Stop Making Sense
EE.UU., 1984, 88′
Dirigida por Jonathan Demme

Los dueños del juego

Por Ignacio Balbuena

Hay muchas cosas para decir de la grandiosa Stop Making Sense, el film de Jonathan Demme que representa algo así como el ideal platónico de cómo filmar música en vivo. Se me ocurre que un buen approach a la hora de considerar esta película es el concepto de sonic bliss, acuñado por el crítico y ensayista musical Simon Reynolds. Para evitar clichés de la crítica musical como la consideración del contexto socio-histórico o el análisis de las letras de canciones y su significado, Reynolds propone concentrarse en el goce (bliss) de la materialidad sonora. En la entrevista que Pablo Schanton le hizo para cerrar la antología Después del Rock, Reynolds señala que ‘parecía hora de volver a enfocarse en esos aspectos de la música que tenían que ver más con el goce y el extásis convulsivo.’ Para Reynolds, la experiencia de la música es una oportunidad de ‘(…) perderse en el sonido y rendirse al ruido (…).’[1] La música de Talking Heads, y la forma cercana a la perfección en que Jonathan Demme los filma en el pico de su creatividad es puro goce. Obviamente importa mucho el contexto histórico y el momento particular de la banda -la transición de un grupo de punk funk minimalista a una banda maximalista orientada a los experimento polirrítmicos y al post-disco conceptual-, y las letras de Talking Heads siempre se prestaron al análisis: cantaron sobre comida, sobre edificios, sobre la guerra. Pero los placeres de Stop Making Sense son puramente sensoriales, casi místicos, y alcanzan alturas insospechadas a lo largo de la película, que va in crescendo, mostrando su propio detrás de escena hasta combinar un frenético show de rock profundamente performático. Jonathan Demme alterna entre grandes planos generales que muestran a la banda completa, con primeros planos muy viscerales que sumergen al espectador en el show. La gran decisión de Demme es nunca mostrar reacciones del público, sino construir un punto de vista que invita al espectador de la película a sentirse parte de la acción.

 

Por supuesto, el virtuosismo de los músicos contribuye a que la acción sea única, Stop Making Sense muestra una banda de rock dándolo todo en una performance histórica y absolutamente épica. A partir de Remain In Light, la ambición conceptual de Byrne y la producción de Brian Eno llevaron a que la banda se ampliara. Al núcleo duro -en varios sentidos, basta ver los primeros planos, los ojos que no parpadean, las caras desencajadas- de David Byrne, Tina Weymouth (una de las grandes bajistas del rock de todos los tiempos), el baterista Chris Frantz y el guitarrista/tecladista Jerry Harrison -también conocido por los Modern Lovers-, se sumaron varios músicos con un amplio currículum de música orientada al groove y el baile: el tecladista Bernie Worrell de Parliament/Funkadelic junto con las coristas Lynn Mabry y Edna Holt, Alex Weir de The Brothers Johnson (excepcional banda de funk que se hizo conocida entre el público hipster por el sample que el dúo francés Justice usó para su track ‘New Jack’), y el percusionista Steve Scales. Uno a uno se van sumando al show, que empieza con David Byrne empuñando la acústica en una versión solista de su hit ‘Psycho Killer’, acompañando por un beat de una Roland 808 que por momentos suelta un beat espástico que Byrne acompaña en un baile ídem.

Van pasando los temas, y se suman Weymouth, Harrison, Frantz, los coros y el resto de la banda, mientras los plomos van acomodando el escenario, sumando plataformas con la batería, el set de percusión, los sintetizadores. Si hoy los grandes shows de rock y pop mainstream son pura parafernalia, pantallas y pirotecnia, Talking Heads se las arregla con poco. Con apenas algunos elementos icónicos, como el traje absurdamente gigante de Byrne, el boombox del comienzo, o cambios en la iluminación, Talking Heads construye una puesta en escena extraordinaria basada 100% en la performance de cada uno de los músicos. Por eso la cuestión del sonic bliss: más allá de cualquier contexto y explicación posible, hay en Stop Making Sense y la actuación los Heads algo puramente físico, 90 minutos de éxtasis sonoro en forma de gestos espasmódicos e impredecibles de Byrne, que de alguna manera tiene energía para cantar y a la vez correr velozmente alrededor del escenario, del pulso que marcan las líneas de bajo de Tyna Weymouth -que aprovecha para meter un hit de su proyecto paralelo Tom Tom Club-, de los espectaculares solos de sintetizador de Jerry Harrison, expresivos y juguetones, y de un sonido claro y nítido que permite escuchar en detalle cada golpe de cencerro, cada rasguido de guitarra, cada vibrato de sintetizador analógico. La cinematografía de Demme es central, con acercamientos, primeros planos, tomas que recorren el escenario desde adentro y captan la energía de los músicos, que nunca dejan de moverse, de saltar, de poner caras para la cámara. A pesar de que Chris Fantz le explicó a Rolling Stone para el relanzamiento de la película en su trigésimo aniversario que Jonathan Demme se limitó a capturar la performance sin dar muchas indicaciones, cualquier momento de la película es una invitación a hacer una captura, o un pequeño gif apto para tumblr.

En cualquier momento en que uno se detenga de la película hay algo visualmente atrapante y magnético, ya sea porque la cámara está captando una mirada, un primer plano de un set de instrumentos, a algún miembro de la banda o varios bailando de forma maníaca o algún juego de luces en las composiciones más abiertas. Byrne tomó la decisión de que todos los miembros de la banda se vistieran de forma más o menos neutral, lo cual pone el énfasis en los movimientos de los cuerpos y en la materialidad del sonido. Cuando la banda ya está armada por completo, el recital llega a su punto más alto en los hits Burning Down The House y Life During Wartime, en una versión ampliamente superadora de la versión de estudio. Como si eso fuera el final de la subida de una montaña rusa en marcha, el resto del recital es una sucesión de loops, in-crescendos y modulaciones musicales inolvidables. Hay otros testimonios de Talking Heads en esta época, como este recital en roma en 1980, donde la banda dio un show brillante, con apenas unos meses encima con el line-up extendido, pero la película de Jonathan Demme es una suerte de Gesamtkunstwerk de pop futurista, que transformó a los Talking Heads de una banda emblemática del movimiento New Wave a íconos absolutos de la cultura pop. Es un buen momento para revisitar esta película: el propio Demme intentó recapturar la magia de este show en varios documentales, y su última película antes de su muerte es un registro musical, el documental Justin Timberlake + The Tenesse Kids, disponible en Netflix. Es un contrapunto interesante, poder comparar el performance art de Byrne, con el pop pirotécnico de Timberlake a través de la mirada de un mismo director. Y por otro lado, la banda más cool de los 2000s, LCD Soundsystem, intentó hacer su propia versión de Stop Making Sense con el registro de su show de despedida en el Madison Square Garden, el film Shut Up and Play The Hits. Este año volvieron con un gran disco, American Dream, que retoma la influencia de Bowie, Eno y los propios Talking Heads, como si fueran los herederos millenials del punk funk originario de la banda de Byrne. Pero nunca está de más volver a las fuentes: Stop Making Sense es una película que nunca se agota, y el estándar insuperable al que todo registro de música en vivo debe apuntar.

[1] Reynolds, Simon. Después del Rock: Psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas. Buenos Aires, Caja Negra, 2010.

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