The Aristocrats 
EE.UU., 2005, 92′
Dirigida por Paul Provenza
Con Eddie Izzard, George Carlin, Don Rickles, Chris Rock

All that jazz

Por Ludmila Ferreri

A mis profesores

Hay pocas cosas tan liberadoras como la mierda. Las heces en su momento adecuado (y no hablo del acto fisiológico de hacer caca solamente) son liberadoras como pocas cosas. Porque la escatología tiene ese don, que es el de llevarnos hasta el fin de un proceso y contarnos el desenlace. El juego escatológico es, entonces, el juego de los remates, de las conclusiones, de los cierres. Al final de cuentas, un documental por el que circulan más de 80 cómicos contando un mismo chiste (o al menos una estructura común, con una base (el comienzo y el remate) sobre la cual improvisan el desarrollo) que siempre termina escatológicamente, entre sangre, semen, flujos varios, pero fundamental, entre la mierda, no puede ser otra cosa que liberador.

Algún tiempo atrás, en la universidad, en la carrera de humanidades, recuerdo haber tenido a un profesor que siempre decía: las clases siempre tienen que terminarse bien arriba, bien alto. Si una clase no termina de manera concluyente es que hay algo que el profesor está haciendo mal, hay algo que se está perdiendo de todo ese proceso. Lo mejor de todo es que ese profesor de literatura era uno que yo supe tener cuando era adolescente. El mismo profesor, pero varios años después y en la universidad. Ese hombre, entre sus años de docente secundario y los años en los que se perfeccionó como docente en la universidad, había aprendido a improvisar, había adquirido el hábito de llegar al remate de otra forma, con otros medios. Y de esa manera evitarse la dolorosa metodología de lo mecánico (como les pasa a muchos profesores: repiten el chiste una y otra vez). Dar clases (para quienes trabajamos de eso, entre otros medios de vida) es improvisar. Y el acto de dar clases no está tan lejano del acto de la comedia. Por eso, cuando vi The Aristocrats me pareció mucho menos una película sobre la escatología que sobre la docencia.

Hago un salto algunos años adelante y luego vuelvo a 2005, en donde el aire de la corrección política parecía ser un poco más respirable. En 2017 se pudo ver, en distintas plataformas on line, un standup que a tooooooodo el mundo le encantó (y que si a vos no te gustaba te convertía inmediatamente en nazi). Hablo de Nanette, el unipersonal de la actriz y comediante de stand up Hannah Gadsby. En aquel programa, que dio varias vueltas al mundo, se planteaba algo más que una deconstrucción del acto de hacer comedia sobre uno mismo. Se hablaba sobre la necesidad de encontrar los limites para esa expresión personal y se ponía en el centro la consecuencia de volverse el objeto de risa y de burla. En aquel acto sintetizaba toda su exposición (porque a la vez que hacía comedia no dejaba de sentirse como si estuviera dándonos una clase…y también un sermón) con una frase: La risa no es la salida de la ira. La risa es solo la miel que endulza el remedio amargo. En el final de aquel programa propugnaba una idea: que el humor dejara de ser un puente entre la ira y las personas y sus historias personales. Proponía recuperar ese hueco de sinsentido que la comedia, en alguna medida, vendría a despolitizar. Bueno, Hannah: creo que no viste The Aristocrats, que contrapuesta con Nanette bien podría acuñar otra frase (pero no lo necesita ya que no pretende aleccionarnos): la comedia, el humor, es el vínculo humano que habilita que el dolor no se vaya y que se transforme en cada persona en una reacción distinta. No, no todos somos iguales ni sufrimos las mismas cosas (aunque nos encante pensar eso para sentirnos menos solos en la inmensidad del mundo de experiencias que nos rodea), por eso la comedia genera esa clase de reuniones milagrosas entre personas, que frente a el horror, el dolor o la miseria, pueden reformularse a si mismas desde otra perspectiva que no sea la de la victimización y el resentimiento. La comedia transforma el resentimiento en experiencia vinculante. No es un endulzante, es exactamente el vínculo humano, la conexión entre personas.

Digo esto y no puedo dejar de pensar en el clímax maravilloso de The Aristocrats con Gilbert Gottfried contando la variación número 256 millones del ya clásico chiste que le da el nombre a la película. En el final de este maravilloso documental testimoniamos algo que hoy sería imposible. Apenas habían pasado un par de semanas del atentado contra las torres gemelas. Con la sensibilidad a flor de piel y en una presentación pública repleta de cómicos, organizada por Hugh Hefner, Gottfried rompió el hielo y se permitió hacer chistes sobre aviones en un momento en el que el drama urgente no parecía habilitarlo. Sin mediar la menor censura previa, el hombre se dispuso a contar el chiste mientras en las mesas los asistentes replicaban en voz baja “too soon” (algo asi como demasiado pronto para hacer chistes con la tragedia como colofón). No obstante, Gottfried no se detuvo y siguió. Pero duplicó el efecto y trajo el chiste sobre los aristócratas como elemento vinculante entre los que creían que no se debía hacer humor con el dolor y los que si, pero se reprimían. En apenas segundos construyó una variación extraordinaria del chiste. Lo que sobrevino luego fue la maravilla de la risa como elemento catártico, como vínculo angustiado entre los presentes. Pero Gottfried sabía que, aùn jugando con fuego, la risa era la necesaria liberación que reunía a las personas.

The Aristocrats está filmada, para decirlo académicamente, con los muñones (algo que también podría aplicarse a otra maravilla del humor escatológico como esa obra maestra que es Jackass 3D). Sus planos se ven horribles, las entrevistas tienen distintos registros de sonido sin unificar, la calidad del video dista de ser la mejor, el montaje es poco menos que realizado por un principiante. Y así las cosas es una de las grandes experiencias de comedia que un espectador libre (como los que el siglo XX preparó durante años antes de la avanzada puritana) puede encontrar como pequeño acto de resistencia contra todos aquellos que indican que la comedia tiene que morir en pos de la “tolerancia” (yo no quiero tolerar ni que me toleren, porque es una actitud condescendiente y que me da poder a mi o le da poder a otro, en el mejor de los casos quiero coexistir en paz, teniendo diferencias y cosas en común, y permitiéndonos reirnos y no tomarnos tantas cosas demasiado en serio: a nosotros mismos antes que a nadie).

Frente al discurso victimizado de Hanna Gadsby en Nanette (que interpeló e interpela tan fácilmente a la contemporaneidad que vive en burbujas de no contacto con el exterior, justamente por miedo al rechazo, a la violencia, a la intolerancia), que en el fondo no parece proceder desde el interior de la comedia como posibilidad de resiliencia y de contacto con el mundo, encontramos a maravillas como The Aristocrats, que entiende que la comedia nos hace humanos y nos vincula con otras personas. La experiencia de Gadsby opera desde una perspectiva distinta, respetable, pero también individual, que es la experiencia del resentimiento con la misma comedia como mecanismo. La experiencia personal puede ser o no compartida colectivamente pero en Nanette se nos baja línea de manera invariable, escandalosa. Como contraste, una película como The Aristocrats, con su estructura de jam jazzero en el que distintas personas se reúnen virtualmente para reírse de cosas que tienen una base común pero que varían según quien interprete la melodía, nos recuerda que la comedia si cura, educa y, porqué no, si vamos a ponernos alfonisistas, alimenta (el alma, el intelecto y la sensibilidad: al final de cuentas son cualidades que nos permiten entendernos mejor con quienes nos rodean sin pensar que nuestra experiencia traumática tiene que signar al resto del mundo del mismo modo). Que viva la comedia, vean The Aristocrats como puedan.

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