A Day Off (Hyuil) 
Corea del Sur, 1968, 73′
Dirigida por Lee Man-hui
Con Seong-Il Shin,  Jeon Ji-Yeon,  Kim Sun-Cheol

Un domingo cualquiera

Por Marcos Rodríguez

Dos años después de Early Rain, vuelvo a encontrarme con Sung-il Shin en otra maravilla llamada Hyuil (A Day Off, 1968) y empiezo a sospechar que algo debe haber además de fotogenia detrás de este tipo. No tardo mucho en descubrirlo: Shin fue una estrella enorme. No solo actuó en más de 400 películas (cua-tro-cien-tas), no solo fue el galancete de las películas juveniles de los ’60 en Corea del Sur, de pronto me encuentro con esta frase de Park Chan-wook: “Si en Japón tienen a Toshiro Mifune, en Italia a Marcello Mastroianni, en Estados Unidos a Gregory Peck y en Francia a Alain Delon, nosotros tenemos a Sung-il Shin”. Más allá de la (¿extraña?) inclusión de Gregory Peck en semejante lista, la idea es clara. Empiezo a sospechar que para acceder a una filmografía desconocida probablemente un camino mejor sea a través de sus actores.

A Day Off es, de nuevo, una película para pasarla mal. Bien mal. Pero, efecto refrescante, acá la pasamos mal desde la perspectiva del cine moderno. Mientras la miraba pensé en las oleadas de efectos secundarios que generó la Nouvelle Vague en todo el mundo. Pensé también en nuestra propia generación del ’60. Algo de eso hay. Pero encuentro, en la poca información disponible en Internet (por lo menos en no coreano), que la referencia fundamental que salta es Antonioni. Conozco poco Antonioni pero cuadra mejor.

La cosa empieza con una voz off que se pierde fácil: vemos a un tipo joven por las calles de Seúl un domingo de invierno por la mañana. Los ángulos raros, la calle real capturada por la cámara (por ejemplo, desde adentro de un taxi), un pajarito que te lee el futuro y cierto tono desprejuiciado de nuestro protagonista nos hace sospechar una agradable ligereza que, desde ya, se diluye rápido. El domingo es el día libre. Pero en A Day Off es también el día de la angustia. Es el día en el que transcurre toda la película: dos personajes (o uno, en realidad) que se encuentran, deambulan, hablan y lloran a lo largo de un día en el que no hay nada que hacer (uno de los personajes con los que se encuentra Huh Wook dice que ya se dio seis baños porque está así de aburrido). La angustia, en realidad, no es tanto existencial o sociológica (el día vacío) sino puramente monetaria: el protagonista y su novia no tienen un peso, se encuentran en un callejón afuera de un café porque ninguno de los dos tiene ni para pagar una taza. Y eso que hace frío. Y eso que el viento sopla impiadoso a lo largo de toda la película. No tienen un peso y su necesidad no es de un futuro estable y mejor, sino mucho más concreta: ella tiene que hacerse un aborto porque ninguno de los dos está para tener un hijo en estos momentos. Es fácil encontrar donde te practiquen “una operación”, pero hay que pagarla. Esto lanza a Shin (nuestro protagonista) a tratar de manguear lo que pueda.

A Day Off fue una película maldita. Cuando Man-Hui Lee (uno de los mejores directores modernos de Corea, dicen, espero encontrar más películas suyas) quiso estrenarla, a los censores les resultó demasiado cruda, demasiado desesperanzada y demasiado frontal con los temas de sexualidad y aborto. Le exigieron cambios, él no aceptó, la película no pudo estrenarse y cayó prácticamente en el olvido hasta que en 2005 la rescataron, restauraron y proyectaron nuevamente. Desde entonces, al parecer, es un clásico.

Más allá del retrato de la juventud perdida de Seúl (y de los domingos, día en el que hombres y mujeres se encuentran, se emborrachan, se entregan a la decadencia y nunca vuelven a aparecer) y de la crudeza bastante cruda de ese retrato, lo que más impacta hoy de A Day Off es la potencia de sus imágenes. Man-Hui Lee está buscando constantemente: hay ángulos raros, hay algunos planos bastante feos (piensa en ese contrapicado frontal de Shin corriendo en la oscuridad), pero también hay hallazgos, detalles, árboles, encuadres. Hay diálogos lánguidos de angustia juvenil, pero sobre todo los que hablan son los cuerpos desplazándose por el espacio. La música resulta un tanto empalagosa, pero cuando hacia el final se produce el clímax de angustia, cuando los planos empiezan a superponerse, cuando el rigor de la unidad tiempo-espacio se rompe para introducir flashbacks de los momentos en los que Shin sí fue feliz con su novia (algo que parece lejano e imposible durante casi toda la película), es prácticamente imposible que no se te anude la garganta. Todo es muy árido pero sobre todo muy seco en A Day Off: no hay grandes despliegues de melodrama, de llanto, de actuación desatada. La que se desata, al final, es la película. El efecto es doblemente potente y hace que hasta una metáfora un tanto chata, como la imagen del final de las vías del tranvía, alcance alturas existenciales.

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