Latas de conserva

Por Rodolfo Weisskirch

La crítica no siempre es un medio de vida. Algunos privilegiados pueden vivir de escribir y publicar notas. Y ganar en forma freelance -semanal, quincenal o mensual- un sustento económico que les mantenga un status quo, uno con el que puedan vivir tranquilamente durante esta “crisis” sanitaria. Pero después también. Otros, en cambio, tenemos que continuar trabajando todos los días, al servicio de aquellos que sí pueden cumplir la cuarentena con tranquilidad. Esto no lo escribo con ningún tipo de rencor ni resentimiento. Posiblemente un 40% de la población debe seguir abriendo negocios o yendo a su puestos laborales para que el mundo siga funcionando. O algo así. Es un aspecto en el que no piensan demasiado las películas apocalípticas en las que el mundo queda a media máquina (como está pasando): no vemos cómo se come, cómo se higieniza la gente. No importa, no es atractivo. Es rutinario y poco romántico. Pero la realidad es esta. Algunos debemos seguir con las rutinas. Y a esas rutinas agregarle la higienización diaria de objetos y prendas de vestir. El mundo cambió tan repentinamente que hay que ver como nos quitaremos estas nuevas obsesiones que estamos acostumbrados a ver en las últimas semanas. Mientras tanto, quienes están en un aislamiento total no dejan de analizar y sobreanalizar los pro y contras de las medidas establecidas, armándose asi una silenciosa guerra civil mediática y digital. Personalmente opto por no comprar teorías conspirativas y futuros oscuros. Creo que no lo hago, mas que nada, para poder disfrutar en su justa medida el poco tiempo libre que tengo o para poder ponerme al día con películas, series y lecturas postergadas. Intento, en vano lo sé, alejarme temáticamente de la realidad, pero de alguna forma, el presente me lleva a visiones pasadas que no son, en este momento, tan fantásticas como pensamos que eran. Curiosamente, esas postergaciones se asemejan a las latas de conserva, que uno guarda para cuando necesite (incluso físicamente se asemejan a las viejas latas de fílmico)

En este orden de cosas, como a varios, Netflix se me ha convertido en una compañera de vida. Admito que la mayoría de las producciones que se encuentran allí no son de mi total agrado, pero si uno pone los términos correctos, quizás encuentre alguna que otra sorpresa.

La primera semana, tuve un cierto afán por revivir a Carpenter, un pesimista de la primera hora. En primer lugar, con En la boca del miedo, una genialidad de mediados de los 90, que siempre había visto por partes, y nunca de principio a final (si, aunque no lo crean). La autorreferencialidad es completa. Desde una secuencia de títulos que recuerda a la de Christine -y Stephen King es mencionado- hasta ciertas lecturas relacionadas a El príncipe de las tinieblas -o la posterior El Pueblo de los malditos-. Pero sin duda, se trata de un gran tributo al género, tanto a nivel literario como cinematográfico. Un trabajo metalinguístico que la ubica, merecidamente, entre lo mejor, y más inspirado de su filmografía.

Pero no fue arbitraria la elección. Yo venía de ver Hunt for the Wilderpeople, una hermosa comedia de Taika Waititi, también con Sam Neil de protagonista (a veces linkeamos películas por actores, directores, géneros, temas, vaya uno a saber). Fue eso eso lo que me llevó a buscar la postergada En la boca… Y venía de ver a Waititi culminar la primera temporada de la transposición televisiva de What We Do in the Shadows. Ver En la boca… me provocó reveer otro clásico del maestro, que sí, ya había visto un par de veces en el pasado, y hacía bastante deseaba volver a disfrutar. Quizás la sensación de encierro, o el miedo al frío, sea la causa, pero necesitaba ver La cosa, de nuevo. Y fue muy grato descubrir que no perdió la magia, ni la sorpresa, ni el suspenso. Es una obra maestra del cine de “encierro”. Una especie de novela de Agatha Christie a la que Carpenter supo dotar de una ingeniería técnica-visual extraordinaria, que además la convierte en un entretenimiento perfecto (increíblemente el mainstream no supo aprovechar más del talento de Carpenter en su punto mas alto de talento). Supera no solamente a la original de Hawks, sino también a todas las versiones de La invasión de los ladrones de cuerpos, con la que comparte el concepto de mimetización.

