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Tiempo de lectura: 9 minutosUna despedida: Stuart Gordon (1947-2020)

Por Federico Karstulovich

Las olas

Por Federico Karstulovich

La carrera de Stuart Gordon es una maravilla llena de volantazos, como bien saben ofender los libertarios a los puristas autorales. Gordon comenzó su carrera con un largometraje, de corte teatral, sobre fanáticos de los Chicago Cubs. De ahí un salto gigantesco a la clásica Re-Animator (1985), que no hace mas que revisitar a Frankenstein (vía Lovecraft) en tono de comedia negra, algo que el gore empezaba a experimentar a los 80s. A esta altura de la soiree es poco lo nuevo que pueda decirse sobre una de las obras maestras de Gordon. Si, que fue pionera junto a un puñado de privilegiadas de darle un sacudón al gore y llevarlo hacia un territorio menos solemne y en todo caso más cercano a la comedia.

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Re-Animator

Pero Re-Animator es bastante más que eso, porque también demuestra que lo de Gordon no es sangre porque si. La película, como le sucedía a muchos de sus compañeros generacionales (aunque algunos eran más jóvenes que Gordon y otros mayores: de Raimi a Henenlotter y de este a Larry Cohen, por mencionar algunos) que también habían optado por el humor -y que eran acusados de no saber narrar- no puede plantear mayores desacuerdos con semejante idea. No solo tiene un ritmo perfecto, sino que demuestra que Gordon siempre supo donde poner la cámara, creyendo en las imágenes, si. Pero fundamentalmente creyendo en los actores (viejo vicio teatral).

Lo que siguió fue una segunda adaptación de Lovecraft (la primera de varias) con la irregular pero llena de ideas From Beyond (1986) (conocida entre nosotros con el nombre de ReSonator). Sin un presupuesto grande, pero confiando siempre en la creación de climas incómodos (sin renunciar al sentido del humor, incluso en el marco del sadomasoquismo, que aquí es la perfecta excusa para el grotesco), Gordon siempre se mostró cuidadoso con esta película, incluso cuando la recepción no fue tan buena. Sería la confirmación de que Lovecraft sería siempre un refugio al cual poder volver.

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Dolls

Con Dolls (1987), en cambio, Gordon se propone retornar a un formato más cercano al terror antes que al gore. La película, no obstante, envejeció mejor de lo que la recepción en su época auguraba. Con esta suerte de anticipación de Chucky (con un año de anticipación) Gordon mostraba, nuevamente, que no era un director de nicho (la comedia gore), sino un jugador un poco más variado. Pero fue quizás con Querida, encogí a los niños (1989) donde Gordon extremó el volantazo. Y pasó de ser un director-guionista de películas gore a…Disney…adaptando a El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1957). También se trata de una película mucho mejor de lo que podía parecer a primera vista. Y demostración que el cine de aventuras para niños no estaba exento de cierta perturbación. Notablemente Disney habilitó esa posibilidad.

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Robot Jox

Afortunadamente el dinero que pudo recaudar con ese éxito lo habilitó al siguiente proyecto, Robot Jox (1989), una fantasía distópica (escuché Robotech? Escuché Titanes del Pacífico…, no sé, no sé) en la que Gordon contó con un presupuesto holgado para la época (10 millones de dólares). El problema fue que los tironeos de producción, la ambiciones desmedidas de Gordon y la incapacidad económica del estudio que la financiaba (el fenecido Empire) lograron que la postproducción fuera una pesadilla a la vez que la quiebra del estudio. Este fracaso rotundo no le hace justicia, no obstante, a una película que merecía mejor suerte que ser una película maldita.

En el mismo añ dirige otro fracaso fenomenal, que no era sino otra relectura de los monstruos clásicos. En este caso hablamos de Drácula que es aludido en Daughter of darkness (1990), a la que no volvía a ver, pero sobre la cual tengo un recuerdo un tanto forzado, que me trae a la memoria la recurrencia con la que ciertos géneros vuelven a sus raíces pero incapacitados de reformular las cosas al presente. Bueno, algo de eso pasaba con el cine de Gordon, como si no pudiera llevarse bien con el pasado. O como si no pudiera aggiornarlo. Por el contrario, sus películas presentes tienen otra respiración, porque no se sienten forzadas.

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La fortaleza

Apenas un año después, efervescente de ideas pero anclado en las formas de los viejos mitos literarios, Gordon adapta a Poe en la remake de La fosa y el péndulo (1991), también recibida de manera poco feliz. Y quizás es una de las excepciones en donde Gordon se muestra algo cansado (quizás por el rodaje pesadillesco plagado de peleas con Lance Henriksen, el encargado de interpretar a Torquemada). Casi sin energía, con tres malas experiencias encima (más allá de los resultados, que fueron de mejor a peor en las películas que van de 1989 a 1991), a punto de retirarse, dirige el tercer gran éxito de su vida (considerando a Re-Animator como un éxito parcial de público y crítica y a Querida encogī a los niños como su gran éxito de público). En 1992 dirige La fortaleza, thriller futurista (un género muy instalado en el público durante los 90) que tenía a Christopher Lambert como protagonista (y en el punto más alto de su carrera bien podríamos decir) y que terminó sirviendo, a modo de botón de muestra, que Gordon quizás se desempeñaba mejor en los números fuera del ghetto del terror antes que obsesionarse con vivir para siempre en él (algo que Gordon nunca hizo, pero bueno, los prejuicios de la época no le jugaban a favor). No solo se trata de una película narrativamente efectiva sino que es el nuevo retorno de la ola que trae al director a un mundo que ya lo había maltratado intensamente. Nuevamente la obra de Gordon traída y llevada por las aguas del éxito o de la sucesión de fracasos.

