Por siempre amigos (Little Men)
EE.UU., 2016, 85′
Dirigida por Ira Sachs
Con Theo Taplitz, Michael Barbieri, Greg Kinnear, Jennifer Ehle, Paulina García, Alfred Molina, Talia Balsam, Mauricio Bustamante

Pequeña música nocturna

Por Diego Kohan

Como una pieza de música clásica, o un aria de ópera, hay películas que avanzan de forma tan natural y armoniosa que en un primer acercamiento parecen tratarse una composición sencilla, lejos de la trama compleja y bien construida que en realidad se nos presenta. Si uno piensa vulgarmente en una película “perfecta”, seguramente tienda a asociarla a una obra encabezada por actores de lujo, a un clásico, quizás –para algún espectador más relajado- a un film que se distingue más por su importancia que por su calidad, o a alguna megaproducción imponente. Nada más lejano de eso que Little Men (me niego a usar el horrible título de la distribución en Latinoamérica) que no encaja en ninguna de esas definiciones o grupos (que no son erróneos, aclaramos), pero si pensamos en otras definiciones (como la de Ángel Faretta: “la genialidad es cuando el azar tiende a cero”) podríamos hacer justicia al referirnos a esta pequeña película, donde, como dijimos, todo paso está predicho por uno igual de firme, donde las omisiones son exactas y no se cuenta nada que adorne pero a la vez no falta nada imprescindible, donde los detalles se dejan descubrir en el momento oportuno, como si toda su arquitectura fuera obra de un clasicismo en clave menor. Esta sucesión de acontecimientos también se puede entender desde la figura de una pared de ladrillos, donde uno sobre el otro terminan conformando un bloque sólido. Sería injusto omitir la fotografía tan exacta como sutil, en épocas de puestas en escenas tan imponentes como vacías (ostentaciones que van de Blade Runner 2049 a Dunkirk, por caso).

Little Men cuenta la historia de 2 familias que se conocen por el fallecimiento de un hombre mayor (perteneciente a una de ellas), limitándose a narrar el trayecto desde el primer contacto entre ambos grupos familiares hasta el final angustioso. Pero no estamos frente a una película coral. No, aquí lo que organiza el relato es la mirada de Jake Jardine, un pre-adolescente con problemas para relacionarse con chicos de su edad (generalmente con gustos y preocupaciones más banales, típicas de la edad) e incluso un tanto confundido sobre su maduración sexual. Quizás esta sensación de soledad le haya sido propia a Ira Sachs, el director, viendo a su película perecer entre tantos tanques, en su poco agraciado estreno allá por 2016.

Jake y el publico (sabiendo más que el protagonista, por edad e información dada en el relato) son testigos del conflicto comercial inminente entre la familia del primero y la de su nuevo amigo, Tony Calvelli. El pulso y la puesta en escena son notables para lograr que la disputa por el acuerdo sobre un contrato de locación siempre esté flotando en pantalla a lo largo de pequeños detalles de la escena (una puerta que se cierra de un modo, una respuesta con un tono extraño, un modo de iluminar que anticipa lo que viene), primero como una capa tenue y secundaria (hasta fuera de campo) y luego, sí, de manera más explícita, llegando a ser lo más importante y sacudir tanto a Jake como al espectador ante los problemas del mundo adulto, a asumir de un cachetazo que de buenas acciones no vive nuestra sociedad capitalista –de la que no reniega de forma pueril el director- y, también, a descubrir las miserias que esconde la gente buena -al menos en apariencia- o buena pero con rincones oscuros. Así es Little Men, cuya descripción de un mundo de dolores y duelos no necesita de estridencias. Y si seguimos con la lógica musical, debería decir que el acierto en esta canción bien puede ser la calma para asentar cada bloque sabiendo que finalmente el todo va a ser más que las partes, que las aventuras juveniles de Jake y Tony no son vanas y no necesitan intervenir en el conflicto central más que lo mínimo y que a la vez éste contrapunto de los adultos no afecta a la calidez de la ingenuidad de los chicos, como una estrofa que da lugar al estribillo sin necesidad de un puente forzado.

La armonía y naturalidad de esta obra se corona con el estallido reducido a un llanto y un abrazo en un pequeño departamento. Sachs no necesita golpes, gritos o escenas desesperadas para conmover; sabe –intuimos- que toda persona tiene un recuerdo escondido de algún trauma juvenil, un cambio de escuela, una pelea, la separación de sus padres, y tantas otras posibilidades. Pero nada de lo que aquí duele es un intento de conmover apelando a lo sensacionalista. En su aliento vital, que acompaña a los personajes sin juzgarlos, Little Men nos deja en un estado de amargura dulce, como quien acaba de terminar de leer una de esas novelas de aprendizaje a las que, por más que conozcamos el final, queremos revisitar.

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