The Devil and Father Amorth
EE.UU., 2017, 68′
Dirigida por William Friedkin
Con William Friedkin, Gabriele Amorth, Robert Barron, William Peter Blatty

Exorcismo crítico

Por Sergio Monsalve

Escribiré un relato en primera persona inspirado en la metodología que aplica Simon Roy para su libro “Mi Vida en Rojo Kubrick”, síntesis de la llamada “crítica autobiográfica”.El autor del texto desglosa los cuadros de El Resplandor en el intento de encontrar una respuesta a sus inquietudes existenciales. La disolución de su familia es la de Jack Torrence en el hotel Overlock; metáfora de la pesadilla anglo en la frontera entre el fin del nuevo cine americano y el principio de una época de rearme moral, bajo la sombra del síndrome de Vietnam. El entendimiento de El Resplandor le permite hacer catarsis de su traumática experiencia, atendiendo la agonía de su madre. Cada laberinto del filme es un eco mediático de Kubrick, de Simon Roy, de la pulsión vouyerista de cualquier espectador atento. En el mismo sentido, el documental Room 237 solo proyectó el inconsciente colectivo de la visión conspirativa sobre la problemática adaptación de la novela de Stephen King, interpretada por Jack Nicholson.

Leyendo “Mi Vida en Rojo Kubrick” pensé en la necesidad de contarnos a través de las películas que consumimos. Una tarea que es tan vieja como la del oficio del primer crítico. Semanalmente vamos desvistiendo lo que somos delante de un grupo de lectores, así como la película se desnuda ante nosotros, imaginando reducirla a la cabina de un Peep Show, como el cuartito de la mejor película de Wenders, Paris,Texas, que recibe la Palma de Oro por ser un resumen del cine en su tiempo de expiración y resurrección.

A principios de la semana descubrí The Devil and Father Amorth en la página de Gnula, un streaming pirata de películas a la carta cuando el sueldo no permite otras opciones. El documental es la vuelta de William Friedkin a El Exorcista, la película que justifica mi nota de hoy, que sintetiza algunos traumas secretos que me acompañan desde niño.

1. Década del 80, Friedkin, El Exorcista y mi vida en la Florida

Por años bloqueé lo que me ocurrió al ver  aquella obra maestra por primera vez, lo quise olvidar, pero a la postre, la terapia de reprimirlo no funcionó. Mi papá es psicólogo y puede describirlo mejor. Después de una intensa campaña de televisión, me empeñé en ver El Exorcista a los ocho años, aprovechando mi condición de consentido de la casa, el menor de dos hermanos cinéfilos.

Ya tenía un cuarto propio en un apartamento del edificio “Dorávila” de la Florida, una urbanización de clase media alta de Caracas (hoy venida a menos).  La Florida es una frontera entre los countrys  y las villas miserias de la capital. Su nombre no es casual. Mi infancia, por tanto, transcurrió en una versión aburguesada de The Florida Project, compartiendo amistad con los chicos ricos de los campos de Golf, mientras compraba la merienda en la panadería ubicada en la entrada del barrio Chapellín.

Corrían los años ochenta, había una cierto clima de seguridad que se quebraba de vez en cuando por las noticias de la crónica roja. Sospechamos que el hampa era eso, un cuento de la prensa sensacionalista para vender y mantenernos atados a su lógica paranoide.

Mi nacimiento coincide con el progresivo desmoronamiento económico, social, político y cultural del país. Por tanto, fui testigo de cómo la burbuja de falsa estabilidad de la Florida estalló en mil pedazos, cobrándose las vidas de seres queridos, obligándonos a desplazarnos, exiliarnos o mudarnos.

La película El Exorcista se difunde en la señal pública del canal comercial, Venevisión, a mediados de los ochenta. No se habla de otra cuestión en mi colegio. Los profesores ignoran el tema o lo zanjan con reflexiones maniqueas e inquisidoras. A varios amigos se les prohíbe ver la película. La censura incrementa mi morbo. Tengo suerte de contar con unos padres hippies y permisivos.

