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Tiempo de lectura: 3 minutosMisterios de Lisboa

Fernando Luis Pujato

Misterios de Lisboa (Mistérios de Lisboa)
Portugal-Francia, 2010, 272′
Dirigida por Raúl Ruiz
Con Adriano Luz, Maria João Bastos, Ricardo Pereira, Clotilde Hesme, Afonso Pimentel, Léa Seydoux y Melvil Poupaud.

El horizonte infinito

Por Fernando Luis Pujato

Si se ha tenido la disposición y el tiempo necesarios, esto es: un poco de paciencia, otro poco de inquietud y solo un poco de insania, porque de lo contrario esta puede volverse una demencia incontrolable, y se ha leído En busca del tiempo perdido, bueno, ¿qué decir? Es como haber visto John Ford o Carl Dreyer o Kenji Mizoguchi, es como haber visto My darling Clementine (1946)Pasión de los fuertes es francamente horrible– o Vampiro (1932) o Historia del último crisantemo (1939), mis preferidos, se entiende. Volviendo a Proust, se puede o no haber leído esa obra descomunal que atraviesa toda la literatura, pero si se ha visto El tiempo recobrado (1999) de Raúl Ruiz, esa experiencia es más que suficiente para sumergirse en aquel mundo de salones lujuriosos repletos de falsedades y de burdeles sórdidos repletos de vidas paralelas, en la memoria reciente y no tan reciente de un dictado desde una cama en la que alguien muere, en el espejo de su imagen, en la magia siempre terrena del cine. Que es también, para decirlo pronta y llanamente, lo que ocurre en Misterios de Lisboa, en su final, en ese círculo que se cierra sobre la memoria, en un lecho de muerte anunciado desde un origen desconocido y conocido azarosamente entre los vericuetos de un film que podría durar casi eternamente, como las vidas de las vidas de los que lo transitan, un flujo permanente de recorridos individuales en el vórtice de un designio social, de amores encontrados o por encontrar, perdidos, asignados, evitados, imposibles. De historias que se entrelazan en un cerco de condición de clase, por pertenencia, adscripción, mandato, omisión. Un túnel de edades, o más bien una panorámica temporal de años pasados sin pasar aún porque aún han de llegar, de presentes certeros apenas entrevistos porque han dejado de ser, de futuros que ya no serán porque ya han sido.Un tiempo que ha dejado de transcurrir porque todo parece estar comprimido en aquello que lo sostiene, en lo que ya no es más tiempo sino memoria expandida. Una memoria que desanda como en una calesa el camino hacia la comprensión de un nacimiento, de una unión, de una muerte, de todo aquello que se ha dejado atrás pero permanece como un doloroso recuerdo. Una evocación esfumada tras las rejas de un convento. Otra vida cuyo deseo se encuentra aprisionado por el fantasma eterno de un amor imposible, por el descubrimiento tardío de una ignota procedencia, del porqué de ese deambular erráticamente entre la banalidad cotidiana y la posibilidad de la fuga hacia algo un tanto más divino. Y también de ese movimiento continuo a través de un paisaje conocido y no tanto, de países vecinos, de colonias distantes, de lugares casi inexplorados, buscando, siempre buscando, a otro que permanece, que cambia, que muta, que ya no está más en este mundo, que lo sigue estando bajo otras formas, disfrazado de otra vida, porfiadamente fantasmagórico. Con nombres propios y apellidos que no lo son tanto, singularidades que se mueven en esta suerte de telaraña por concluir, tejida por sueños de vida y realidades de muerte, vidas paralelas y asimétricas, mundos que ya no son mundos sino espacios habitados por sombras espiando otras sombras, estatuas de sombras, cancerberos reales, mendigos, bandidos, amistades de un porvenir, caricias de estío. Y aleteando sobre todo el film, sumergido en este torbellino vivencial, en esta fuga hacia no se sabe dónde, hasta no se sabe cuándo, protegiendo todo, el padre Dinis, quien, al igual que Xiao Wu en The Pickpocket (1998), Rosetta en Rosetta (1999) o Sabzian en Primer plano (1990), está en el centro pero más allá del film, lo excede en el mismo sentido que sus compañeros de ruta, reúne en una persona un carácter y una idea, y constituye el umbral de significación del film. Esto no significa que sea un arquetipo universal –si es que alguien todavía cree que haya tales cosas–, la ejemplificación terrenal de las virtudes y defectos de la humanidad después de su Caída o la caricatura de determinada clase y posición social, sino, para usar otro tipo de analogía, lo que es Raskolnikov en Crimen y castigo, Marcel en En busca del tiempo perdido o Ignatius en La conjura de los necios: una puesta en escena de cierto estado de un mundo. Y sería un tanto ocioso, y hasta innecesario, hablar justamente de la puesta en escena del film de Ruiz, porque es una invitación a danzar un vals, el eterno vals de un cine que nos transporta ensoñadoramente hacia aquello que aún debemos descubrir. La imagen de una eterna ilusión.

Publicada en Hacia lo que vendrá. Escritos desde el cine, Editorial Vilnius, Córdoba, 2014

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