Al final de la escalera (The Changeling)
Canada, 1980, 109′
Dirigida por Peter Medak
Con George C. Scott,  Trish Van Devere,  Melvyn Douglas,  John Colicos,  Jean Marsh, Barry Morse,  Madeleine Thornton-Sherwood,  Helen Burns,  Ruth Springford

Por Rodrigo Martin Seijas

The Addiction 
EE.UU., 1995, 82′
Dirigida por Abel Ferrara
Con Lili Taylor,  Christopher Walken,  Annabella Sciorra,  Edie Falco,  Paul Calderon, Fredro Starr,  Robert Castle

Por Diego Maté

Incluida en la lista de favoritas del género de Martin Scorsese, The changeling es una muestra de cómo la expresividad corporal de George C. Scott podía amoldarse a cualquier clase de relato, algo que luego confirmaría en la interesante secuela que es El exorcista III. Y es también un ejemplo de cómo Hollywood era capaz de incorporar con cierta fluidez las sensibilidades europeas a sus moldes de producción: en este caso, con un artesano como Peter Medak, nacido en Hungría pero formado como cineasta en el Reino Unido –después de escapar del régimen comunista de su país de origen-, para luego emigrar a Estados Unidos.

Esa combinación de talentos, sensibilidades y mecánicas de trabajo se dan en el marco de una típica historia de fantasmas, centrada en John Russell, un compositor y profesor de música que pierde a su hija y su esposa en un accidente automovilístico, y que se muda a una antigua casa, donde pronto lo empiezan a acechar varios sucesos inexplicables. Aunque claro, todo eso que al principio parecía inexplicable tiene en verdad una explicación, con un pasado macabro haciéndose presente a través de mensajes espirituales y apariciones fantasmales. 

El mérito de Medak es trabajar el relato como un drama íntimo, que alterna entre lo personal y lo familiar, haciendo confluir el proceso de duelo que atraviesa Russell con la investigación que emprende para averiguar los sucesos ocurridos en la casa. The changelinges un film repleto de almas en pena, en el que el pasado persigue de manera obsesiva al presente y donde las miserias se quieren esconder bajo la alfombra, aunque todo termina por salir a la luz. En esa construcción narrativa y sentimental, los objetos –o sus partes- son claves: las teclas de un piano tocado por una mano invisible; una bañera emitiendo un ruido atronador; una serie de garabatos repitiendo un mensaje específico; una silla de ruedas en ruinas cobrando vida y determinación propias. Y frente a eso, cuerpos en tensión, principalmente el de Scott, que está siempre coqueteando con el estallido, guardando el drama dentro de su imponente fisonomía. 

A casi cuarenta años de su estreno, The changelingpuede lucir un tanto avejentada en su puesta en escena, pero también subterráneamente influyente: sus huellas pueden rastrearse en los cines de realizadores interesados en lo fantasmal, sobrenatural o espirituales, como M. Night Shyamalan o James Wan. Y que claro, ven al pasado como una entidad siempre presente. The changelinges, al fin y al cabo, un film sobre un pasado horroroso que alimenta el drama del presente. 

Como los de Dios, los caminos de Ferrara son misteriosos. Resulta que en un momento, el cineasta mauditabandona los retratos sucios de New York y se le da por probar suerte con el terror. Primero fue una remake(otra más) de Body Snatchers,que Ferrara, en un gesto inédito, arranca de su emplazamiento urbano y traslada a una base militar, casi como si el hombre quisiera probarse a sí mismofilmando en un espacio que desconoce. Un año más tarde, Ferrara vuelve al terror, y esta vez el desafío cambia: filmar una historia de vampiros en la ciudad, pero transformándola, que no sea la Nueva York de Un maldito policíao de El rey de Nueva York, sino otra, una ciudad distinta. El trabajo de desfiguración conduce a un juego de camaleones: Ferrara, en sus intentos de enrarecer la ciudad, de volverla un entorno extraño, encuentra que puede filmarla como lo haría otro director. El resultado es insólito: el comienzo de The Addictiones indistinguible de una película indiede la época, una de esas producciones pequeñas, en blanco y negro y con planos fijos, que siguen a personajes de clase media atravesados por problemas comunes, y que tal vez haya tenido su lanzamiento en Sundance.  Dos amigas universitarias comentan con algo de pompa un documental que acaban de ver; se separan y después una de ellas es arrastrada abruptamente a otro mundo, un lado B de la ciudad, por una mujer que la ataca y la convierte en vampiro. Curiosamente, el hecho no altera las coordenadas narrativas: el director mantiene a su película dentro de los límites de ese terreno urbano poco extraordinario, hecho de restaurantes y cafés, pasillos de facultad, bibliotecas y departamentos solitarios. El experimento toma envión y gana velocidad: Ferrara se divierte imaginando cómo sería una película de terror filmada por, digamos, Woody Allen.  La protagonista no abandona su pose de intelectual ni siquiera cuando está por mordisquear a alguien: abundan las citas a filósofos, las reflexiones graves dichas con una seriedad sobreactuada.The Addictiontoma rápidamente la forma de una parodia, pero de una que apunta sus armas contra los clichés del cine independiente estadounidense y no contra el terror; tal vez sería mejor hablar de sátira, entonces.  A Ferrara lo separan más cosas de las que lo unen con otros directores con los que comparte nicho de producción: como si, por un rato, el enemigo no fuera el mainstream, sino los compañeros del cantón indieque adoptan los tics de alguna moda al uso y renuncian a seguir experimentando. Entonces, el terror: como instrumento para el ajuste de cuentas con colegas descarriados, como insumo para el escarnio, pero también como vehículo que permite el desplazamiento, moverse de un lugar a otro, viajar por ciudades, géneros y universos desconocidos.  

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