Un Rey en Nueva York (A king in New York)
Reino Unido, 1957, 105′
Dirigida por Charles Chaplin.
Con Charles Chaplin, Dawn Addams, Maxine Audley, Jerry Desmonde, Oliver Johnston, Michael Chaplin.

Puertas, teléfonos, y ascensores.

Por Fernando Luis Pujato

La última nota crítica de ese maravilloso libro que André Bazín le dedicara a Chaplin corresponde a Un rey en Nueva York. Allí se puede leer que la película se divide en dos partes:  “la primera, exclusivamente burlesca, es una sátira de la vida americana moderna a través del gag…” y que la segunda parte, a partir del encuentro con el niño prodigio que se convierte en portavoz del autor, “es mucho más ideológica…”. Es a esta segunda parte que Bazin dedica el grueso del artículo, haciendo un paralelo con Un rostro en la multitud (Elia Kazan, 1957), señalando que Chaplin ha llegado un poco tarde para ajustar sus cuentas con el macartismo y que “el elogio más ridículo o más involuntariamente pérfido que cabe hacer de Un rey en Nueva York consiste en alabarlo por la eficacia de su sátira antiamericana”. Tal vez haya algo de razón en todo esto y sería bastante torpe medir el film de Chaplin acerca de su ataque a la comisión de actividades antinorteamericanas y, sobre todo, si éste ha sido efectivo temporalmente, o por el contrario, si ha quedado como un recuerdo fugaz en el celuloide de un film que más de sesenta años después sorprende por su modernidad

Desembarazarse de su contemporaneidad física y verlo retrospectivamente -algo que Bazín indudablemente no podía hacer- significa no sólo estar asistiendo a una buena parte de la historia más rica del cine, sino también ver un film de pasajes, de puertas que se abren y se cierran permanentemente, de teléfonos que suenan continuamente, de espacios híper transitados y, por supuesto, de una postura ideológica que -dígase lo que se diga acerca de ella- está expuesta, casi flagrantemente, como para que cualquiera que se dedique a ver el cine a través de sus autores y no por medio de éstos, se sienta satisfecho por corroborar aquello que sospecha o que intuye o que ya sabe. Más allá de esa cuestión anecdótica, de algunos gags que recuerdan más a Charlot que a un Chaplin desnudo de su máscara y despojado de su bigote –El gran dictador había pasado ya- la puesta en escena del film está estructurada a partir del espacio privado que ocupa el Rey Shahdov, una suite del hotel Ritz que oficia de teatro de operaciones, o más bien de una suerte de corte reducida a su más mínima expresión. Desde ahí, el movimiento hacia el afuera, hacia el espacio público, es incesante. Cines atiborrados de adolescentes bailando frenéticamente con remedos de películas hollywoodenses y restaurantes repletos de gente y clínicas y tribunales y ascensores; y el ruido. La modernidad está allí, danzando, golpeando, atiborrando los lugares -los “no lugares” de Marc Augé nunca existieron, La terminal fue filmada para certificar esto y Spielberg se lleva toda la razón- exponiendo todo ese frenesí alucinatorio en el que Chaplin trata de arreglárselas como puede y frente al que el Rey Shahdov esboza un gesto austero y distante, seco y enérgico, pero comprendiendo todo, o casi todo. Porque, ya lo sabemos, el tiempo y el lugar de Chaplin eran otros y tuvo que convertirse en esa sombra -la sombra de un rey- para anunciar lo que Tati en Playtime patentizaría años más tarde: el poder reírnos del fútil ordenamiento de este (nuestro) mundo.

Al inicio de Un rey en Nueva York, cuando una turba enardecida fuerza las puertas del palacio del rey Shahdov un cartel anuncia irónicamente que uno de los pequeños problemas de la vida moderna es la revolución. Posiblemente así haya sido, pero uno de los grandes desafíos de la existencia moderna para un cineasta es poner en escena un estado del mundo, evidenciando lo que es, clarificando lo que fue y, tal vez si uno se llama Charles Chaplin, mofándose de uno mismo, por lo tanto de ese estado. No hay muchos directores de cine que hoy puedan hacer esto aunque tampoco había muchos directores que pudieran hacerlo en aquél tiempo. A unos y a otros todavía podemos verlos. Los anacronismos se resuelven, los fantasmas se disipan, las modas se pasan. Los faros siguen allí.

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