Brilla, como diamante: Narciso Ibañez Serrador (1935-2019)

Por Claudio Huck

    Narciso Ibáñez Serrador, actor, presentador de TV, animador, guionista y director, conocido universalmente como Chicho, fue hijo de dos grandes: los actores Narciso Ibáñez Menta y Pepita Serrador. La vida nómade de sus padres lo llevó a nacer en Uruguay, comenzar su carrera como guionista en la televisión argentina y afianzarse como profesional, finalmente, en España. También hizo el guión y actuó en Obras maestras del terror de Enrique Carreras (1960), la mejor película del prolífico y, por lo general, bastante mediocre director argentino. En vista de los resultados obtenidos en esta obra podemos sospechar que tanto Chicho como su padre participaron algo más que en los rubros guión y actuación. Hay una diferencia notable entre el inicio y los separadores de cada historia (con un estilo entre naif e infantil, bien Carreras) y el desarrollo de los cuentos (bien macabros y estilizados, más acorde al estilo de Chicho e Ibáñez Menta). En Obras maestras del terror estrenó el seudónimo de Luis Peñafiel que lo acompañaría de aquí en más cuando ejerciera su labor de guionista. Se dedicó casi exclusivamente a la televisión, convirtiéndose en un verdadero todoterreno, pero sería recordado por su trabajo en una serie memorable y por dos largometrajes para cine sobre los que hablaremos a continuación.

HISTORIAS PARA NO DORMIR (1966-1982).

    Serie de televisión señera que toma como punto de partida a La dimensión desconocida de Rod Serling. El propio Ibáñez Serrador oficia como presentador, es el director de todos los episodios y guionista de casi todos. Tuvo una etapa en blanco y negro en los años 60 y otra en color a comienzos de los 80, que no alcanzó el brillo de aquella primera época (aunque tiene un episodio muy recomendable –Freddy– deliciosamente anacrónico –siempre son efectivas para el horror las historias con ventrílocuos y marionetas siniestras-). También, a mediados de los 70, realizó varios refritos de esta serie para la TV argentina, de la que solamente sobrevive algún acto aislado de Los bulbos, con Virginia Lago y Víctor Laplace. Si bien la serie puede catalogarse de multigenérica posee una impronta fantástica y se destacan las historias de terror, aunque también desarrolló la ciencia ficción, la comedia delirante, satírica y especulativa (NN 23) y el absurdo (el famoso episodio El asfalto, con un hombre hundiéndose de a poco en la brea, sin que nadie atine a socorrerlo). El capítulo La oferta, sobre un gángster que posee todo lo que un hombre puede desear, con un final absolutamente inesperado, es el que se aproxima más al espíritu de La dimensión desconocida. Hay relectura de varios clásicos literarios, en especial Edgar Allan Poe, y varias adaptaciones de Ray Bradbury. También hay extrañas y estupendas mixturas como la fusión entre Henry James y Robert Bloch en El muñeco, y también varios guiones originales. El programa más logrado quizás sea la adaptación de La pata de monode W.W. Jacobs que se llamó La zarpa, muy aterrador y con un trabajo del fuera de campo formidable. 

LA RESIDENCIA (1969)

    Es la primera incursión de Chicho en el cine. El cóctel que propone en esta obra es efectivo: Una escuela para señoritas díscolas, entorno decimonónico de cierta alcurnia, caserón lóbrego, amenazante y lleno de recovecos inquietantes, una directora déspota, un hijo sometido, castigos físicos, mucha represión sexual, y un asesino eliminando a las alumnas a cuchillazo limpio. 

    Está notablemente influido por la estética de la Hammer y por el orrore italiano de los años 60, por autores como Mario Bava (El cuerpo y el látigo, 1963), Riccardo Freda (El horrible secreto del Dr. Hichcock ,1962- y El espectro,1963), Antonio Margheriti y Sergio Corbucci (Danza macabra1964) y Mario Caiano (Amantes de ultratumba1965). La película tiene un look internacional para copar el mercado anglosajón, y es por eso que tiene como protagonistas a la prusiana Lili Palmer y al londinenese John Moulder Brown. Tampoco hay que desdeñar el aporte que le hiciera Alfred Hitchcock a las patologías de la conducta con Psicosis (1960) y se evidencia en  la resolución del enigma. También se elimina a la protagonista mucho antes del desenlace, como en el filme del inglés. Hay mucho horror arquitectónico, ambientes góticos, encierro y claustrofobia. Toda la película ocurre en interiores, salvo un par de escenas que solamente muestran el ingreso de personajes a la residencia. Todo es sugerencia en este filme. El sometimiento (las chicas bañándose vestidas), el masoquismo (el goce que se trasluce en el rostro de la alumna que flagela a su compañera rebelde y no puede detenerse, aún después de la orden de la directora), el lesbianismo (en el porte y las miradas de Irene a sus compañeras, la humillación de Teresa en el cuarto de las pinturas con mujeres desnudas) y hasta el incesto (el beso en los labios de la directora a su hijo) son alusiones tangenciales, aunque muy potentes. Todo el clima es denso y malsano. El castigo con látigo de cuero de muchas puntas encuentra su correlación en el rezo de las alumnas y una clase de costura (con el frenesí de un ovillo de lana, una aguja enhebrada o un pinchazo en un dedo) es la metáfora del acto sexual prohibido que se está consumando en el granero. Chicho aplica las máximas de Thomas de Quincey descriptas en Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Los dos crímenes que se cometen poseen una clara intencionalidad estética. El homicidio en el invernadero es de una belleza sobrecogedora. Se acude al ralenti, a la superposición de imágenes, a la composición elaborada y a un acompañamiento musical romántico que va “muriendo” al compás de la muchacha que cae inerte. El asesinato de Teresa es más breve pero también tiene una notable elaboración: la oscuridad de la habitación, las cortinas que se mecen con el viento, la música que toma la forma de gritos estilizados.  La imagen se ralentiza cuando el cuchillo corta la garganta, y allí se detiene unos instantes. Luego vuelve la acción y se desploma la mujer asesinada.

¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO? (1976)

     El inicio es enigmático. Una serie de imágenes documentales atroces que ilustran la situación de indefensión que padecen los niños en el mundo actual: guerras, matanzas, hambruna. Imágenes potentes, feroces. De pronto, en varios momentos, se congela el plano y surgen en off  soterradas risas infantiles. El efecto resultante es desconcertante, no comprendemos muy bien que sucede, hay un un desfasaje o una contradicción entre la imagen de niños sufrientes y el sonido de divertimento o travesura. Esa tensión se prolongará a todo el filme con la ayuda inestimable de la banda sonora. La música de Waldo de los Ríos (habitual e inspirado colaborador de Chicho), aniñada y dulcísima, recorriendo los rostros de esos chicos hermosos y que son en realidad bestias disfrazadas de corderos, aterra justamente por el contrapunto, y actualiza la pregunta que da título al filme (encabezamiento perfecto que aúna gancho comercial, convulsión moral y poesía).

    ¿Quién puede matar a un niño? es una película fantástica, modélica en su austeridad. El manejo del fuera de campo en la primera mitad crea climas de inquietud y nerviosismo antológicos. La situación es sencilla y un tópico común en el cine de género (sobre todo a partir de la década siguiente): extranjeros que visitan un país extraño y encuentran lo extraordinario y la amenaza de la muerte.

     Hay secuencias que impactan: una niña que finge ternura para poder asesinar a su padre, chicos que laceran la carne de los adultos y se sonríen como si de un juego se tratara, una piñata estremecedora e inolvidable, un nonato que estruja el vientre de su madre hasta el crimen. La blancura impoluta que domina a este pueblo de pesadilla es un rasgo esencial. El paraíso que describe es el entorno preciso para el infierno de lo inaudito. Una niña que golpea a un viejo achacoso con su propio bastón en ese paisaje resplandeciente asusta más que si ocurriese en una noche cerrada. Nada de oscuridad ni rincones tenebrosos. La luminosidad exacerba el realismo y potencia el horror. El blanco pueblo de Toledo transformado por el arte de Chicho y de su director de fotografía José Luis Alcaine en una isla mediterránea es la antítesis perfecta de la mansión lúgubre en la que se desarrollaba La residencia. Los niños monstruosos son reales y han masacrado a todos los adultos que los rodeaban en una especie de venganza. La historia original de Juan José Plans en la que se basa contaba con un enigmático polvo amarillo que caía del cielo y era el causante de la locura de los chicos. Chicho elimina ese detalle y no da ninguna explicación sobre la conducta irracional de los pequeños. Lo único que se sabe es que se han vuelto contra los mayores y quieren eliminarlos de la faz de la tierra.

Hay quienes han comparado a esta película con El pueblo de los malditos de Wolf Rilla (1960) y con El señor de las moscas de Peter Brook (1963). Encontramos a la película de Ibáñez Serrador mucho más perturbadora. En el filme de Rilla existía la coartada de la ciencia ficción y en Brook cierto retroceso primordial que se desvanecía con la vuelta a la civilización. El desquite de los chicos en ¿Quién puede matar a un niño? no se detiene ante nada. Van a seguir “el juego” en el continente donde hay muchos más pequeños que quieren seguir jugando. No hay una razón, no hay lógica, ni final. Es increíble que esta película haya pasado la censura franquista. No tuvo la misma suerte en la Argentina. Fue prohibida por la dictadura militar (sin dudas para preservar ideales reaccionarios de dios, patria y familia) y se estrenó, tardíamente, en la primavera alfonsinista. Pasó fugaz (apenas una semana en la cartelera porteña) y con público escaso. El tiempo, como casi siempre, es el mejor crítico y pone las cosas en su lugar. Hoy, la película de Ibáñez Serrador es considerada, como siempre debió haber sido, una obra maestra absoluta, de las mejores del cine fantástico.

    El primer viernes de junio se murió Narciso Ibañez Serrador, mejor conocido como Chicho. Hizo mucha televisión y poco cine. Una serie de televisión y dos películas le bastaron para que lo ubiquemos en el Olimpo de los cinéfilos. Allí brilla junto a los mejores. Los cultores del cine fantástico le estaremos eternamente agradecidos.

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