Carol
EE.UU. , 2015, 118′
Dirigida por Todd Haynes
Con Cate Blanchett, Rooney Mara, Sarah Paulson, Kyle Chandler, Jake Lacy

I follow you (deep sea baby)

Por Federico Karstulovich

A Ce, por última vez.

La incondicionalidad es una condición que me perturba y me genera admiración al mismo tiempo. Ojo, la incondicionalidad no es lealtad mafiosa a cualquier cosa que el otro haga, bien por el contrario, es la presencia en la vida de otro más allá de la relación que medie entre las personas. Es saber que vamos a estar ahí siempre que nos precisemos unos a los otros. La incondicionalidad es una especie de hermandad excesiva, que nada tiene que ver con los lazos biológicos, sino que es fundamentalmente emocional. Y superadora de títulos o clasificaciones.

Carol, en definitiva, no es la historia de un amor trunco por las restricciones de una época, sino una historia sobre el hilo invisible que une a dos personas y les permite entender el mundo que las rodea solo cuando están juntas, porque se sienten menos rotas, menos solas.

En Carol hay, como en casi toda la ecléctica obra de Todd Haynes, un valor agregado a esa incondicionalidad que dicta que sus dos protagonistas estarán una para la otra. Ese valor proviene del lugar en el que la película pone a la pareja como entidad. Ahí donde se ha querido ver a Haynes como un detractor de las relaciones heteronormativas, Carol abre el juego: no hay una condena al mundo heterosexual (aunque si una sensación levemente misándrica, en donde los hombres no son de confiar), lo que si se amplía es la posibilidad de pensar la intensidad amorosa por fuera de la pareja (no como infidelidad), sin ánimos de sustituirla (en este sentido la película tiene diversos puntos de contacto con La vida de Adele), por el contrario, desplazándose del eje de una felicidad imposible, que es esa que piensa que el único amor posible e intenso es el de pareja a otras formas, dadas por los encuentros fortuitos y de corto plazo.

Pero esas formas incondicionales del amor (con todo lo Corín Tellado que suena esto), no son solo felicidad, por eso las películas de Haynes que abordan la intensidad amorosa también hablan sobre la fragilidad de esos mundos que armamos junto con otra persona. Al menos cuando esos mundos tienen el nombre de pareja estable. Por suerte en Haynes esas intensidades nunca son normativizadas, no por la práctica sexual que lleven adelante sino por la imposibilidad de clasificarlas y el problema que eso conlleva.

Todd Haynes es un especialista en exponer los sentimientos que se generan tras armados inclasificables, pasiones e intensidades que exceden la pareja. Lo hace, no obstante, a partir de dos criterios aparentemente antagónicos pero, en el fondo, complementarios de su cine: por un lado la depuración expresiva propia de la economía gestual, o por otro el exceso artificioso, casi manierista, poniendo toda la carne junta en el asador. En ambos casos la puesta en escena  se concentra, como pocos directores actuales lo hacen, en decir todo lo que los personajes callan o en decir lo que el exhibicionismo de los personajes tiende a esconder en el fondo.

En el primer grupo se encuentran películas como Safe, Lejos del paraíso y Carol; en el segundo grupo podemos encontrar películas como Poison, Velvet Goldmine y I’m Not There.

En cualquiera de los casos, como expresión vital de un heredero del melodrama sirkeano (incluso en los musicales-biopics), lo no dicho es la clave, la contradicción entre las palabras y los gestos, compone la dinámica del mundo haynesiano; por no observar atentamente la puesta reprimida de los sentimientos Carol fue mal interpretada. Y muchos críticos encontraron a la película demasiado contenida para ser un homenaje al melodrama y a Douglas Sirk en particular. La contención como un modo de expresión desesperada del deseo y del amor -todo junto-, se despliega en la película a lo largo de los bordes: encuadres precisos, desencuadres en el proceso de seducción y reencuadres en la organización simbólica de los mundos en tensión (heteronormatividad de pareja vs amor lésbico por fuera de los estatutos de pareja), foco y fuera de foco (el fuera de foco como elemento determinante de las transiciones en el proceso de conocimiento mutuo de las protagonistas), contorno de los ojos y ojos en la expresividad emocionada de las dos (aunque lo que hace Rooney Mara con su mirada es superlativo), como si la expresividad escapara al centro de la imagen, como si gritara desde los márgenes. Es una represión con un corazón gigante, como en esa otra referencia secreta para pensar esta película: Con ánimo de amar.

En el autocontrol, en la emoción sostenida formalmente desde los márgenes de la expresión es donde Carol crece y se agolpa en el pecho con el plano final. Porque no puede más de amor pero sabe que las cosas ya no son igual, que han cambiado. Por eso la mirada final no es la de la restitución ni la de la proposición de pareja, es la de la incondicionalidad. Y como toda incondicionalidad, asusta. Porque lo que tiene de amor, lo tiene de monstruo.

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