensamiento arbitrario que me aparecía a la hora de escribir y que quizás no tenía nada que ver con la música que estaba escuchando, las películas que estaba viendo o los libros que estaba leyendo, simplemente eran pensamientos que se me aparecía y sobre los que desarrollaba lo que quería. Y así llegué a muchas conclusiones interesantes. Lógicamente, este momento duró poco, siquiera una semana y media, porque la constancia de escribir todos los días sin sentir que las ideas se van agotando y que la obligación pesa más que las ganas, no dura tanto, y además, comenzaban las clases online y tenía otra rutina con la que condenarme.

Por supuesto que todas las ideas que fui desarrollando eran ideas que aya tenía hace un tiempo, pero que me faltaba ese paso de entenderlas a entenderlas en serio. Una de ellas fue esa máxima que nos repetimos siempre, de abandonar nuestros prejuicios hacia el arte que consumimos, que siempre es muy bello decirlo y muy esclarecedor, pero que muchas veces aplicarlo de forma real cuesta y mucho. Porque aunque no nos demos cuenta nos seguimos esforzando porque nos gusten ciertas cosas que no nos gustan tanto y porque nos disgusten cosas que en realidad disfrutamos bastante. Obviamente, uno trata de hacerlo cada vez menos, pero muchas veces aparece sin que nos demos cuenta, cuando estamos viendo una película demasiado grande para la historia del cine o escuchando un álbum de una importancia innegable. Hay una línea muy difícil de percibir entre acostumbrar el ojo y someter nuestros gustos, entre aprender a ver y que nos impongan como ver.

Con este concepto me puse estos últimos días a re visitar películas de John Carpenter, porque la confusión del recuerdo sobre películas que vi hace mucho también es corrompida por el que se dice de esas películas, así que con mis ojos decidí volver a comprobar mis certezas sobre uno de mis directores favoritos de todos los tiempos. Y me lleve sorpresas. Porque una película que me fascinaba como En la Boca del Miedo me pareció gritona y hasta forzada por momentos, mientras que Escape de Nueva York, una película que me había dejado medio frío porque la había considerado muy obvia para Carpenter, me pareció brillante. También revisite The Thing y quizás es la primera vez que pude ver verdaderamente su maestría, porque donde antes me concentraba por encontrar un virtuosismo evidente (la había visto dos veces y con la cabeza de un cinético muy fresco que su fanatismo por De Palma lo llevaba a querer ver operaciones de ese nivel de majestuosidad al mismo tiempo que de ampulosidad), esta vez pude apreciar que la magia del film no está en una escena sino en una construcción minuciosa de partes que no brillan por sí solas, pero que no encajan en una necesidad estrictamente funcional, sino que crean un clima, un clima magistralmente contrapuesto con las visceras deshechas del más profundo horror físico. Horror físico que no remite a Cronenberg y a su conversión de carne en aparato, sino a la carne orgánica deformándose orgánicamente (valga la redundancia). A su vez, pude ver por primera vez La Niebla Vampiros, dos películas infravaloradísimas que hablan de un director al que lo que más le importa es el tono y el clima con el que trabaja, donde la acción aparece cuando esa construcción se siente ya agobiante, cuando los personajes con los que estuvimos conviviendo en sus traslados y en sus más mínimos movimientos o gestos, no soportan más ese clima.

También pude aplicar esto a la música que estuve escuchando, y empezar a escuchar sin culpa el último disco de Kanye West, Jesus Is King, que aparentemente todo el mundo odia menos yo. Tiene letras un poco sonsas, sí, pero, ¿y qué? ¿Acaso Yeezus 808s & Heartbreak no las tenían? E igualmente son discos que mucha gente disfruta sin ningún tipo de arrepentimiento. Quizás por el hecho de que Kanye haya salido del mundo del rap se le exige una lírica que a muchos artistas del mundo del pop no, pero el hecho es que West en todos esos discos que mencioné abandona el Hip Hop para meterse con otros géneros, y aunque es verdad que muchas veces su interpretación lírica flaquea, lo importante siempre termina siendo la música en esos géneros (o al menos lo es para mí).

Pero definitivamente los dos discos que más me vienen acompañando en esta cuarentena son Kid See Ghosts, de Kid Kudi y Kanye West, y Melodrama de Lorde. Dos discos que, a su manera, reinventaron las posibilidades de los dos géneros más escuchados hoy en día: el pop y el rap. Hay algo tan rico y complejo en la producción de ambos discos que uno podría escucharlos muchísimas veces e ir prestándole atención a sonidos, timbres, arreglos vocales que uno desconocía hasta ese momento que estaban en esas canciones. Esta condición los vuelve casi inagotables, porque detrás de su claridad melódica y rítmica, hay mucho que no se aprecia en una primer escuchada y quizás tampoco en una segunda o tercera. Quizás un poco como las películas de Carpenter (una relación un poco forzada pero que me hago creer que es válida), que parecen simples pero que esconden una complejidad enorme cuando uno les presta mayor atención.

También tuve la suerte de leer por primera vez ese libro de cuentos hermoso, fascinante y, por momentos, aterrador que es Final de juego, del cual solo había leído anteriormente «La noche boca arriba». La fascinación con la que me quedé al terminar el último cuento homónimo es tal, que no sabría que palabras dedicarle al libro, lo que sé es que cada tanto me vuelven esas imágenes que me creó, que se me quedaron tan impregnadas a la mente como el vestido verde de Madeleine en el Restaurant. Vuelve el jardín humeante de Los Venenos, el asiento del colectivo con ese misterioso acompañante de Después del Almuerzo, el río con esa imagen tenebrosa de Relato con un Fondo de Agua y en ese cuarto que nunca vamos a llegar a conocer de La Puerta Condenada. Vuelven y se quedan un rato, me hacen compañía, mientras leo mis asignaciones para la facultad, que me quitan el tiempo de leer por placer, por más interesantes que sean.

Todo esto convive conmigo, y lo más lindo es saber que quizás la semana que viene se suman nuevos álbumes, películas o libros a esta convivencia constante que es la mía con mi cerebro, que los tiene presentes aunque a veces se olvida un poco de ellos y allí es donde hay que volver un poco, para que el afuera no corrompa del todo nuestra percepción, que, sí, la podemos dejar convencer un poquito, pero sin que ello se convierta en el síntoma de la desconfianza en nuestra propia inteligencia y sensibilidad, así, estas películas, libros o discos conviven de la forma más amena con nosotros y no con la amenaza de que puedan convertirse en algo reprimido por nuestra culpa, que, cuando lo pensamos apenas un poquito, nada de sentido tiene.

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