Que Perro Blanco es un espacio de libertad para la escritura es algo que no tenemos que decir nosotros sino, en el mejor de los casos, constatar ustedes como lectores. En ese plan libertario a veces nos sale mejor otras veces no tanto. Escribimos críticas de series y películas, cubrimos festivales y varias cosas más. Pero cada tanto algunos de nuestros redactores se descuelgan con ese estilo autobiográfico-confesional que nos es necesario recuperar (para la escritura y para la lectura). Acostumbrados a la exhibición de la vida personal de cuanta persona nos cruzamos, a veces se nos escapan sensibilidades distintas a las que buscan el mero show off. En ese plan el texto en forma de confesión que escribe aquí debajo el infatigable Sebastián Rosal  no solo es un gran texto a secas, sino que es un conmovedor ejercicio de memoria. Entren, surfeen los temas y tonos que propone la nota. Y lleguen al final con pañuelos.

Linkeadas

Por Sebastián Rosal

Elvira, Marcelo, el fútbol, el Parque Lezama, dos amores, Mekas, las imágenes y yo

Yendo de acá para allá en Internet doy con una nota sobre el presente de Marcelo Marcote. Sumido en el olvido, hace 40 años no hubiera necesitado presentación. Marcote fue uno de esos niños prodigios actores que se hizo inmensamente popular por una razón decisiva: su debut en la actuación fue en Rolando Rivas, taxista, la telenovela de Alberto Migré que a comienzos de los 70 paralizaba el país. Por lo que leo, alejado desde hace 35 años de la exposición pública ahora lleva una vida tranquila y feliz como médico pediatra en un hospital del conurbano. La novela estuvo al aire un año antes que yo naciera, y para cuando yo ya era un niño televidente su nombre seguía siendo conocido pero sus apariciones eran más esporádicas. Según se cuenta en la nota, su último trabajo fue la conducción de un programa infantil junto a Elvira Romei, otra modesta estrella de aquellos años. Averiguando en la web, el programa se llamaba La tarde de los chicos (nombre poco original, está claro), y estuvo al aire en Canal 13 entre el 81 y el 82, de lunes a viernes durante dos horas. La primera mitad pertenecía a Carozo y Narizota, los dos muñecos que fueron ídolos en mi infancia, y la segunda a Elvira y Marcelo. En la nota estaba inserto un video de unos tres minutos con un fragmento de uno de los programas. Ambos aparecen en el estudio, rodeados de infinidad de chicos, celebrando el primer aniversario del ciclo. Dentro del video hay un momento musical, en donde se los ve cantando y bailando. No hay forma que esa canción resista el paso del tiempo: los arreglos de teclados son una copia mecánica del por entonces incipiente sonido de los ochenta; los pasos de baile son toscos, lejos de las coreografías milimétricas de la actualidad; incluso usan la palabra “cachivache”, un término caído en desuso hace no menos de veinte años. Y sin embargo, como a Anton Ego, el crítico culinario remilgado y tiránico de Ratatouille que volvía a la vida luego de degustar un sabor de la infancia, apenas una fracción de segundo, un breve instante me fue suficiente para volver 35 años para atrás, al living del departamento de Villa Ballester, al televisor y a la alfombra en la que me recostaba para mirarla. Honestamente no tengo ningún recuerdo puntual de aquel programa, tal vez incluso ni lo mirara, pero debe haber sido volver a palpar un aire olvidado, adormecido pero no ausente en algún rincón de mi memoria, volver a activar una época en la que el pasado no existía y el futuro no era un tiempo sino un espacio desconocido y estimulante por transitar, lo que me llevó de nuevo a aquellos años.

