Jersey Boys: Persiguiendo la música (Jersey Boys)
Estados Unidos, 2014, 134′
Dirigida por Clint Eastwood.
Con John Lloyd Young, Vincent Piazza, Erich Bergen, Michael Lomenda, Christopher Walken, Mike Doyle, Renée Marino y Erica Piccininni.

Legado

Por Federico Karstulovich

A mis abuelos

Nunca tuve una relación demasiado fluida con mis abuelos hombres. Uno de ellos murió cuando apenas llevaba cumplidos los cinco años. El otro murió a mis veintitrés, pero vivía muy lejos. El primero siempre fue un mito, por muchas cosas oscuras que había hecho en su pasado y que se convirtieron, con los años, en una fábula familiar con tufo. Era el padre de mi vieja. El tipo nunca terminó de irse aunque este año se cumplan treinta años de su muerte. Sospecho que pudo haber sido un delincuente durante los primeros veinte años de su vida. La leyenda se fue con él. El segundo abuelo -padre de mi viejo- socialista de Juan B. Justo y Alfredo Palacios, por el contrario, era el tipo recto, idealista, acaso un ejemplo más de tipo que se hizo desde abajo, que quedó huérfano antes de los 12. Ese abuelo no era especialmente severo pero si más bien cuadrado en los horizontes laborales que pensaba para sus hijos: profesiones liberales y de tradición. Mi viejo terminó siendo médico, su hermana docente. El primer abuelo fue algo más liberal en eso de marcar las profesiones de sus hijos, pero en el fondo siempre quiso que sus hijas siguieran la tradición familiar de una pequeña industria venida a menos con las sucesivas crisis económicas de los últimos cuarenta años. Por suerte mi vieja no le hizo caso, pero terminó siendo psicóloga.

Mis viejos se casaron y se separaron unos once años después. Supieron cargar en sus espaldas con cada tradición familiar que les tocó en suerte. En los ochenta, si tus viejos eran progres te mandaban a escuelas progres y a talleres literarios, de expresión artística y todo aquello que “te abriera la cabeza”. En el medio karate, tenis, natación o el deporte que viniera. Y por las tardes, tres veces por semana, inglés. Mis viejos también hacían lo que podían con su propia tradición y de paso me ocupaban las tardes, cosa que el doble turno se diera de hecho aunque nunca por derecho, porque en las escuelas progres el doble turno “pone mucha presión sobre el alumno, que primero es una persona”. Pasaron los años y nunca elegí nada ni remotamente cercano a la profesión de mis viejos. Ni hablar de mis abuelos. Así y todo la excusa del trabajo siempre tendió un puente hacia algún vacío. El trabajo, por lo tanto, siempre ocupaba un lugar.

El progresismo, tradicionalmente (me refiero a la versión populista nuestroamericana y no a la impracticable e impracticada socialdemocracia alla europea) no se lleva muy bien con eso que se conoce como “la cultura del trabajo”. No le cae muy bien eso que conocemos como “meritrocracia”. No le gusta demasiado eso de “trabajar duro para que las cosas lleguen”, fundamentalmente porque asocia esos conceptos con el elogio de la organización capitalista. Por eso resulta sino imposible al menos extraordinariamente dificultoso encontrar a un público argentino que pueda ser abiertamente interpelado por la última obra maestra del viejo cascarrabias. Y digo esto porque Jersey Boys es, fundamentalmente, una película sobre el trabajo como práctica sanadora, sobre el trabajo como construcción individual y comunitaria. Pero andá a explicarle a la contemporánea tradición populista que el cuento moral que cuenta el viejo Clint, con su protestantismo a cuestas, es un cuento americano en el sentido más estadounidense y laburante de la palabra.

Es interesante cómo una película enorme como esta no puede reverberar en ciertas culturas de raíz latina, en donde el lugar del trabajo en relación a la familia y los placeres ocupa un espacio distinto, contrastante. Quizás, en alguna medida, la raíz mediterránea de buena parte de la inmigración argentina de finales del siglo XIX y principios del XX permita reconocer en la base ítaloamericana de buena parte de las películas de familias latinas del cine de los Coppola y Scorsese. La mención de la raíz latina no es menor aquí: mucho se ha hablado de el emparentamiento de Jersey Boys con el cine de Scorsese, más específicamente con Buenos muchachos. Y ahí brotan las diferencias: mientras que la tradición en Scorsese y Coppola (ambos de origen latino-mediterráneo) supone una temporalidad cíclica, obsesiva, que gira en torno a sí misma, que observa al trabajo como una suerte de maldición (desde Taxi Driver a Después de hora, desde Casino a Vidas al límite), que pone al sacrificio, a la traición, al abandono de la familia (de sangre y los amigos) o a la (auto)destrucción de la misma; Eastwood, en cambio, no puede sino contar el mundo de la perspectiva protestante, donde la temporalidad es lineal, acumulativa, que avanza en dirección al valor de los actos, que no produce retóricas redentorias sino que produce y olvida (no como forma de amnesia, sino de perdón: ver Invictus). Pero sobre todo, hablamos de una lógica en la que el trabajo cura, salva, contiene.

