La puerta del cielo (Heaven’s Gate)
EE.UU., 1980, 219′
Dirigida por Michael Cimino
Con Kris Kristofferson, Isabelle Huppert, Christopher Walken, Jeff Bridges, Sam Waterston, John Hurt, Mickey Rourke, Brad Dourif, Terry O’Quinn, David Mansfield, Ronnie Hawkins, Joseph Cotten, Paul Koslo, Tom Noonan, Willem Dafoe

El fin del sueño (*)

Por Sebastián Rosal

Hay una primera tentación al hablar sobre la monumental película de Cimino, un atajo que de tan cómodo y previsible convendría evitar, y es su condición de película maldita. Los hechos son conocidos, y es lo primero, casi lo único que aparece apenas se busca algo en la red: que su presupuesto salido de las manos logró quebrar a United Artists, que al sexto día de filmación ya llevaba cinco de retraso, que fue el comienzo de la caída del propio director y del resto del New Hollywood y sus caprichos (Coppola y One from the Heart se encargarían de terminar el trabajo) son todos datos que exceden a la propia película, a los que el tiempo se encargó de poner en el exacto lugar inocuo que tal vez siempre merecieron. Se sabe, al relato histórico le convienen las injusticias así como a la cinefilia le gustan las causas perdidas, y a casi cuarenta años de su aparición su conversión de fracaso estrepitoso en objeto de culto no debiera sorprender a nadie.

 

Toda esa hojarasca alrededor de Heaven´s Gate sirve al menos como síntoma de que en ese grupo de los por entonces jóvenes directores recordados casi de memoria (como esos equipos que entran a la cancha durante un campeonato entero: Scorsese, Coppola, Spielberg, Bogdanovich, De Palma, Friedkin), existía una vocación compartida por hacer del mundo (como lugar del pensamiento y experiencia sensorial), un sucedáneo del cine, la materia prima e ingobernable que solo en la pantalla parece adquirir un verdadero sentido. Esa idea del cine como algo bigger than life se forjó en el exacto punto medio entre la obsesión radical, el amor por el cine clásico americano y la mirada cinéfila francesa de los Cahiers, hasta volver inevitable la aparición, en varios de ellos, de una megalomanía extrema: la película hoy también puede ser vista como un documental sobre cierta idea del cine modelada en un tiempo (fines de los 70), un lugar (los estudios de un Hollywood en aquel entonces mucho más generoso que ahora) y unos modos (analógicos, por decirlo de alguna manera) que poco parecen tener que ver con lo que sucede hoy en día. Si toda película es un documental sobre su filmación y sobre cierto estado de la industria y del propio arte, Heaven´s Gate, con sus aires de melodrama, su ropaje de western y su amargura contemporánea, parece venir desde un mundo lejano, un rumor que trae sonidos tan familiares como nostálgicos, ecos de una era dorada que estaba a punto de derrumbarse, o que tal vez nunca fue tal.

La segunda trampa consiste en creer que la monumentalidad de Heaven´s Gate radica en esa multitud de hombres, mujeres, caballos, vestuario, armas, balas, sangre y un largo etcétera que saturan sus más de doscientos minutos, utilizados para contar la historia de la guerra del condado Johnson, un hecho que efectivamente tuvo lugar hacia fines del siglo XIX, aunque Cimino sea fiel apenas en algunos rasgos esenciales (las dos partes del conflicto, los nombres de los personajes, poco más) y deje el resto en manos de su frondosa imaginación. Toda esa inflación casi imposible de elementos efectivamente está en la película, pero si la grandilocuencia de Cimino habla lo hace en el interior de cada uno de sus planos, aun en los que se desarrollan escenas intimistas. Ese es el lugar en el que su obsesión sabe ser elegante hasta el virtuosismo, y en el que la obscenidad presupuestaria adquiere finalmente su justificación. Si su preocupación es lo que ocurre siempre dentro del plano es porque más que la historia, y aun más que la literatura, su principal referencia es la pintura, no en relación a un estilo o pintor determinado, sino porque es capaz de promover algo que podría llamarse el vagabundeo hedonista de la mirada. No es cuestión de citas o referencias, más bien de ejercicio y actitud. El ojo en Heaven´s Gate nunca termina de encontrar un centro ni un lugar de reposo, y la atención inevitablemente debe desparramarse, desdoblarse para abarcar cada rincón del cuadro. Cimino es un cineasta del campo, por eso es que las secuencias corales, las coreografías danzadas, el movimiento al fin, le sientan tan bien. Si una sola muestra bastara, el comienzo con el baile en la ceremonia de graduación en Harvard sería suficiente, pura musicalidad en los desplazamientos de los bailarines y de la propia cámara, momento en que ya no se trata solo de la celebración grupal como afirmación de una comunidad (sean los jóvenes pitucos bien educados de Nueva Inglaterra o los eslavos pobres del Oeste), a la manera del maestro Ford, sino de encontrar allí la materia ideal en la que encontrar una identidad propia como director.

Esa forma de saturación ya había sido probada un par de años antes en The Deer Hunter, su alegato contra la guerra de Vietnam, en particular en la notable escena de la boda tradicional rusa, pero aquí se presenta de manera radical. El barroquismo en el plano no es la única filiación directa entre las dos películas, así como tampoco la repetición en ambas de esos meandros siempre peligrosos que aparecen cuando dos amigos se disputan el amor de una mujer. De alguna manera Cimino vuelve aquí a navegar las mismas aguas, solo que corriente arriba en búsqueda de las fuentes. En su pequeño pueblo en Filadelfia, los operarios metalúrgicos devenidos soldados de The Deer Hunter, con sus diversiones ínfimas y sus lealtades a toda prueba, bien podrían ser