La suma de todas las anécdotas

Por Rodolfo Weisskirch

Cuando yo era chico, vivía en el piso 3 de un edificio del barrio de Flores, en el límite con Caballito. Mis abuelos, vivían en el piso 5. Los sábados, acostumbraba almorzar con ellos. Después de la comida, nos sentábamos a mirar televisión en una habitación a la que llamaba “la pieza oscura” porque la ventana daba al patio interno del edificio. Era una típica habitación digna de un cinéfilo, de aquellas que un historiador o coleccionista hubiese cubierto con películas o libros, pero que mis abuelos la usaban para guardar un enorme televisor blanco y negro, dos sillas grandes -todo era muy grande para mí en esa época- y sentarse por la tarde, antes de la siesta, para ver películas vespertinas por Canal 9.

Esos sábados por la tarde yo conocí a Cantinflas, a Luis Sandrini, Libertad Lamarque en sus últimas épocas. Pero la primer película nacional de la que tengo recuerdo, quizás la primera que vi en la vida, y la única película en sí que recuerdo haber visto con ellos en esa habitación, es Los muchachos de antes no usaban arsénico. Se me quedó grabada. El rostro de tres viejos barbudos que planeaban como envenenar a una mujer anciana, diva de la edad de oro del cine nacional es una esas imágenes que se quedan en la retina a través de las décadas. A veces me pregunto si fue sueño esa época. Lo cierto es que se trata de un film que se me hizo dificil de olvidar. Yo estaba acostumbrado a ver películas infantiles, dibujos o películas familiares. El cine adulto era una excepción.

Muchos años después fui aprendiendo un poco más sobre ese film que se me quedó grabado. Aprendí quiénes lo interpretaban, quién lo dirigía y lo volví a ver. Un reencuentro maravilloso que sigue grabado en vhs en mi biblioteca. Si, en VHS.

El segundo encuentro inovidable que tuve con José Antonio Martínez Suárez, a quien ya había visto en alguna entrevista casual, y a quién ya tenía identificado como el “hermano de”, se dio personalmente. Año 2006. Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. JMS se sienta dos butacas delante mío antes de la proyección de Medianeras, el premiado mediometraje de Gustavo Taretto. Me quede impresionado de su fragilidad y a la vez tenía la tentación de acercarme y decirle lo importante que era para mí su película de 1976.

Las luces se apagan y aparecen dos mujeres hablando en una cocina. “¡Está mal!” grita una voz. “¡Está mal! Los rollos están mal” vuelve a gritar. Identifique que el dueño de esa voz, era José. Unos segundos más tarde, se levanta y reconozco su silueta volando hacia el escenario del Teatro Auditorium, y como si fuese un personaje de una película de Nicholas Ray, levanta su campera de cuero marrón que lo acompañaba a múltiples funciones, y la empieza a blandir en el aire al grito de “¡Paren la proyección, paren la proyección!”. Las luces se prenden. La proyección se detiene. José Martínez Suárez está en el escenario. Ese escenario que dos años después lo vio inaugurando durante una década ininterrumpida en ese mismo festival. José pidio perdón a la audiencia y explicó que el proyectorista había invertido los rollos. La gente aplaudió y el pidió “no aplaudan”, una frase que sería casi un leit motiv de su personalidad. Después, cuando las luces se volvieron a apagar, fue a su asiento, y ni bien arrancó el film dijo: “Ahora está bien”. 

Armar un obituario sobre José Martínez Suárez es reencontrarme con el hombre, con el presidente del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Yo no conocí al director. O al menos no completamente. Por eso esta despedida no pretende ser un recorrido exhaustivo por su obra. De hecho, solo vi la mitad de su obra y espero ansioso hoy poder ver, por primera vez, Noches sin lunas ni soles, su última epopeya que nunca agarré desde el comienzo. Por eso esta despedida de es de otra clase. Espero sepan entender. 

