Rejas

Tiempo de lectura: 6 minutos#GimmeShelter: cine, series, libros y otras cosas para sobrevivir (XI)

Federico Karstulovich

Qué otra cosa se puede hacer?

Por Federico Karstulovich

El encierro no me es ajeno. Mi profesión (mis profesiones, no jodamos: sobrevivir en Argentina implica la coexistencia de varios trabajos a la vez) me obliga a mantenerme mas tiempo dentro que fuera de la casa. De manera que la cuarentena me agarró con las defensas mas altas que a mucha gente que conozco y la hizo mierda porque les trastocó de manera violenta su vida diaria. Si me ponen a discutir no voy a entrar en la dinámica ridícula de si el encierro está bien o está mal. En todo caso puedo decir que su aplicación es desordenada, bestial y destructiva. Y que a veces en pos de la protección se llevan a cabo efectos colaterales que son espantosos (me sigo preguntando sobre la voltereta del progresismo, que hasta hace 5 minutos despreciaba cualquier clase de política de carácter sanitarista -en vez de integral, transversal, que tome distintas variables- opte por apoyar la implementación de mecanismos que harían sonrojar al positivista más feroz de finales del siglo XIX, pero mejor paro). Asi que frente al espanto (el del virus, pero también el de su implementación política), quedan muchas cosas para hacer además de ver películas.

En el plazo de las semanas que se hicieron meses leí mucho, escribí otro tanto, miré series de largo aliento y de corta duración. Escuché de vuelta algo de música que extrañaba. Cociné cosas de todo tipo para mi novia (y mis gatas). Pero lo único que no hice exclusivamente fue ver películas. Nada en particular contra el cine, desde ya. Pero visto y considerando que es lo que mas hago durante el resto del año, bueno, durante el encierro me permití explorar otras posibilidades que ni remotamente hubiera podido hacer de haber continuado la vida normalmente.

Desde hace buen rato venía con ganas de husmear qué cosa habían hecho con El hombre del castillo, una de las grandes novelas de Phillip Dick. Aprovechando que en las primeras semanas del encierro diversas plataformas online ofrecieron sus versiones gratuitas de prueba me metí en Amazon Prime. Y comenzamos a ver la adaptación delirante de la novela. El problema fue otro: eran cuatro temporadas, de diez episodios cada una, de una hora de duración promedio. Nos esperaban 40 horas de material. Vimos el primer episodio y todo era un verdadero desastre: actuaciones de madera balsa, una necesidad imperativa de informar todo el backstory de los personajes y del contexto (para quienes no conozcan la novela: se trata de una ucronía en la que el Eje ganó la segunda guerra dividiéndose el mundo entre las zonas de dominio japonés, las zonas de dominio nazi y zonas neutrales). Esta serie no iba a sobrevivir. No obstante pasamos al segundo episodio, casi con el morbo de ver el resto del desastre una vez mas y luego abandonar. Pero el segundo episodio, con el verosímil establecido, curiosamente mejoró. Y vimos el tercero. Y el cuarto y el quinto. Cuando nos dimos cuenta habíamos visto cuatro horas seguidas y empezamos a encariñarnos con sus personajes, unos pobres diablos obligados a convivir con el maltrato de la ocupación nazi y japonesa pero que progresivamente comienza a tomar conciencia de una posible rebelión (de forma accidental, pero conciencia al fin). Quizás lo mas interesante (y adictivo) que tiene The man in the high castle es que con la base de una novela de menos de 300 páginas construye un universo que la excede, en donde el folletín se impone de a poco y las traiciones, los engaños, las idas y vueltas morales de cada personaje, la exacerbación de la violencia se vuelven moneda habitual. No, no estoy defendiendo un placer culpable, sino que es una defensa de la paciencia de parte de los espectadores (algo que a un cinéfilo promedio quizás no le funciona de la misma forma) frente a procesos que demandan tiempo. Las cuatro temporadas de la serie (había una quinta en camino hasta que llegó la pandemia) no son homogéneas. Pero en su irregularidad hay grandes momentos, no lo voy a negar. En serio, denle una oportunidad.

