El Pasaje: un retorno al cine de Peter Weir

Por Hernán Schell

“Los despojamos de sus tierras, destruimos sus cultivos; los sometimos a nuestras leyes que son ajenas a sus costumbres y tradiciones; procuramos que aceptaran nuestros gustos, los cuales les disgustan; los masacramos cuando defendieron a su manera su vida y sus posesiones; y libramos una guerra sin cuartel para que nos reconocieran como el amo”.

Anthony Trollope, novelista inglés que viajó a Australia a finales del siglo XIX.

En el cuento “El Gigante Ahogado”, el escritor James Ballard narra la historia de un ser de fantasía que aparece muerto en las arenas de una playa. Desde esta premisa, la historia va contando como progresivamente esta figura de características mitológicas va siendo no sólo olvidada sino degradada a una mera curiosidad, una atracción a la que incluso se la va mutilando o por pura malicia o para llevarse un “adorno” a la casa. Es como si Ballard, en ese pesimismo infinito que solía exhibir en sus relatos, quisiera decirnos algo: que lo maravilloso ya no puede ser apreciado, que aquello que podría ser sobrenatural y hermoso en su misterio está hoy en día destinado a ser corrompido de alguna manera.  Si bien menos pesimista que Ballard (no es tan difícil después de todo) el cine de Peter Weir  suele tener muchas veces esa misma preocupación. El misterio de las rocas de Picnic en las Rocas Colgantes se vuelve meramente una curiosidad local para la atracción turística; los relatos mitológicos y las leyendas tanto de la cultura aborigen de Australia en La Última Ola como de las más antiguas de Indonesia en El Año que Vivimos en Peligro son objeto de desdén o de burla por parte de la mayor parte de la gente blanca “civilizada” de las dos películas; los poemas que le dan a leer a los alumnos en  La Sociedad de los Poetas Muertos son ridículamente simplificados en parámetros pseudomatemáticos; y la épica de liberación de Truman en The Truman Show es percibida por la mayoría de los televidentes como un mero entretenimiento televisivo más. Este no es, por otro lado y como veremos más adelante, el único aspecto que une a la sensibilidad weiriana con la de Ballard, pero si es uno de los puntos de conexión más fuertes entre el escritor de ciencia ficción y la filmografía del australiano. Dicha filmografía ha tenido como último ejemplar The Way Back, película que tuve la oportunidad de ver hace unas semanas y que se estrenó en 2011 en los Estados Unidos con poco público y sin que la crítica le prestara demasiada atención.

Es una lástima que haya sido así, porque uno pensaría que una persona como Weir merecería, al menos por su trayectoria, una recepción más atenta de sus trabajos. Después de todo, no son muchos los cineastas que, como el australiano, han logrado una carrera tan consistente durante tantos años. De hecho, tomada en su totalidad, la filmografía de Weir ha probado ser menos falible que la de sus contemporáneos de la generación New Hollywood. No tiene películas malas (solo hay dos excepciones: La Costa Mosquito y La Sociedad de los Poetas Muertos), tiene por lo menos cinco obras maestras en su haber (Picnic en las Rocas Colgantes, El Plomero, El Año que Vivimos en Peligro, Gallípoli y Capitán de Mar y Guerra) y seis largometrajes restantes que resultan muy buenas películas. Su última obra es, además, y más allá de sus altibajos, notable y muy arriesgada en su propuesta: cuenta la historia real de unos presos políticos que se fugaron de una cárcel en Siberia en los ’40 y caminaron hasta la India cruzando terrenos montañosos y desiertos para huir de cualquier régimen comunista que pudiera volver a meterlos presos. Lo raro del film no es el argumento sino el tratamiento que le da Weir. En principio no se concentra prácticamente en el tema de la fuga (que sucede de manera fugaz, a la media hora de película) ni en la condición de prófugos de los protagonistas. De hecho, nunca se los ve peleando o huyendo contra guardia alguno después del escape, y nunca se habla de la posibilidad de un “posible espía” -a excepción de una chica que rápidamente se sabe que los sigue solo para conseguir comida-; tampoco encontramos escenas en las que los personajes se encuentran en pueblos haciéndose pasar por otra gente mientras temen que su verdadera identidad sea develada. Es más, las escenas en las que esto puede suceder, -como cuando uno de los personajes entra a un pueblo para conseguir comida- son notablemente elipsadas por la película. Lo que termina sucediendo con The Way Back es que se propone menos como una épica llena de acción, aventuras y suspenso que como una épica de la resistencia, en la que el mayor enemigo de los protagonistas es la propia capacidad de su cuerpo para resistir caminatas bajo el desierto, su propia sed, o el ataque de unos mosquitos. Es una película de planos largos en los que se exacerba, más que nada el cansancio y el placer de los personajes cuando logran descansar, o cuando logran encontrar agua de un pozo después de días sin poder acceder a líquido alguno; o cuando asan y comen un animal (uno que se encontraba atrapado en el fango y al que la película nunca muestra intencionalmente como sacan de allí). En medio de esto hay diferentes personajes con sus códigos, miedos, e historias previas. No es una obra maestra pero si es una película diferente, que descoloca por su propuesta. Algo similar pasó hace unos años atrás con el anterior largometraje de Weir: Capitán de Mar y Guerra, una obra maestra mayor que sorprendió a un público que se esperó una película de aventuras común y silvestre, y se encontró con una oda a los territorios inexplorados, una historia de amistad entre un capitán y el médico, naturalista del barco.

Tanto Capitán de Mar y Guerra como The Way Back terminan siendo, finalmente y a su modo, rarezas, híbridos extraños en los cuales superproducciones con estrellas masivas derivan en películas que no terminan del todo de ajustarse a los códigos más convencionales del mainsteam. Film de espectáculo y espectaculares, sí, pero donde la espectacularidad pasa por otro lado y donde la propuesta es, sencillamente, algo diferente a lo habitual. Estas dos últimas películas, de hecho, volvieron a un director que supo tener grandes éxitos de taquilla como Weir, en un realizador que hace películas que parecen mainstream por presupuesto y estrellas, pero que no terminan siéndolo del todo; una suerte de híbridos que quedan a mitad de camino entre querer contarnos historias de aventuras con actores como Colin Farell y Russell Crowe, pero que de pronto se “distraen” en filmar otra cosa, concentrándose más en mostrar paisajes naturales exóticos mientras suena música clásica, o en las sutiles expresiones de amor de sus personajes que en cualquier escena generadora de adrenalina. Son películas que parecen estar industrialmente en el medio de algo, entre el mainstream y el género y un cine dueño de una libertad que parecen exceder varias de esas cosas. Producciones cinematográficas de decenas de millones, con lo último en efectos digitales, relacionadas con relatos con aventuras, pero que no terminan de ser del todo películas de ese estilo.
Es curioso, pero es como si el cine de Weir se haya convertido en sus propios personajes, perdido interiormente entre dos culturas o dos formas de ver el mundo e incapacitado de definirse a sí mismo. El protagonista de La Última Ola es un hombre blanco, que sin embargo tiene poderes de premonición que lo vuelve una figura legendaria indígena; Harrison Ford en La Costa Mosquitohabla en un principio del orgullo de comprar productos americanos pero termina la película viviendo (y muriendo) en un territorio selvático alejado de su país natal, algo similar al Crowe de Capitán de Mar y Guerra, quien brinda por la Reina en Ing