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Castle Freak

Recién deberá esperar a 1995 para dirigir su siguiente proyecto, Castle Freak (1995), en donde se produce la unión de las fuerzas: productor (Charles Brand), equipo técnico y artístico y…Lovecraft, otra vez. Sucede un hecho curioso: es la película que supone el retorno de Gordon a un cine personal (al menos en potencia), pero nada de eso se nota, ya que se la percibe narrativamente chata, televisiva, carente del ritmo de otras películas del director, como si en alguna medida se hubiera invertido el principio compositivo de un autor: mejora en los proyectos ajenos, pero es incapaz de darle vida definitiva a los proyectos propios. O al menos una vida que valga la pena defender (sin ser el mayor fracaso de su carrera, incluso siendo una película directo a video, algo que en los 90s empezaba a marginar de a poco a grandes directores, fue una película de quiebre). Ese fracaso le costaría mucho más que los anteriores. Pero tendría una oportunidad más de encarar un proyecto personal.

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The wonderful ice cream suit

Pero Space Truckers (1996), fue otro dolor de cabeza, ya que casi nada en ella funciona, el tono es extraño, la sensación es de estar a mitad de camino entre una parodia y algo que no lo es. Y si bien no deja de tener un aspecto querible y ciertamente entrañable (no he vuelto a verla desde su salida en video hace muuuuchos años), en el fondo es una comedia olvidable sin timming, algo que intenta compensar con imaginación (sumado nuevamente a problemas de producción: un lastre en la obra de Gordon). Luego de semejante pesadilla dirige la querible The wonderful ice cream suit (1998), basada en un cuento de Ray Bradbyry (quien también hizo el guión), otra vez para Disney, otra vez por encargo, en donde Gordon vuelve a demostrar que en su caso menos es mas y mejor. Y que cuando logra adaptarse a las limitaciones puede construir relatos sólidos, compactos y sin problemas. Pero inevitablemente también se perdió en las olas del tiempo, ya que fue estrenada directo a video (la muerte de varias obras de directores extraordinarios supo morir en esos lares durante años pre-Netflix).

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King of ants

Lamentablemente la suerte ya no volvería a acompañarlo con los golpes de taquilla que alguna vez signaron a la obra de Gordon. Y su obra hasta 2005 fue casi unánimemente olvidada, incluso habiendo películas valiosas en el medio. En 2001, en coproducción con España, dirige Dagon, retornando (otra vez más) a Lovecraft, pero sin mayor suerte, ya que la obra tembién destila la desesperación del director (en esta caso en coproducción) por encontrarle la vuelta a un cine que tolera mal el bajo presupuesto sin ideas renovadoras (algo que Dagon no aporta en ninguno de sus minutos de metraje). Mejor, en cambio es King of ants (2003), que si bien no le redituó a Gordon mayores ganancias económicas -sino mas bien lo contrario- si le permitió hacer un quiebre hacia lo que serían sus últimos y renovados (como si Gordon hubiera logrado establecer un corte con la sucesión de fracasos pero también con el pasado de prestigio en el género y con el peso de ser un director mas efectivo en los encargos). Suerte de thriller de suspenso psicológico perturbado y perturbador (con enormes puntos de contacto con otras películas de directores de terror que probaron suerte por costados mas realistas como Bruiser (George Romero, 2000) y Bug (William Friedkin, 2006), esta película parece marcar el camino de lo que serían las dos siguientes. Curiosamente King of ants es olímpicamente ignorada.

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Edmond

El milagro, no de público, pero si de crítica, llega en 2005 con la extraordinaria Edmond, película en la que Gordon conjuga parte de su experiencia en el cine de terror con su experiencia en el mundo del teatro (de hecho está basada en un guión de David Mamet) y en donde la pesadilla realista logra que Gordon dirija su película más perfecta en años, precisamente porque se la siente como la obra de alguien que ha recuperado la identidad (cuando en realidad, tal y como mencioné antes, quizás solo estaba siguiendo y profundizando aquello que había dejado abierto con su largometraje inmediatamente anterior). El viaje al fin de la noche de su protagonista no es simplemente un tour de force, sino que termina funcionando, más bien, como un descubrimiento invertido. En vez de ser un viaje de degradación es un viaje de encuentro inesperado en un lugar inesperado.

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Stuck

De 2007 es su último largometraje, Stuck, que también es un thriller de suspenso, que a su vez tiene algo del clima pesadillesco de Edmond, pero sin el componente metafísico. Basada en una historia real (en donde una joven atropella a un hombre y decide dejarlo encerrado y moribundo para no ser atrapada), el último largometraje supone el descenso más desagradable al mundo de la psicopatía cotidiana. Como si de algún modo Gordon hubiera redescubierto un presente espantoso y, de algún modo, hubiera logrado alimentarse de toda esa oscuridad para revitalizarse y reinventarse. Posteriormente su carrera se fue diluyendo, con dos colaboraciones para la serie Masters of horror: The black cat (2007) e Eater (2008) distan de ser lo mejor que haya hecho, pero no dejan de ser dos pequeñas despedidas del género al que tanto amó. Desde 2009 hasta 2014 decidió volver a la vieja pasión del teatro, dirigiendo incluso en 2011 una versión musical de Re-animator. De 2017 es su última producción teatral, la adaptación de la novela de Kurt Vonnegut, Las sirenas de Titán. Pasaron tres años y una afección hepática se lo llevó hace unos pocos días. Queda una obra notable plagada de altibajos, pero que vale la pena descubrir. Qué injusto todo.

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