Hors Satán
Francia, 2011, 110′
Dirigida por Bruno Dumont
Con David Dewaele, Alexandre Lematre, Valerie Mestdagh, Juliette Bacquet, Christophe Bon, Dominique Caffier, Aurore Broutin

El equilibrio del mundo

por Fernando Luis Pujato

Si hay una interdicción indiscutible, el basamento de nuestra especie sapiens sapiens, aquello que nos separó definitivamente de las otras especies instaurando nuestra salida del estado de naturaleza y demarcando el orden cultural como frontera inexpugnable, pero también como horizonte ineludible, esta es la prohibición del incesto. Hay otras cuestiones girando alrededor de esto pero vinculadas más con discusiones acerca de qué tipo de incesto -el del padre, el de la madre- es el más sancionado por tal o cual sociedad. Pero que esta prohibición es la base simbólica de nuestra civilización no es algo que admita mayores discusiones, al menos en Occidente, al menos en nuestro ordenamiento socio cultural.

¿Y qué ocurre en una de las primeras secuencias de Hors Satán (2011) después de la vista de un rostro desencajado por el dolor y una breve deliberación?: el padre o padrastro, para el caso su función paternal contiene más o menos el mismo significado, abusador sexual de su hija o hijastra es ejecutado al salir de su casa por, de ahora en más, el justiciero. Esa silueta asomándose y cayendo  secamente para atrás con un solo disparo es, por ponerlo en términos indubitables, el re establecimiento del orden simbólico de nuestra cultura. Después la chica en cuestión tiene un pretendiente, el joven cuidador del campo donde ella y el justiciero acuden todas las mañanas a rezar, meditar, o como quiera que se le llame al gesto de dos personas hincadas sobre la tierra mirando el horizonte sin hablar, ni murmurar, ni gesticular. Y la chica también desea tener sexo, coger, con el justiciero quien la rechaza sistemáticamente. Y la chica, finalmente, en una escena fuera de campo -sólo el plano de unos arbustos en el atardecer- es violada y asesinada por uno de los habitantes del pueblo, o de lo que parece ser un pueblo. El pretendiente es molido a golpes por el justiciero y el asesino es arrestado por la policía. También hay una adolescente poseída por algo o por alguien y a la cual el justiciero le aplica una suerte de exorcismo: luego de chuparle vaya a saber qué cosas horrendas de la boca la adolescente en cuestión vuelve a la normalidad. También hay una joven mochilera desnudándose frente al justiciero y mientas están cogiendo ella parece entrar en un estado catatónico, entonces el justiciero le aplica el mismo tratamiento que a la Lynda Blair del caserío; la escena culmina con la joven mochilera arrastrándose hasta el río y elevando su rostro al cielo con una mirada de éxtasis y asombro. Por último la chica asesinada es resucitada por el justiciero. En el último plano del film el justiciero milagroso desanda el camino del pueblo acompañado por un perro y esbozando una sonrisa entre sardónica y satisfecha –cordero de Dios / que quita los pecados del mundo / danos la paz.

Estos son los hechos diría un positivista de alguna ciencia positiva o con pretensiones de serla  o un convencido racionalista del sentido común. Escenas más o escenas menos, planos más o planos menos, el film de Dumont se inmiscuye con una cuestión general cultural y con un par de cuestiones -mandamientos en realidad- cristianas desde un lugar al menos inquietante, sobre todo porque aquello que trastoca el orden más o menos establecido delineando una relación diferente con los seres y con las cosas es sólo una figura. Vive a la intemperie, come una vez al día un sandwich, mata, castiga y enseña con la misma parsimonia, hasta se lo ve reír en una secuencia, parece demasiado humano para ser no humano y demasiado excéntrico para ser una persona ordinaria. ¿Un ángel caído?, un enviado, un iluminado? ¿Un chamán pueblerino, un demente actuando de tal en un mundo a la deriva? ¿De dónde proviene, hacia dónde va?; no lo sabremos nunca. Pero, ¿es necesario saber?, ¿saber qué?, si es justamente la indeterminación el eje de un film sin ninguna explicación más allá de lo que muestra, más allá de una geografía a medias domesticada, más allá de unas relaciones ni siquiera gregarias, más allá de algunos, al parecer, acontecimientos extraordinarios y otros, al parecer, formando parte de la cotidianeidad de nuestras vidas. Y también, ¿es necesario creer?, ¿creer en qué?, si Ordet (1955) de Theodor Dreyer o Luz Silenciosa (2007) de Carlos Reygadas ponen en escena una resurrección no es, o no es tan sólo, por un capricho de sus directores. Y si bien es cierto que el contexto religioso, cristiano y menonita, de estos dos films nos prepara, en cierta medida, para aceptar que lo que estamos viendo puede ocurrir, para seguir renovando el tácito contrato de credulidad ante una pantalla de cine, a medias secreto, a medias compartido, más que centenario y sin el cual no tendría ningún sentido -salvo el entretenimiento- seguir viendo films, también no es necesario algo situado por encima del entendimiento de los hombres, una esfera del más allá manejando los comportamientos del más acá, la fe supliendo a la razón, para que el film de Bruno Dumont participe de este acuerdo. Tan sólo es necesario la accesibilidad de su forma pivoteando entre panorámicas de un espacio rural apenas habitado, planos medios y primeros planos, estableciendo una correspondencia física con los temas desplegados en el film, secamente, sin regodeos psicológicos o acercamientos sociológicos, sin nada delatando algún sobreentendido, en una puesta tan austera como la vida de los personajes, los cuales guardan, seguramente, cierta afinidad con los de Flandres (2006) y con los de La vida de Jesús (1997) sobre todo esa suerte de porfiada permanencia y de resignada quietud, transitando un mundo estrecho y categórico; nada más allá del paisaje gris y monocorde, más allá de la provincia. Un eco del mundo sin salida de la burguesía austríaca de Michael Haneke o de los mundos religiosos -y no tanto- aún con menos salida de Robert Bresson. Estos mundos probablemente incomodan, seguramente molestan, pero no en el sentido que estén asentados sobre una herida abierta de la sociedad o manipulando diferencias irreconciliables o imaginando caos ficcionales a futuro. Ni señalando ni complaciendo ni advirtiendo sino algo un tanto más profundo, algo que tiene que ver con nuestro estar en este mundo desde siempre y desde no hace tanto tiempo atrás: nuestra irrenunciable salida de la naturaleza y nuestros acotados preceptos religiosos. Esto, tal vez, pueda resultar más fructífero que ubicar a un (este) film en una corriente existencial o clausurarlo en los estrechos límites de un “malestar en la cultura” o simplemente desecharlo porque no se sabe muy bien como clasificarlo.

Se puede preferir ver mundos más amables y personajes más queribles e historias más terrenas. Se puede evitar Hors Satán, como no. Pero también se puede intentar dialogar con él.

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