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Tiempo de lectura: 3 minutosThe master

Federico Karstulovich

The master
Dirigida por Paul Thomas Anderson
EE.UU., 2012, 143′
Con Joaquin Phoenix, Phillip Seymour Hoffman, Amy Adams, Ambyr Childers, Jesse Plemons, Laura Dern.

Entrar al vacio

Por Federico Karstulovich

“Había que ponerla a como diera lugar…y encontrar a alguien que se prestara”

Mete-saca-mete-saca. Chupar(la) y ser chupado (también por la bebida). En The Master todo es, en efecto, un gran acto sexual. Pero no necesita show off ni cosas viscosas o calenturientas, es más elemental: es una película sobre la sexualidad del poder (dominar a otro/entregarse a otro). Es, en esencia, primaria, tosca,frontal. Tiene, entre sus pliegues (porque es una gran pelìcula estriada) una sexualidad crocante, que se mastica. ¿Calentar? No. Pero quema, tuesta cerebros basándose en la operación de generarnos expectativas que nunca sucederán. Es una pelìcula apasionante y persuasiva con su carrera hacia la nada (hermosa escena la de las motos: andá a pedir eso hoy y sólo te lo da Vincent Gallo…): nos deja pateando en el aire, con las neuronas rotas. Somos, como espectadores, otro integrante más del culto. Nos entregamos.

“Yo no necesito que me cuiden”

Pero The master es también una película sobre la ternura, sobre las ganas de necesitar un abrazo, un amigo y/o alguien que confíe en nosotros. Ahí es cuando la pelíula se pone íntima (e intimista). Ahí pululan los históricos grupos andersonianos, familias sustitutas de la sangre rota. Por eso una escena como la del desnudo múltiple tiene menos de provocación que de acto de ternura (mezclado con un esperma urgente que no puede más). Por eso la escena del reencuentro entre Seymour Hoffman y Phoenix tirados en el pasto, demostrándose amor a los golpes, abrazos y desgarramientos es todo ternura: quererse –como en Lilo y Stitch– en The master, es morderse un poco. Sólo hay que hacerlo con cuidado.

“Uno para todos y todos para uno”

Hay, como ya dijimos, un rasgo elemental del cine de Anderson: lo tribal como esperanza contra la amenaza (de la propia familia, de la cultura intolerante, de si mismo) de la destrucción. No son familias armónicas ni familias trascendentes. Apenas si están para contener cada tanto. Pero es lo mejor que hay en un mundo de indolencia. De ahí que la entrega sea total. Así como en Boogie Nights el equipo de rodaje porno se cuidaba mutuamente pero luego se disolvía (hay algo de densidad Bigelow en ese concepto, si lo piensan), en The Master esa disolución es aún más violenta. Precisamente porque no hay aprendizaje ni cambio ni mejora ni nada. No hay redención. Apenas la historia de un grupo de locos y su subsistencia.

“Unos mangos para poder vivir”

Tema relativamente esquivo en el cine americano, no es ajeno aquí: la guita y el laburo. No son cuestiones menores. Siempre hay que hacerse unos mangos. Siempre hay que hacer algo. Ya sea por supervivencia económica o por supervivencia social (sentirse útil en algo, parte o engranaje de algo mayor: funcionalidad). La guita, sin embargo, no viene directamente asociada al trabajo sino a evitarlo por medios alternativos. En este punto es también una película sobre supervivientes que hacen de lo inútil algo útil y necesario para una comunidad (o al menos buscan hacer creer eso). Esto aparece como una mezcla de rasgos entre Huston y Roberto Arlt. Extraño y hermoso a la vez todo.

“Parir un hijo, tener un mundo, cuidar un árbol”

En la película no hay nada edificante. No. Todo va para atrás. Es una película mooon-walker porque parece que avanza pero siempre está retrocediendo con bestial elegancia. Toda su extensión es un enorme movimiento falso wendersiano, una gran road movie apática y sedentaria, configurando un mundo melancólico y privado. Es que estamos ante un gran poema trágico sobre la imposibilidad del cuidado de si. Pero ahí donde el naturalismo quiere sangre y degradación (toquen la puerta 4, pregunten por Michael Haneke) toda The Master es una grandiosa meseta de sinsentido y avance a ciegas.

“Mirame y repetí conmigo”

El liberador final con revolcada incluida (Anderson sabe que no quiere poner la pussy on a pedestal por eso nos muestra el después) es menos la liberación del tipo que “finalmente la puso” a la liberación cerebral de quien logra separarse de una relación simbiótica. Luego del adiós al maestro, una parodia, un intento de persuasión. Un intento fallido entre las carnes colgando y dos tetas ferrerianas. “Todo ha muerto, ya lo sé” podría decir Phoenix. Pero hay que seguí intentando (Huston again), para que no te coma la desesperación. Aunque sea hay que montar un pequeño teatro. Y quizás así te crean más entero.

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