Hago cálculos y tiene que haber sido precisamente por aquellos días que mis padres me empezaron a comprar la que sería la primera de una larguísima serie de colecciones en fascículos, una manía que me duró hasta bien entrada la adolescencia. Se llamaba “Los Mundiales de Fútbol y la Copa ’82”, constaba de 39 entregas semanales y fue, al menos hasta que siendo ya adulto leí las notas de Daney sobre tenis, la cobertura de Quintín de los últimos mundiales de futbol y alguna que otra nota aislada, lo más brillante que leí sobre deporte, ese ámbito tan noble cooptado desde hace demasiado tiempo por los ejemplos más pobres que pueda producir el periodismo (el futbol más que cualquier otro). El segmento principal en todos los números era un texto que reseñaba la historia de cada Mundial, en orden cronológico descendente, comenzando por el que por entonces había sido el último disputado en Argentina 78 hasta el inaugural, en Uruguay 1930. La información era abundante y precisa, pero nunca agobiaba ni se quedaba en el mero dato estadístico, porque estaba acompañada de un texto que podía llegar a picos de una elegancia, una fluidez y una profundidad en el análisis notables. Allí aprendí, entre otras muchas cosas, quiénes habían sido Mussolini y Hitler, personajes también decisivos en los Mundiales de Italia 34 y Francia 38, también por razones nefastas. Es decir que la publicación no se privaba de explayarse en comentarios laterales sobre los eventos políticos y culturales que rodearon a cada Copa, armando un entramado que ahora a la distancia no se me puede ocurrir mejor para ensanchar el mundo de un niño de nueve años tímido y retraído, más cómodo en la soledad de los libros o en el esfuerzo y el goce silencioso de un partido de futbol que en los eventos sociales. En cada número había también espacio para mostrar cada una de las doce ciudades que serían sede del por entonces próximo Mundial en España (sospecho que allí también nació mi amor por los mapas), sus estadios, su historia, las selecciones que allí jugarían; había también artículos sueltos con el futbol como tema y muchas veces como excusa; no faltaba incluso una historieta en las páginas finales.

Poco antes del Mundial de Alemania en 2006, El Amante publicó una nota de Juan Villegas en la que hablaba de la enorme cantidad de imágenes sobre la historia de los Mundiales que habían aparecido por aquellos años y mencionaba, en un lugar central, la misma colección que aquí estoy recordando. Calculo que ambos tenemos la misma edad, tal vez por eso pocas veces me sentí tan identificado con un texto al leerlo, porque todas sus experiencias como niño con la revista que allí relataba eran exactamente las mías. En 2016  coincidí con Villegas en el FICIC, el Festival de Cine de Cosquín. Mi única charla con él no duró más de cinco minutos y estuvo reducida a la revista (como podrán imaginarse, quien introdujo el tema fui yo). Me comentó que aún recordaba con exactitud el título de uno de sus números, dedicado al mundial de Suiza 54, “Cuando los futbolistas eran como dioses”. Es un título hermoso, y su sencillo lirismo estaba acompañado si mal no recuerdo por la foto de un jugador de la selección de Hungría, probablemente Sandor Kocsis, el centrodelantero y goleador de aquel equipo al que  muchos aun consideran como el mejor de todos los tiempos. En esa foto creo recordar que Kocsis está saltando a punto de cabecear el balón, pura tensión en sus músculos y en la mirada, nada demasiado diferente al discóbolo de la estatua griega. De todos los mundiales disputados, ese deber haber sido, junto con el siguiente de Suecia 58, el más cercano a la perfección. Todavía no se había instalado el miedo a perder, y tal vez eso, sumado a equipos plagados de estrellas, hizo que tuviera el más alto promedio de goles por partido de la historia, casi 5 goles y medio, un número imposible de alcanzar hace décadas. Para terminar de imprimir la leyenda, en el partido final los toscos pero aguerridos alemanes vencieron sobre la hora y bajo una lluvia tenaz al ballet húngaro (con ocho o nueve años no hubiera podido pensar que si aquel equipo magiar es aun recordado de esa manera es porque en él se cumple el destino del héroe clásico derrotado). Kocsis, Sekuralac, Mathias Sindelart, Hidegkuti, el Divino Zamora, Just Fontaine, Obdulio Varela, Ferenc Puskas: alguno más, alguno menos de esos nombres de futbolistas mitológicos de ese y otros mundiales mencionaba Villegas en su nota. Yo ya estaba capturado por los mundos de Julio Verne y Emilio Salgari desplegados en la colección Robin Hood, pero ese nuevo universo de conquistas épicas y héroes en blanco y negro era toda una promesa de felicidad y de imaginación que no le iba en zaga. Cuando años después pude finalmente ver filmaciones de aquellos jugadores y de aquellos goles que mi mente infantil había fantaseado tantas veces, no pude no sentir una ligera desilusión, como si algo definitivamente se hubiera perdido, como si aquellos futbolistas que hacían las veces de dioses y héroes griegos hubieran renunciado a su status mítico y misterioso, para volverse seres de carne y hueso, demasiado próximos y humanos.