Los 8 más odiados (The Hateful Eight)
Estados Unidos, 2015, 167’
Guión y dirección: Quentin Tarantino.
Con Samuel L. Jackson, Kurt Russell, Jennifer Jason Leigh, Walton Goggins, Demián Bichir, Tim Roth, Michael Madsen, Bruce Dern, James Parks, Dana Gourrier y Zoë Bell

 

Joy: El nombre del éxito (Joy)
Estados Unidos, 2015, 123’
Guión y dirección David O. Russell.
Con Jennifer Lawrence, Robert De Niro, Edgar Ramirez, Diane Ladd, Virginia Madsen e Isabella Rossellini.

 

Los buenos
Algunas notas acerca del buenismo revisionista del mainstream actual y su relación con el cine clásico y sus géneros.

Por Federico Karstulovich

 

Los cuentos de hadas invertidos son pornografía para revisionistas.

Desde las parodias a las películas de Capra hasta Shrek, desde el Spaghetti western hasta el revisionismo de los antiwesterns industriales de los 60’s-70’s, el mundo del revisionismo goza con la idea del “contrarelato”, al que entienden como contracara perfecta del engaño del mito clásico, como si el mito no estuviera desde el vamos configurado sobre la idea de un engaño, de un contrato y de un verosimil posible (por eso un tipo como Capra es radicalmente político, un tipo como Ford es radicalmente político, un tipo como Spielberg o un tipo como Eastwood también lo son: no porque construyan contrarelatos (no es casual que una de las películas más fallidas de Eastwood, La conquista del honor, sea en efecto un contrarelato antinacionalista).

 

El contrarelato no desmiente, sino que formaliza una idea: la de la procuración de la venganza (real y discursiva). La venganza (tópico central en el cine de Tarantino) o la revancha de vida (tópico clave en el cine de David O. Russell) funcionando entonces como figuraciones, simbolismos dramaticos de la necesidad de evidenciar un contrarelato, presuntamente anticapitalista (confundido con antiliberal, por lo general por el pensamiento de izquierda más berretta, como si no hubiera variaciones en eso que llamamos liberalismo).

Las películas de DOS y QT tienen esa extraña cualidad que las emparenta: son reversos del sistema, contrarelatos con forma de revelación de la mentira del sistema, en donde el exceso, la teatralidad, la hipérbole argumental (con base de policial de enigma en Los 8 más odiados y con base de melodrama domestic-culebrón de ascenso de clase en Joy) tienen un fin: revelar la trama, exponer las contradicciones, las delictualidades, la violencia intrínseca del sistema capitalista atacando dos mitos. Por un lado el mito fundacional de la union entre personas con distintos intereses bajo el paraguas de un estado nación (por eso en H8 el centro simbólico es ocupado por la falsa carta de Lincoln: la union es inexistente y los proceres apenas un simple objeto de manipulación política que justifique la explotación por otros medios) y por otro el mito del ascenso de clase a fuerza de trabajo y meritocracia contra un mundo de tecnócratas deshumanizados (en Joy la clave está en el mundo de miniaturas de papel armado por la protagonista: en esa representación a escala del ridículo del mandato materno vía abuela está concentrada la idea del ideal imposible, que es un objetivo falso, que la misma película invertirá).

 

En ambas películas se prove un contrato (“el mundo debería ser de esta manera”) y su contrarelato o desmitificación (“en realidad las cosas funcionan de otra manera, mucho más cruel y oscura: el mundo está regido por relaciones de violencia, en donde para que alguien sea víctima algún otro debe ser victimario, yadda yadda yadda”). Pero lo que ambas películas no entienden es que ese contrarelato, esa evidencia de “la gran mentira Americana” ya estaba en las mismas bases del contrato, en la misma escritura, en la tinta de las películas que parecían asentar el mito.

Y es que si algo hizo grandes a directores como Ford y Capra (solo por mencionar los que resuenan en este diálogo imaginario de dos películas estrenadas casi a la vez) es que siempre, en la configuración de los mundos de sus películas la inestabilidad coexistió con la estabilidad. O para decirlo mejor: siempre hubo contrarelato entre los pliegues del relato (películas como La diligencia y Qué bello es vivir!), lo que hizo del cine americano clásico uno de los más complejos y perfectos ejemplos de desarrollo artístico en pos de una vision de mundo.

 

La presunta radicalidad de las propuestas (más virulenta en el caso de H8, más solapada en Joy) no deja de suponer, en el fondo un profundo malentendido que sigue sucediéndose de generación en generación cinéfila –demostrando, dicho sea de paso que citar a Cahiers du cinema es un deporte cinéfilo, pero leerlo es un milagro-, que es el que indica que el clasicismo es un estilo inherentemente acrítico y conservador en sus postulados. Es exactamente a la inversa: son pocos los estilos que logran hacer coexistir cosas radicamente opuestas sin que salte a la vista la contradicción.

 

Por el contrario, el revisionismo revanchista (que tiende a entender mal a directores como Carpenter, y malienterpretan una película como They live! como una película escencialmente antiliberal cuando en todo caso es una película anárquica opuesta a culquier forma de dominación que se proponga indicar qué hacer y cómo vivir) se lleva demasiado bien con la demagogia porque utiliza la incorrección política (en el cine menos logrado de QT se sostiene sobre la banalidad sádica de la violencia ejercida sobre “minorías” oprimidas) para propugnar los medios necesarios de toda desmitificación: la incorrección política, que parece una forma de amoralidad (e incluso de inmoralidad, por momentos) se convierte en la perfecta forma de la corrección política, porque en el negativo de lo que muestra (es decir, en la contracara de la desmitificación) está su verdadera fe en un ideal supremo (ausente, pero ideal al fin). El revisionismo revanchista organiza un “contrarelato” porque entiende que el concepto de hegemonía no es incorrecto, solo que está en las manos equivocadas. Gramsci (vía Hegel) meets Hoolywood.

 

El revisionismo revanchista, paradójicamente, asienta sus glúteos en un lugar cómodo, previsible: indicarnos qué está bien y qué está mal en vez de establecer una verdadera crítica en profundidad poniendo en trance las condiciones de verdad, incluso de sus propios postulados, que sería un modo anárquico y falsificante de poner en escena el problema de la composición de los discursos de verdad en los géneros.

 

El Ford de Un tiro en la noche asi como el Capra de Qué bello es vivir! tenían esa cualidad: dejar visible en los intersticios de un falso optimismo las raices de una desoladora verdad. En la dirección contraria, aquella que indica primero la denuncia para luego construir el vacío de representaciones morales, están H8 y Joy: no hay mayor defensa de la idea de sistema que cuando se lo critica en automatico sin mirarlo a contrapelo. La moral invertida de los falsos inmorales (y falsos amorales), está salvaguardada.

 

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