La transmisión comienza a las ocho de la noche, un domingo. Por miedo, mi hermana Tulia y yo nos instalamos en el centro de la cama de mis padres, buscando protección. A mis ocho años, veo la película hipnotizado y horrorizado. Mi corazón late fuerte e incontroladamente. Me chocan los gritos de la niña poseída. El realismo de lo que veo me persuade por completo. Años más tarde, comprenderé la naturaleza ficticia del largometraje. En mi caso, a los ocho años, pude haberlo digerido como uno de mis primeros shockumentaries.

Regan (Linda Blair) se orina en la cama. Yo había déjalo de hacerlo un año antes. La imagen me molestaba en el subconsciente y me ruborizaba delante de mi familia. La protagonista era un poco mi hermana, un poco yo, un poco todos los chicos de la cuadra.

El canal corta la secuencia del crucifijo, la mutila. Lo sabré tiempo después. Sin embargo, me siento atravesado y desvirgado por las imágenes punzo penetrantes del filme. Cuando termina, nos quedamos en silencio, fingiendo demencia. Mi hermana recoge su almohada y procede a dormir en su habitación. Yo no puedo despegarme de la cama de mis padres. Mi narcolepsia se activa de inmediato, como mecanismo de defensa. Tengo pesadillas, me cuesta conciliar el sueño.

A las horas, veo a mi hermana entrar sigilosamente al cuarto de mis papás, como si fuese Regan arrastrándose por el piso. Tiene unos ojos enormes, como de gato, y brillan en la oscuridad. Los conozco bien. Casi escondida, oigo cuando le dice a mi papá: “en mi cuarto hay un señor”. Mi papá responde con un seco “qué?”. Ella aclara: “en mi cuarto hay un ladrón”. Mi papá reacciona de una forma inesperada. Salta de la cama con vehemencia, cerrando y abriendo la puerta a golpes, mientras grita: “Ladrón! Ladrón!Ladrón!”

Los alaridos espantan al antisocial, quien sale corriendo del apartamento por donde entró. Trepa hasta el tercer piso como un Hombre Araña para sufrir una especie de exorcismo casero como de los tres cerditos. No se lleva nada consigo, solo la estabilidad de nuestra familia. La violación de la morada rompería mi visión idílica de la infancia. Desde entonces, pasaría un par de años para recuperarme y volver a dormir en mi cuarto. Eventos similares ocurrirán con una incómoda frecuencia.

Una noche vería, de regreso de una cena, cómo un criminal le abriría la cabeza a mi papá con la cacha de una pistola, para robarle la cartera en el estacionamiento del mismo edificio.

La Florida mutaría en un pueblo fantasma, en radiografía de la Sin City. En 1989 sobrevino el Caracazo. Los negocios adyacentes a mi edificio fueron saqueados y vandalizados sin piedad. La Guardia Nacional tomaría la urbanización con un talante aún más facineroso, disparando primero y averiguando después. A una vecina le atraviesan el cráneo con el proyectil de una Fal. Cansados del ambiente de la zona, emprendemos la huida y aterrizamos en La Miranda, luego en La Castellana. Cambiamos una burbuja fracturada por otra.

El mal se apoderó de mi contexto y no existe el padre Merrin que haya logrado conjurarlo. La buena noticia es que superé mis traumas, con resiliencia, y que me hice crítico de cine. Las herramientas del análisis me han ayudado a comprender las relaciones que hay entre El Exorcista, mi vida, el entorno, la cultura y el propio cine.

En una lectura freudiana, Regan representa la metamorfosis que acontece en la adolescencia. La niña descubre su sangre, su sexualidad, su brecha generacional, su Edipo, su castración y su liberación, en un desenlace aparentemente moralista y apostólico. A su vez, la obra compendia el espíritu de desolación y desarraigo que animó los fiascos de la guerra fría y el caso Watergate.

El padre no existe, los jóvenes se rebelan ante el sistema, el terror se incuba en la morada de los residentes de Washington, la ciencia no responde, la medicina tampoco supone una alternativa, el oscurantismo devuelve a los pobladores a una etapa medieval de cacería de brujas, espectros, demonios y redentores con sotana.

La brutalidad satánica de William Friedkin desmonta la hipocresía de la industria, filtrando la subversión de los movie brats en el seno de un Hollywood en crisis. El sadismo que aprendió el autor en la vanguardia del documental y las periferias, lo aplica en la práctica de un blockbuster que posee a la semilla de los cuentos de hadas de la meca, con el fin de estremecerlos y boicotearlos.

