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Tiempo de lectura: 5 minutosUna historia sencilla

Sebastián Rosal

Una historia sencilla (The straight story)
EE.UU., 1999, 111′
Dirigida por David Lynch
Con Richard Farnsworth, Sissy Spacek, Harry Dean Stanton, Everett McGill, John Farley, Jane Galloway Heitz, Dan Flannery, Kevin P. Farley, Wiley Harker, Tracey Maloney

Apuntes ruteros

Por Sebastián Rosal

La imagen está ahí, tan ahí, tan clara y accesible, tan en la punta de los dedos que es complicado no echar mano de ella. Difícil no ver en ese viaje estrambótico del viejo Alvin para reencontrarse con su hermano, en esos esforzados 500 kilómetros a paso de hombre en una podadora de césped (con remolque y todo), una metáfora de la vida misma, esa línea recta que, sin molestarse por buscar nuestro acuerdo, a pesar de todo avanza. No ver una analogía rápida y previsible entre esas subidas empinadas y esos descensos bruscos que van delineando el camino con los sinsabores y las alegrías que el no tan mero hecho de habitar este mundo nos va proponiendo. No encontrar en esas pequeñas historias a partir del encuentro con ocasionales compañeros de ruta, tan fugaces como indelebles, una serie de variaciones alrededor de la amistad y la solidaridad, sobre la sabiduría que da el arrastrar varias décadas sobre las espaldas. No cargar en ese remolque toda una serie de adjetivos rimbombantes y hablar de Una historia sencilla como una aventura quijotesca, un acto estoico, una fábula simple y directa sobre el devenir inevitable del tiempo, sobre su persistente huída hacia adelante.

Se puede decir que es la película misma la que habilita más o menos directamente ese tipo de lecturas (a decir verdad, todas las películas habilitan todo tipo de lecturas- desarrollarlas o no es otro tema, la crítica cinematográfica también puede ser, si quiere serlo, un ejercicio de ingenio sofista), pero si es por abarcar e intentar dar cuenta de la película de Lynch podría ser mejor, o al menos distinto, pensar en todos esos actos pequeños y concretos que están allí, ordenados regularmente sobre la ruta: menos en la línea recta como un todo que en los mojones que la van puntuando, menos en una mirada pseudo metafísica que intente explicarla que en la más pedestre condición material de los hechos, objetos y personas que la conforman. De ser así, Una historia sencilla es también, para empezar por algún lado, una película de máquinas que transportan: máquinas pre-digitales, pre-virtuales, un desfile de correas de transmisión y carburadores, gasolina, humo negro y frenos, pinzas y grasa en manos y cara. Si ellas median entre los hombres y el medio (y su medio), en el Medio Oeste (todo campo sembrado y Biblia, juke box y pasteles enfriándose en las ventanas) los tractores y los autos, las camionetas y las podadoras no sólo son la condición necesaria para poner en marcha la aventura, sino los catalizadores de las relaciones entre las personas, y, tal como Alvin le dice al vendedor de la podadora en un diálogo memorable que hasta el propio Ford aplaudiría con ganas, hablan también de y por aquellos que son y fueron sus dueños, en el cariño y el cuidado puestos sobre ellas. En ese entramado que une máquinas y hombres se cifran un espacio y un tiempo puntuales, una carnadura sólida y palpable.