El del 2006 fue mi último año como simple espectador del Festival. En 2008, inauguré mi etapa como corresponsal de prensa y volví a encontrar a José. Esta vez como Presidente. Ese año fue especial. La DAC organizaba un evento, en el que estaba invitado Leonardo Favio. En ese evento le daba un recomocimiento al elenco del film El jefe, de Fernando Ayala. Ese día, José como fue su costumbre animó el evento y se dió un abrazo muy especial con el director de Crónica de un niño solo. Favio estaba mal. Su cuerpo no le respondía como deseaba, pero durante esa presentación volvió a ser joven. José se disculpó por no poder quedarse a ver la película con ellos porque tenía que ir a presentar otra película. Nadie sabía muy bien de donde venía esa energía. Esa noche también fue inolvidable. Favio se sentó a dos butacas mías y el elenco entero susurraba recuerdos del rodaje en medio de la proyección.

Para Favio, ese festival representó su último verdadero encuentro con el público masivo. Y si Aniceto se proyecto fue gracias a José, que insistió y logró que la película participara. Incluso fui testigo de una charla telefónica, en la que le decía “Leonardo, quedate tranquilo, todo va a estar bien, ya vas a estar mejor”.

Un año después volví a asistir del Festival y me reencontré con José Campusano. Estrenaba Vikingo y José Martínez Suárez era su mayor fanático y defensor. Cuando entrevisté a Campusano, él estaba presente. Esa fue la primera vez que pude cruzar palabras con el maestro. La primera de muchas. Al año siguiente, 2010, empecé a formar parte del staff del Festival y fueron numerosas las oportunidades en que crucé palabras con José. Incluso, ya no me parecía algo extraordinario, entrar a su oficina. Hasta de fútbol hablábamos: era fanático de Racing, pero me acuerdo que una vez, inmediatamente después de moderar una Charla con Maestros, me preguntó cambiando radicalmente de tema cómo había salido el super clásico. 

En 2012, por diversos motivos, los encuentros fueron más habituales. El más curioso fue cuando me pidieron que redactara una nota sobre la retrospectiva de la productora Ealing, y José, que era curador de la misma, me prestó un libro inédito en Argentina. Yo lo llevaba para todos lados y lo leía en el colectivo para poder devolverlo lo antes posible. Lamentablemente, un día se desató una de esas tormentas que ningún paraguas pueden parar y la mochila se mojó. Mi única preocupación era que el libro estuviese en buen estado. Algunas páginas se mojaron, pero yo hice lo imposible para que quedara prácticamente impecable. Nunca se enteró de lo que pasó. Prácticamente no quedaron marcas. Y si quedaron, tampoco me hizo mención alguna. Lo devolví y no me dijo nada.

La edición de 2012 fue muy accidentada, y por culpa de una mala administración mi trabajo se vio perjudicado por decisiones estéticas que no eran responsabilidad mía ni de mi coordinador. Al final del Festival, José nos llamó a su oficina y se quejó del trabajo que habíamos hecho, sin saber que lo que le molestaba no era nuestra falta, pero éramos quiénes ponían la cara por eso. Me sentí bastante mal por lo que José representaba y sentí el golpe más en lo personal que en lo profesional, ya que en efecto no era responsabilidad mía el origen del problema. Por suerte, fue solo un episodio aislado, y los siguientes encuentros en demás festivales fueron más positivos. En ese entonces hicimos una video entrevista en su oficina de Avenida de Mayo, al lado del teatro Avenida, recordando su relación con Daniel Tinayre. Cuando los integrantes del Centro de Producción Audiovisual del INCAA estaban a punto de arrancar a grabar, él paró a todos y dijo: “un momento. Quiero ver el encuadre”. Se levantó de su posición, fue a la cámara y miró la puesta. Con los chicos nos miramos y sonreímos. Ese era José, el director. Director todo el tiempo a toda hora. “Está bien, podemos empezar” fue la señal de que el asunto seguía bajo su control.