A su vez uno no puede sino leer a JB como la contracara tierna, amable, cuidadosa y coral del mundo infernal, abandónico, solemne de esa otra película coral que supo ser Río místico, que atacaba la institución sacrosanta del mundo eastwoodiano: el héroe individual. Pero a no confundirse: JB juega a disfrazarse de Scorsese & Coppola (más el primero que el segundo) pero nunca abandona el mundo sostenido de obsesiones del viejo Clint: las relaciones familiares (paternofiliales contrapuestas a las relaciones entre pares), el lugar del artista (y del individuo) en una comunidad, el problema de la ética frente a la justicia y la ley.  Tampoco deja de lado la obsesiva narrativa fordiana de los cuatro actos, con un acto final extenso y relajado, casi elegíaco. Pero lo hace con una libertad, una soltura, una ausencia de solemnidad que no se observaba desde esa otra obra maestra que es Jinetes del espacio. Porque a sus ochenta y pico Eastwood parece de vuelta de todo. Y, como buen pragmático -nada muy distinto a lo que hizo durante toda su carrera- se reinventa, otra vez.

Pero en esta reinvención el trabajo reaparece, morigerado y oculto detrás de la vía del dinero -tema que sí obsesiona a un director como Scorsese- y pone las cosas en su lugar en el momento indicado.

Ahí se demarca la diferencia: en Eastwood los elementos dramáticos son fundamentales para hablar de las personas. Por eso el dinero y el trabajo dicen más por lo que no se subrraya en ellos que por su presencia desesperante, al menos como factor moral, como determinante de los modos de entender el mundo. En ese aspecto es donde se hace presente la segunda conclusión acelerada sobre el universo de un autor que se reconoce en las marcas de otros.

Quizás el movimiento más libre e interesante del Eastwood octagenario tenga que ver con salirse de lo previsible: ahí donde se lo persigue y se lo acusa de contrabandear una moral protestante, conservadora, incluso hasta reaccionaria (asociado estrictamente al lugar que le asigna a las mujeres con respecto al espacio de trabajo de los hombres: claramente quien lo acuse de esta idea no está reparando en el carácter coral de la película, que relativiza toda clase de sentencia), hace ingresar la lógica grupal scorseseana. Y justamente, cuando la cosa amenaza con sentenciar una retahíla moral en torno a las traiciones, el grupo, la famiglia y yada yada yada, el viejo Clint retorna a las fuentes protestantes, para que el trabajo nos vuelva a quitar de eje: y resuelve la tensión entre el mundo del dinero del capital (originado por el trabajo en el seno de la banda) y el dinero del mundo criminal (apuestas, préstamos ilegales, arreglos con la mafia, etc) con un quiebre característicamente hustoniano, donde la ética prevalece a las relaciones de cualquier orden. Porque la ética se construye día a día. Porque la ética está en el cuidado del otro. Y de uno mismo. Por eso la clave de toda Jersey Boys radica en el rol constructivo del trabajo, como ética, como potencia, como medio, no como fin.

Mi abuelo, el cuadrado y socialista, laburó toda su vida y terminó sin un mango partido al medio. Mi otro abuelo, el de dudoso pasado, murió rodeado de dudas (y deudas) en torno a la pequeña suma que alguna vez supo construir. Ambos entendieron prácticas encontradas. Y, a su manera, se las llevaron a la tumba. Sus hijos construyeron su vida laboral con mayor o menor suerte. Es posible que nunca hayan entendido a sus padres demasiado bien. Los nietos llegamos y no terminamos de entender a nuestros viejos y a nuestros abuelos. Hasta que un día, en una sala oscura, un viejo choto, protestante, que nunca decide terminar de morirse del todo, nos demuestra que algunos legados, los salvadores, se aprenden de maneras misteriosas. El cine es un acto de espiritismo.

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