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Tiempo de lectura: 4 minutos#GimmeShelter: cine, series, libros y otras cosas para sobrevivir (XII)

Rodrigo Martín Seijas

Contra los genios del mundo, la vida y la Historia

Por Rodrigo Martín Seijas

Mi cuarentena es re linda: estoy en lo de mi madre, de 68 años y con mi abuela materna, de 94 años y con un Alzheimer que desde que arrancó todo esto ha progresado de manera exponencial. El problema no es ser la única persona que puede salir con plena autorización para hacer trámites, compras y un largo etcétera. Es tener que lidiar (junto con mi madre, que convengamos es que la que se lleva la peor parte) con una persona que dejó de ser ella misma hace un rato largo y que, dependiendo del momento, puede ser varias a la vez. Mi abuela tiene momentos donde se parece al pececito Dory de Buscando a Nemo, con su amnesia de corto plazo; otros donde me recuerda al suegro de Billy Cristal en Olvídate de París, repitiendo frases un tanto incoherentes de manera constante; y, finalmente, esos momentos donde es una mezcla del Pennywise de IT y el Robert Mitchum de La noche del cazador. Los últimos son particularmente siniestros y yo a veces me siento en una película de terror, o en un capítulo de La dimensión desconocida. Por suerte tengo momentos más agradables o por lo menos más divertidos, como una mañana en la que se despertó y pretendió usar mi cepillo de dientes como peine, y yo agradecido de que no haya pensado usarlo como papel higiénico.

Por suerte me encuentro de vez en cuando con gente que la tiene re clara, que pareciera que siempre supo vivir en confinamiento; gente a la que le sobra el tiempo para dar lecciones de vida por las redes sociales sobre cómo uno tiene que cuidarse, quedarse guardado y no quejarse. Encabezando esa lista está el Presidente, que debe pensar que el mundo es un aula de la Facultad de Derecho y que nunca puede abandonar el rol de Maestro Ciruela de la vida, mientras se la pasa haciendo exactamente lo contrario a lo que pregona. A veces, debo admitirlo, lo envidio un poco, pero no por tener que manejar una situación inédita en un país de psicópatas como el nuestro: es que me dan ganas de tener su nivel de impunidad por media tarde. Y si él se maneja así, sin rendir cuentas por nada, qué esperar de los demás. No puedo decir que esté sorprendido, hay una lógica un tanto implacable en cierto colectivo social al que le encanta oficiar de policía cívico sin los deberes del caso. Pero eso no evita que me enoje y a todos ellos, que saben tanto, los invitaría a vivir 24 horas de mi vida. Solo 24 horas. Y que luego hagan una extrapolación y lo que vivieron lo multipliquen por 100. Ahí (quizás) tengan un indicio de lo que toca pasar y (quizás) se replanteen eso de que “la cuarentena va a durar lo que tenga que durar”.

Una buena: la computadora e Internet me funcionan razonablemente bien, y no solo para incontables clases y reuniones por Zoom, Skype y Meet. También para ver series y películas. No deja de llamarme la atención mi propia fascinación por los documentales de tipo policial que tiene en su catálogo Netflix, que ya venía de mucho antes: ¿serán quizás las ganas de ver que hay un mundo mucho peor ahí afuera? Lo cierto es que Killer inside: the mind of Aaron Hernandez y The trials of Gabriel Fernandez son docuseries correctas pero que estuvieron bastante lejos de fascinarme, mientras que Jeffrey Epstein: asquerosamente rico es un desastre, una historia potencialmente perturbadora que la superficialidad de la ideología del movimiento #MeToo convierte en algo falsamente tranquilizador. Frente a esto, una ficción como Defending Jacob muestra que puede ser realmente desestabilizante: la miniserie con Chris Evans recupera en buena medida el espíritu de interpelación de Desapareció una noche, con dos episodios finales realmente angustiantes. 

Pero lo mejor (y hasta sanador) vino por el lado del humor: no solo por comedias bastante salvajes como Coffee & Kareem y Stuber (¡gracias, Michael Dowse) o más livianas pero indudablemente efectivas, como Dos tórtolos, sino también por algunos stand ups. Si Anthony Jeselnik, con su humor algo desparejo pero siempre productivamente incómodo fue una pequeña revelación –Thoughts and prayers es bellamente despiadado en su acumulación de chistes directamente malignos-, lo de Louis CK es una confirmación constante. Debo admitir que cuando veo sus espectáculos me siento un poco rebelde way: en tiempos donde el discurso de la corrección política ha pasado a una fase dictatorial, borrando películas, episodios de series o figuras artísticas del mapa histórico, como si nunca hubieran existido, reírse de todas las invenciones de Louis CK es casi un acto liberador. Y si encima el tipo se permite en Sincerely Louis CK hacer una lúcida autocrítica sin dejar de tirar dardos contra el ánimo persecutorio y policial de mucha gente que lo repudió, más todavía.

Son tiempos donde muchos y muchas están cumpliendo el sueño húmedo de usar jinetas en las redes sociales, de esparcir dogmas que no admitan debate y de silenciar todo disenso. Están armando su propio mundo feliz, donde no hay dolor, racismo, xenofobia, machismo, misoginia, abusos o violencia; porque en verdad no hay conflicto, porque todos opinan igual y el que no lo hace es rápidamente señalado y corregido, haciéndolo arrepentirse de todo lo que dijo, dice o dirá. Es un mundo homogéneo, plano, con una felicidad tan aburrida como angustiante. ¿Se darán cuenta en algún momento que ese mundo no existió, existe ni existirá? ¿O seguirán siendo tan ingenuos de pensar que cualquier expresión (buena o mala) siempre encuentra canales alternativos para llegar a sus potenciales receptores? Lo siento por ellos, yo me seguiré riendo de chistes sobre pedofilia, racismo, atentados y otras cosas muy terribles, antes de irme a dormir -para el orto, porque mi abuela se despierta media docena de veces por noche- luego de un día más de barbijos, alcohol en gel, distanciamiento y curvas de contagios.

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