The King 
EE.UU., 2017, 120′
Dirigida por Eugene Jarecki

La derrota, el ídolo, el imperio

Por Leyla Manzur Horta

The rise and fall. Las primeras palabras que titulan el álbum espacial de David Bowie (The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, 1972), le quedan también a lo que fue la trayectoria de Elvis Presley y a lo que sigue siendo y optó por ser Estados Unidos de América, en el que su mismo sueño, en cuanto comenzó a despegar terminó estrellándose o  explotando, tal como ocurrió, en 1986, con el  transbordador Challenger. Es la luz y la sombra que invadieron al que consideran El Rey del Rock. Bautizado como Elvis Aaron Presley, y nacido en Tupelo, Mississippi en 1935, el ídolo no deja de manchar con sangre y tinta las páginas dedicadas a la historia de la música en toda su magnitud y la de Memphis.

The King, documental del estadounidense Eugene Jarecki -un personaje crítico de las políticas que han cruzado a su país, y que le ha permitido hacerse acreedor de reconocimientos tanto en Sundance como en Cannes- es más que el Elvis intérprete que desde niño soñó con el estrellato. Este trabajo atraviesa dimensiones sociales, estatales, raciales, y el mismo sueño americano que no alcanzó a resguardarse por su derrumbe acentuando las temporadas apropiadas por Richard Nixon y Donald Trump en el poder. Los mecanismos de control y manipulación concentrados en Estados Unidos son los que también atraviesan a Presley, según el diseño del director, llevando a este chico pobre que se movía, en una primera etapa, en la búsqueda de un sentido de pertenencia entre las voces de la comunidad negra a la imposibilidad de emanciparse frente a Andreas Cornelis van Kuijk alias “Coronel”, su mánager, en las estrategias de la industria discográfica, de mercado y de índole personal –el trato con la Paramount Pictures, el ingreso al servicio militar que realizó en Alemania, su matrimonio con Priscilla Beaulieu, entre otros  grandes eventos que terminaron por ‘reventarlo’–.

Este ahogo comienza a destaparse paso a paso, kilómetro a kilómetro en el recorrido del Rolls-Royce que le perteneció y que desata otra vez la idea del sueño de una nación, aunque atestado de un vacío profundo del que por lo menos no alcanza a contaminarse de manera total la diversidad de tripulantes que comienzan a abordar el automóvil, que van desde bandas y duetos infestados con el virus de El Rey hasta reconocidos rostros de la industria de Hollywood que comparten lo que ha significado para ellos su figura, las vivencias junto a él y las visiones en relación al impacto que el personaje siempre ha generado en términos populares. Dentro de la nave terrestre no solo comienza a plantearse la característica propia de un fan, sino que se inicia el acto de percibir las emociones que algunos incluso sienten adheridas dentro de este objeto de absoluta opulencia en el marco de esta especie de road movie.

No todos aman a Elvis. No todos caen a sus pies. No todos olvidan su falta de compromiso con la comunidad negra de la que prácticamente tomó gran parte de su cuerpo para vestirse y adoptar el papel del personaje que lo hizo popular. He aquí algo que ha cruzado sin duda la historia de las expresiones artísticas: la “apropiación cultural”, espacio que otra vez nos recordó el fenómeno 2018 de la española Rosalía, el ejemplo mundial más cercano que con su segundo álbum El Mal Querer, y a pesar de sus detractores provenientes de comunidades gitanas y andaluzas que defendieron con garras y dientes la raíz flamenca –otro acusado ha sido Niño de Elche, su coterráneo–, terminó por engullirse a los consumidores de música y sorprendiendo y conquistando a nichos que, a primera vista, se encontraban bastante alejados de su propuesta. 

Y sí, no todos olvidan su falta de “compromiso”. Si, hay olvido hacia los negros en una época en la que la visibilización no era moneda corriente.
La resonancia de Strange Fruit, triste himno interpretado por Billie Holiday, dice más que mil registros y discursos intensificados en conjunto, sin olvidar cuán desgarradora es la postal del afroamericano ahorcado que cuelga de un árbol.

Southern trees bear a strange fruit /Blood on the leaves and blood at the root /Black bodies swinging in the southern breeze /Strange fruit hanging from the poplar trees /Pastoral scene of the gallant south /The bulging eyes and the twisted mouth /Scent of magnolias, sweet and fresh /Then the sudden smell of burning flesh / Here is fruit for the crows to pluck /For the rain to gather, for the wind to suck /For the sun to rot, for the trees to drop /Here is a strange and bitter crop.

El breve momento en el que se incorpora Strange Fruit, sin el duro y obligado fin de robar atención, provoca un golpetazo emocional que pesa más que lo que pudo haber sido la insistencia por hurgar en los rincones en extremo desolados de la vida misma de un personaje y que suele ser el rasgo distintivo, en cuanto a ficción, del biopic. La propuesta de Jarecki se alza distanciándose de este lugar común, porque más que construir desde las anécdotas de la prensa rosa, se manifiesta desde el impacto de un imperio que llega a la cima para luego sucumbir, por eso a Jarecki le interesa el héroe atrapado entre el grito y su silencio. 

El trayecto que realiza el Rolls-Royce, que no discrimina paisajes ni suelos firmes, amables o ásperos, se asimila al andar del protagonista. Se dibuja al hombre rodeado de fanáticos acérrimos, de detractores, de vampiros, albergado en sitios suntuosos, aunque con un vacío y confusiones significativos por dentro, difíciles de dar a entender.
Estados Unidos y una superestrella se precisan entre metáforas diseñadas en el que el archivo -el found footage– que presenta trozos esenciales de la historia oficial y popular del siglo XX (y el que le sucede), es imprescindible desde el primer momento. La inviabilidad de salvarse se sublima de manera increíble en su carta de despedida: la interpretación, en su último concierto de 1977, de su favorita Unchained Melody, un clip sobrecogedor y que pronostica un final desgarrado. Ni la magnificencia puede vencer en esta vida. 

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