Pero la película es bastante más que un catálogo vintage de John Deere. Y lo es porque si las máquinas funcionan como un medio entre el hombre y su mundo (una manera de estar y de apropiarse de él) es porque, justamente, lo que hay son personas. Se podrá argumentar, más como crítica negativa que como justificación, que esos rednecks pasados por el tamiz de Disney no son los de este mundo, que poco tienen que ver con esa masa anónima y silenciosa que, entre otras cosas y por hablar de política y elecciones, entronizó a Bush junior en su momento y a otros personajes de su calaña antes y después que él. Pero ese es precisamente el punto: que la película se asienta menos en la declamación de una fe conservadora que en la terquedad de una premisa libertaria (el propio Lynch siempre fue bastante ambiguo en sus declaraciones sobre el tema, aunque eso poco y nada debería importar): la mostración de un mundo que tiene los modos y las conductas de un paraíso perdido, un paraíso que quizás nunca existió, y que por eso mismo añoramos tanto. Un mundo más confiado, de parroquianos sentados al atardecer en las puertas de las casas, de conocimientos mutuos y profundos, de pocas palabras y de hechos. Porque ese vecino que es toda comprensión y apoyo al costado de la ruta (un “buen hombre”, esa categoría tan despreciada por el cine actual), ese viejo compañero de armas recién conocido con los mismos dolorosos recuerdos enquistados del pasado, la chica fugitiva a la que se le ofrece algo tan básico y tan olvidado como un simple plato de comida, un lugar donde dormir y la compañía de una charla en la noche estrellada; todo eso parece contar como esbozo de una premisa: que haya o no un Dios (adquiera el nombre que adquiera, o adopte la forma que adopte, en definitiva cualquier ente o concepto que pueda reunir todo lo que de bueno tiene el ser humano) no tiene demasiada importancia. Que lo que importa no es su presencia en los hombres sino que esté entre ellos. En su sencillez y su clasicismo, el film sobre Alvin Straight es una puesta en acto que habilita la posibilidad de ver en funcionamiento esos intersticios amorosos.

En todo esto pensaba mientras volvía en auto de Córdoba a Buenos Aires, viajando con mi hermano. Él y la ruta: las conexiones entre la película y mi vida, en ese preciso allí y entonces, aparecen ahora más evidentes. También Una historia sencilla es una película sobre el amor fraternal, ese esforzado vínculo que es bastante menos natural que el que se tiene con los padres (haciendo el esfuerzo de suponer que existe alguna entelequia llamada amor natural); menos consentido que el que se construye con los amigos, y que justamente por eso adquiere una cualidad y una intensidad únicas. Pensaba en eso, y en las relaciones posibles entre las películas y la vida, en las razones por las cuales miramos cine y, más aún, por qué escribimos sobre él: cada uno tendrá la suya, aunque las explicaciones son más o menos conocidas, desde usarlo como un pasatiempo o alguna forma de evasión por un lado, a creerlo apenas la confirmación de una teoría externa, la graficación de una idea que la precede y que, por eso mismo, no necesita del cine (o lo vuelve intercambiable), por la otra. Personalmente no adhiero a ninguna de ellas, y prefiero creer que las películas están allí y justifican su existencia solo si son capaces de conectarnos con el mundo real, si pueden establecer un ida y vuelta entre éste y lo visto en la pantalla, una forma de aprendizaje o de iluminación, una manera de dotarnos con herramientas para habitar este mundo y relacionarnos en él. Una pedagogía que, obviamente, no excluye ni la diversión ni la emoción. Mientras avanzábamos por la ruta pensaba en que de alguna manera ese es un mecanismo posible a poner en funcionamiento cuando estamos frente a la pantalla: que las imágenes puedan disparar alguna forma de diálogo con nosotros mismos que nos posibilite adelantarnos a la vida real, o atrasarnos, o ir a su lado. Una dinámica que nos permita salir de la vida tal como la conocemos, pero sólo para tomar fuerzas y, con un poco de suerte y perspicacia, tal vez alguna sabiduría, poder volver a entrar en ella con una perspectiva mejor. Quien haya llegado al cierre de este texto rutero se habrá dado cuenta: finalmente yo también caí en la tentación, aunque en mi defensa puedo decir que el que avisa en el primer párrafo no traiciona. Porque las imagenes de la vida y la ruta, de los compañeros, del camino como forma de aprendizaje nunca dejaron de estar ahí, tan ahí, listas para ser usadas.

(*) Publicado en Tendencia Groucho, Julio de 2015

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