El Exorcista trafica con el gore de Herschell Gordon Lewis, con el mal gusto de John Waters, con el underground pop de Warhol y Cassevetes, con la pornografía y el snuff de las funciones clandestinas. El Caballo de Troya detona la taquilla mundial, antecediendo el impacto de Tiburón. Viejas usanzas se dejaron atrás. Nuevas reglas marcaron un destino ambivalente en la evolución de los tanques y las franquicias. El mainstream domestica los hallazgos de los outsiders.

Copiada, plagiada y parodiada indiscriminadamente, al extremo de convertirse en un remedo inofensivo e indigesto, la película de Friedkin dio pie a un subgénero irregular y desigual, cuyo eventual resurgimiento es animado por fines estéticos de dudoso origen, salvo las contadas excepciones de las felices contribuciones potsmodernas de realizadores y francotiradores del indie occidental. Recuerdo la saga Evil dead o la serie de El Exorcismo de Emily Rose sin ir más lejos.

2. 2017, el retorno de Friedkin y la cinefilia-venganza, casi cuatro décadas después

El documental The Devil and Father Amorth viene a redondear un ciclo creativo en un espíritu de justa reivindicación. William Friedkin lo dirige con apenas un par de cámaras digitales y un aliento de veterano deconstructor de sus juguetes ópticos, cual Orson Welles de F for Fake. Vuelve así a propinarle un cachetazo al Hollywood millenial que lo excluye y lo considera un paria irreparable.

Su revancha es desarmar y recomponer el artefacto que le dañaron los productores con sus nostalgias y sus reciclajes inútiles. No por casualidad, The Devil and The Father Amorth secunda la resistencia del último Clint Eastwood (el de la denostada 15:17 Tren a París, que tuvo su defensa en esta revista aquí) y del Brian de Palma de la feroz Samarra. Los ancianos ruedan venganzas con forma de largometrajes que le pintarían una sonrisa en el rostro a Andre Bazin. Nos falta Carpenter, que está tocando su sintetizador como los dioses. Y olvídate de la solemnidad de Godard. La propuesta se ciñe al esquema de Bill Nichols en el libro “La Representación de la Realidad”.

El carácter expositivo del filme enmarca una lúdica intervención del realizador en plan de autoridad, que no de perspectiva autoritaria. La nobleza de la mirada lleva a querer a cada personaje, a identificarnos de entrada con sus palabras y convicciones, así no las aceptemos. Friedkin sabe entrevistar, sabe preguntar, sabe interrumpir y sabe grabar en paralelo, extrayendo confesiones y reflexiones de sus protagonistas. Su energía contagia la pantalla de un brío entrañable que es de los trabajos de Werner Herzog y Errol Morris. La interacción de Friedkin, respetuosa y amable, contrasta con la impostura del conductor de la serie “Dark Tourist”, que filma un exorcismo trucho en México que apenas reafirma los prejuicios de su audiencia hípster.

El punto de vista del realizador del documental reimprime el sello de las observaciones de Frederick Wiseman, ocupándose de mostrar en lugar de sentenciar de manera canalla. Se nos prepara para ser testigos de un exorcismo auténtico, que ocurre frente a la cámara de Friedkin sin las molestas interferencias de un montaje frenético. Un par de cortes hacen evolucionar el ritual, inquietándonos por su verismo, por su naturalismo, por su neorrealismo italiano y por el costumbrismo de la escena.

El Padre Amorth le pinta muecas al demonio, reza, toca la frente de la poseída, la mujer entra y sale de trance, los familiares rodean a la víctima en un cuartito rústico, kitsch y austero que rememora los decorados de Ferreri, Scola y Garrone.

El efecto metalinguístico es total y deliberado, concibiendo un potente ensayo audiovisual que reescribe a El Exorcista desde el despojamiento y la ausencia de artificios.

The Devil and The Father Amorth replantea el ejercicio de El Exorcista, poseyendo al cine y al espectador con un sentido de transgresión. De nuevo, el final carece de una conclusión racional, dogmática y cartesiana.

La parte diablo nos seduce y nos constituye.

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