También los enanos comenzaron pequeños (Auch Zwerge haben klein angefangen)
Alemania, 1970, 96′
Dirigida por Werner Herzog
Con Helmut Döring, Gerd Gickel, Paul Glauer, Erna Gschwendtner, Pepi Hermine, Gisela Hertwig, Gerhard Maerz, Hertel Minkner, Gertrud Piccini, Marianne Saar

Nosotros

Por Fernando Luis Pujato

Todo lo que puede ser filmado, todo lo que va a serlo, posee por este mismo hecho un mínimo común denominador: su visibilidad.  Serge Daney

Un individuo está sentado dentro de una habitación manipulando un extraño cartel. Desde el centro de un plano fijo la cámara inicia un extenso plano secuencia recorriendo la habitación para volver al mismo lugar desde donde había partido. Esta vez el individuo, que ha terminado de acomodar el cartel frente a su pecho, es fotografiado a la manera de un registro policíaco. Una voz en off comienza un interrogatorio mientras la cámara se dirige hacia una ventana, atravesándola. El enigmático comienzo del film de Werner Herzog no da lugar a dudas: algo ha ocurrido, ahí, afuera. Pero, ¿qué ha ocurrido?, ¿qué es ese ahí?, ¿dónde está ese afuera?

Más o menos por aquella dorada época de los 70 se estrenaba Atrapado sin salida (1975), un film emblemático, al menos generacionalmente, que nos mostraba una rebelión dentro de un hospital psiquiátrico. Estaba allí la cruel enfermera, el héroe de la revuelta -Jack Nicholson actuando, por supuesto, de loco-, algunos estereotipos reconocibles de la insania mental y todo transcurría puertas adentro. El film terminaba, como no podía ser de otra manera, estamos en la Industria, con el bueno de Jack escapando, simbólicamente, del hospicio; la muerte como resurrección liberadora.

No hay enfermeras ni héroes, no hay pastillas ni lobotomías, y mucho menos tipos psicológicos reconocibles en el film de Herzog, y la rebelión, aquello que trastoca el orden de las cosas, ocurre puertas afuera, en el espacio colindante a un entorno agreste, vacío, casi irreal. Tampoco hay escape, ni real, ni imaginario. No hay lugar donde escapar ni, ciertamente, motivos para hacerlo. Desde la puesta en escena del film se desprende no sólo todo aquello que lo separa del de Milos Forman, sino también de, más o menos, gran parte de las películas que se han filmado acerca de uno de los temas foucaultianos  por excelencia. Salvo algunos primeros planos de un interno que ha quedado encerrado junto al “educador” del hospicio, el film transcurre casi enteramente con profundidad de campo, porque acá el alzamiento es una cuestión comunitaria, y aunque algunos quieran ver allí un estado de naturaleza gregario, la cámara de Herzog es inequívoca pues todos los internos participan asociada, mancomunadamente, como pueden y en lo que pueden, en esta suerte de juego infantilmente macabro con que comienza la película y que se va convirtiendo, pausada, paulatinamente, en una espiral de violencia ritualmente dirigida, irónicamente retratada.

Y esta violencia es ejercida no sólo contra la Institución, no sólo contra todo lo que ella representa, sino contra -y sobre todo a través- de aquél lugar discursivo al cual debemos retornar cuando hemos desviado un tanto el camino, el lugar que se nos (re) presenta como el remedio de todos los males que engendra nuestra cultura, nuestro orden social, nuestro ser en el mundo: La Madre Naturaleza. Porque lo que está presente en los planos de un film engañosamente institucional, no es el nosotros/los otros que introduce Tod Browning en Freaks (1932), no son dos especies en pugna, dos mundos diferentes, dos lógicas distintas.

Aquello que está encerrado en y entre los planos de También los enanos comenzaron pequeños, lo que se nos revela desde el absurdo de una situación extraordinaria filmada casi cuatro décadas atrás, es el tema, la obsesión fundante de Werner Herzog desde siempre: los ilimitados límites de nuestra (humana) razón civilizatoria ante la permeabilidad fronteriza de la sinrazón (humana) de la natura.

El sugestivo también del título de este film extrañamen