Mi último encuentro fue cuando a nuestro equipo nos tocó dar una charla en el teatro Aldrey para celebrar las 30 ediciones de Mar del Plata. José estuvo presente, y a pesar de los numerosos problemas que tuvimos para proyectar por culpa del wifi de la sala, él nos felicitó por el trabajo realizado. No había sido como en aquella ocasión en la que tuvimos que escuchar las quejas. Esta vez José no se había enojado. Menos con nosotros.

Dos años después terminó mi relación con el Festival y siempre me quedó pendiente poder decirle que mi primer recuerdo de un film nacional había sido uno suyo. José Martínez Suárez falleció a los 93 años y dejó numerosas anécdotas en todos los que lo cruzamos alguna vez casualmente. Tenía un  carácter fuerte, defendía el cine nacional, pero odiaba que se insultara tanto en las obras de nuevos cineastas, como si eso fuera marca de alguna clase de localía. José amaba los clásicos italianos y españoles. Tenía una memoria prodigiosa, y cada palabra suya era una lección. Decía que odiaba los aplausos y homenajes, si, pero le encantaba la atención, ya que no hacía otra cosa mas que dar muestras de su pasión y cinefilia. Entretenía al público mucho mejor que cualquier locutor, periodista o actor del momento, elegido para animar las ceremonias de apertura o cierre del Festival.

Sus alumnos y colegas, siempre elogiaban su tenacidad. Y si bien era bastante exigente y le encantaba retar a quien fuera necesario cuando algo estaba mal, sus palabras de aliento y perseverancia se sentían como ese empujón de alguien que realmente es una leyenda en su área. Me hubiera gustado formar parte de esa elite de discípulos, que más allá de las críticas o discusiones, no se cansan de agradecerle sus lecciones de cine. Este año me decepcioné cuando uno de ellos, en lugar de homenajearlo, lo terminó insultando con la pésima remake, justamente, de Los muchachos de antes no usaban arsénico. Pero prefiero no hablar de eso en esta despedida.

También quedará pendiente un análisis de su obra, sobre la que se habló bastante en los últimos años. Especialmente en el libro de Rafael Valles, cineasta brasilero, a quien casualmente conocí varios años antes de que redactara el libro, y con quien me reencontré en la presentación del mismo.

Yo sé que a un artista o cineasta lo define su obra, y la labor de todo crítico, es priorizar el perfil cinematográfico, de autor, que el humano, pero en mi caso, lo que me llevo de José Martínez Suárez es su sonrisa, sus historias, su energía, su mano, y especialmente esas anécdotas, la mayoría positivas, de cuando fue Presidente del Festival. Me pareció que también se lo debía. Incluso más allá de las películas y la admiración que tengo y tuve por él.

En la ceremonia de clausura de la última edición en la que estuve presente, en el teatro Auditorium dijo: “Yo sé que todos los años digo que va a ser mi último festival, pero este año lo voy a cambiar: de acá me sacan con los pies para delante”. Cumplió su palabra. El cine y el festival eran su vida. De aquel señor frágil que vi salir corriendo a detener la mala proyección de uno de sus alumnos, como fue Taretto, hasta ese día, todos lo que lo conocimos sabíamos que seguía de pie porque el amor por el festival y el cine lo mantenían así, A pesar de todos los golpes duros que da la vida, su trabajo era la única forma de reponerse y seguir adelante. Caso contrario, sentía que tenía una deuda con el público y los realizadores.

Se fue un prócer del cine nacional el mismo día que un prócer de la historia nacional. No podía elegir otra mejor fecha para despedirse. El Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, perdió a su máxima figura y el puesto de presidente queda vacante. Esta edición se lo va a extrañar. Se van a hacer videos-tributo, se harán retrospectivas de su obra y de sus películas favoritas, seguramente. Pero en este caso el hombre fue más relevante que sus imágenes. Sus palabras serán su verdadera herencia cultural.
Y recuerden no aplaudirlo, la mejor forma de homenajearlo es seguir viendo cine. 

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