Soldado de papel
Rusia, 2008, 116′
Dirigida por Alexei German Jr.
Con Chulpan Khamatova, Merab Ninidze, Anastasiya Sheveleva

El gulag espacial

Por Fernando Luis Pujato

El espacio exterior, “la frontera final”, aquella excusa conclusiva fundamento de la exitosa e incómoda serie televisiva Viaje a las estrellas -hasta que el capitán J. T. Kirk se retiró, luego sobrevendría una estela totalmente previsible- y que incentivó buena parte de las películas de ciencia ficción rodadas a partir de los 70´, incluida la propia Star Trek (1979) y toda su saga, está hoy expuesta en un film en el que sólo vemos la parte posterior de una supuesta nave espacial y unos astronautas en tierra vestidos con unos trajes impensados para nuestra imaginería retrofuturista. Algo así como ver 20.000 leguas de viaje submarino (1954) sin el Nautilus y con el capitán Nemo ataviado de gladiador romano; imagina. Demasiado expuesta tal vez, en realidad tan inteligentemente presentada como para que nuestra atención no se desvíe, o se desvíe tan sólo un poco, de lo que es realmente Soldado de papel (2008): un soberbio tratado acerca del encierro. El de toda una generación en la que todavía perduraba un resabio de los ideales de la Revolución bolchevique pero para la cual Lenin era sólo un espía alemán, Stalin una foto coronada por bujías amarillas que no valía ni 40 rublos y Trostki…bueno, reemplazado por un retrato de Ernest Hemingway porque se diga lo que se diga sobre su excéntrico comportamiento privado su conmovedora figura pública encajaba admirablemente bien con la romántica noción de una vida dedicada a las causas perdidas.

El encierro de un sueño futurista, una nueva era en la Historia de la Humanidad que podría llevarnos a cimas nunca pensadas, utopías integradoras, la Ciencia al servicio de la Fe y demás etcéteras progresistas, las cuales sólo podían tener su correlato en esa frontera final concebida por algunos y vivida por unos pocos. Y, un tanto menos panópticamente, el encierro de Danya atrapado entre los horrores carcelarios del pasado y los sublimes propósitos de éste, el de su amante y el de su esposa que no pueden escapar al propósito de una relación sin ningún propósito, el de esa mujer anónima que no desea abandonar el campo de refugiados donde ha vivido gran parte de su vida, el de toda esa cohorte de amigos -autodenominados pomposamente la intelligentsia rusa- dando vueltas en un círculo cerrado de quejas solemnes y deseos cotidianos. No hay dónde escapar, ni ciertamente condiciones para hacerlo, aquí, en la dura superficie terrestre. Porque Moscú es sólo una pequeña habitación en la cual es difícil no terminar empujándose, a menos que uno se quede sentado o desaparezca detrás de una puerta, y Kazajistán una inmensa y desolada geografía en la cual es aún más difícil no terminar errando fantasmagóricamente en la nada. Una funcionando como alegoría intimista y la otra oficiando como telón de fondo -a veces de forma literal- de personajes que no quieren y no pueden y no saben estar solos, casi chocando contra la cámara. Y allí donde hay planos un tanto más abiertos los perros atacan, se tropieza en bicicleta, se cae desmayado en las vías del tren. Tal vez las únicas maneras posibles de salirse de esta clausura sean morir o viajar, fuera de campo, lo que significa permanecer eternamente en un sitio poblado de fantasmas o una corta estadía en un mundo poblado de fantasías. O convertirse en un soldado o en un nativo, una necesariedad rusa y una imposibilidad rusa. O migrar, pero eso es otra película.

En La Zona (1979), de Andrei Tarkovski, se necesitaba un guía para entrar, transitar y evadirse de ese lugar; más allá estaba la cortina de hierro. En Alexandra (2008), de Alexander Sokurov, también era precisa una compañía para acceder, deambular y salir del campamento militar; más allá estaba la ex U.R.S.S. En Soldado de papel, la oclusiva película de Alexei Germán Jr. todo es una zona y un campamento militar pero no hay nadie ahí que haga las veces de un guía revelador o un acompañante oficioso, ni un más allá de todo esto, salvo idear lo inevocable y filmarlo. Pues si Neil Armstrong se convirtió en un icono mediático y Yuri Gagarin en un recuerdo folclórico no fue solamente porque uno haya dado ese “gran paso para la Humanidad” y el otro sólo haya sido el primer ser humano en viajar fuera de los confines de este planeta, fue también -y principalmente- porque el espectáculo puertas afuera sólo podía ser montado por una prodigalidad escénica, por “esa generosidad americana de darse en espectáculo para ser amados- el único pueblo en la historia que ha pensado que iba a ser amado”- como decía el gran Serge Daney, y no por la inquietante historia fílmica de un encierro visto casi medio siglo después. Mostrar el ayer, ofrecer el pasado. Acaso suficiente para imaginarnos aquél presente nunca olvidado.

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