Como ya pasé los 40 y no me gusta alardear un conocimiento del presente que no tengo, miro con cariño al pasado. Pero no necesariamente al pasado que conozco, sino al pasado que en su momento se me escapó por alto pero que pude recuperar. Escuché bastante a Gary Numan (en particular Tubeaway Army), a Ultravox, a The Jesus and Mary chain, Orchestal manouvres in the dark, Mott the Hople, a Heaven 17. Un poco menos a algunas bandas recientes pero que suenan como si tuvieran varios años encima, como The Agnes circle y Void Vision. Lo de Gary Numan es extraordinario, porque debe ser uno de los sujetos mas olvidados de la historia de la música popular. Las bandas que tuvo y el trabajo como solista lo convierten en un músico indispensable. Pero vaya uno a saber qué le pasó a la cultura popular en los últimos 30 años para olvidarlo de forma tan violenta. Lo de Ultravox es un poco menos grave, ya que la banda siempre fue irregular. Pero tuvo una década del 80 fulgurante. Su tema más conocido debe ser Vienna tema con el que los conocí algunos años atrás al finalizar un karaoke. A su vez es una banda que puede cambiar de ritmo progresiva o violentamente. The Jesus and Mary chain es otra banda notable que, si bien tuvo continuidad a lo largo de varias décadas, no puedo entender por qué no tuvo mayor trascendencia. Con Orcherstal Monouvres in the dark es un asunto distinto, ya que se trata de una banda que supo ser exitosa y logró portar varios hits encima, pero que con el tiempo también fue quedando bajo los escombros del olvido. Ni hablar de la increíble Heaven 17, que debe haber escrito uno de los mejores temas de separación de una pareja como lo es el melancólico (y bailable, curiosamente) Let me go. Pero les dejo un tema de esos que sirven para escuchar antes de dormir de una banda que conocí gracias a Alicia ya no vive aquí (Martin Scorsese, 1974). Hablo de una banda con una potencia emocionante (escurren el tema de créditos iniciales de la película de Scorsese y me dicen) como Mott The Hoople. El tema es Sea Diver. Es corto pero es contundente.

Las lecturas me tuvieron de un lado para el otro. Leí poco sobre cine y bastante sobre filosofía. Leí a dos un autores argentinos: uno dotado de una capacidad narrativa como pocas (y con una obra relativamente numerosa) y otro con una obra escasa, elíptica y cerrada. El primero es Sergio Bizzio, una especie de Cesar Aira pasado por una licuadora de crueldad. De él había leído Rabia. Pero releí luego de muchos años En esa época y Planet. En Bizzio conviven las posibilidades narrativas de las tensiones de la literatura argentina del siglo pasado con cierto aspecto pop (pero no por eso entregado al cancherismo) de el siglo XXI. No obstante, la novela se parece mucho más a lo que alguna vez fue el panorama literario argentino que al de la actualidad, acaso ganado por una solemnidad que no recordaba en otras épocas. Notable también es la novela de Charlie Feiling (quien falleció muy joven y que dejó una producción corta pero valiosísima) El mal menor. Recientemente adaptada para cine, la novela de Feiling (escrita a mediados de los 90s) debe ser sin dudas la mejor narrativa que haya entregado el terror en Argentina en toda su historia. Novela sobre el mal pero no sobre un mal metafísico sino sobre un mal diabólico con una entidad muy concreta y destructiva. No se dejen llevar por solapas o contratapas. Ni por resúmenes pobres como el que les estoy diciendo. Búsquenla que está ahí esperando. Y nosotros esperaremos la versión reciente para cine dirigida por Natalia Meta, llamada El prófugo.

Me doy cuenta que, como siempre, es tardísimo. Que con sueño no se escribe lo mejor. Pero posiblemente se escribe con mas sinceridad, como si el cerebro bajara las barreras y dejara hablar antes de desconectar por completo y entregarnos a slumberland. Sea como fuere, seguiré con los planes de lecturas infinitas, series mas o menos largas, películas que no estén tan atadas a lo que hay que ver ya ya ya. Y alguna vez, conciencia política de por medio, nos liberaremos. No sé si del virus, que seguirá dando vuelta. Pero si del encierro. Fundamentalmente del encierro mental que suspende todo cuestionamiento.

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