Pero para alejarme un poco del género intenté buscar otros clásicos dentro de la plataforma de streaming más usada en el mundo. Y así, llegué a una obra que hacía tiempo deseaba darle una oportunidad, pero le tenía ciertos prejuicios, especialmente porque guardo un poco de rencor hacia su autor, después de ser testigo del horrible esperpento que realizó en nuestro país. Volver a confiar en Francis Ford Coppola después de Tetro era dificil. Y no voy a poner en discusión sus obras maestras de los años 70. Pero sí, no soy tan defensor, aunque respeto, lo que hizo durante los 80. La película en cuestión es Tucker, el hombre y su sueño (1988), que para muchos, se encuentra entre sus mejores obras. Algunos, incluso, la ven como de culto (con notables puntos de contacto con la reciente Contra lo imposible).

Aquella película está lejos de ser una obra maestra. No obstante hay que reconocerle un dinamismo narrativo digno de los mejores trabajos de la edad dorada de Hollywood. Es una película perdida de Capra, Hawks o Wilder, incluso. La lucha de un hombre contra el sistema. Por imponer en tiempo y forma sus sueños, contra todos los pronósticos y todas las presiones políticas y corporativas. Jeff Bridges brilla y se pone a los hombros una obra con un elenco secundario de primer nivel, algunas promesas -Elias Koteas, Christian Slater- y veteranos, como Martin Landau, Frederic Forrest y el padre del intérprete, Lloyd Bridges. Es una representación del propio Coppola de seguir filmando a pesar de todos sus fracasos comerciales post Apocalypse Now. Coppola es Tucker. Mucho más de lo que Scorsese es Howard Hughes. Y sí había mucho de Tucker en El aviador.

La última película para mencionar fue el “fenómeno” más publicitado en Netflix: la española El hoyo, otro ejercicio manipulador y demagógico que dice y exhibe mucho menos de lo que desea vender. Pero no la recomendaría ni remotamente para esta cuarentena. Porque como propusimos en esta serie de diarios, mejor elegir películas que nos cuiden.

Entre las series, además de terminar la primera temporada de la versión televisiva de What we do in the shadows de Waititi, descubrí tardíamente, Curb your Enthusiam, la comedia de HBO, escrita y protagonizada por Larry David. Contrario a la corriente, decidí ver primero la actual temporada, y más adelante veré las pasadas. Es sorprendente el nivel de ingenio narrativo para unir subtramas, ser políticamente incorrecto, tener un gag efectivo tras otro y al mismo tiempo y destruir la tranquila vida de Beverly Hills. David es mucho más que un comediante, es un analista feroz de la superficialidad de la hipocresía de Hollywood. Asistido por humoristas de primer nivel, cameos increíbles y participaciones con timming perfecto, la serie tiene ganada con mérito su fama. En esta temporada mostró cómo se puede generar humor con inteligencia y siendo un poco subversivo, sin bajar bandera, y una estética cuidada, sencilla y transparente.

Otras series nuevas, de las que ya escribiré cuando finalicen, son la fallida y decepcionante remake de Cuentos Asombrosos -solamente quedo el leit motiv de la original- y la irregular tercer temporada de Westworld. Para cubrir el espacio vacío que me dejo la serie de David, decidí arrancar con una de las más recomendadas de los últimos tiempos: BoJack Horseman, y admito, hasta donde vi de la primera temporada, que tiene su fama bien ganada también. Una comedia ácida sobre la industria audiovisual de Hollywood, pero con corazón, melancolía y emoción.

Se debe agradecer, que en una época tan oscura, la industria del entretenimiento dejó suficiente material para dejar volar un poco el cerebro y escaparse de la realidad. O a partir de la ficción darle a la realidad otra lectura, menos tremendista y pesimista. Mientras se cancelan rodajes, se postergan estrenos, seguimos teniendo y acumulando cosas que no vimos como latas de conservas, de esas que abrimos para alimentarnos en momentos de urgencia. La ficción es una gran vacuna, un magistral antídoto y una gran aliada para estimular nuestra mente. Cuidemosla. 

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