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Tiempo de lectura: 5 minutosLas películas me hablan a mí

Por David Obarrio

¿Qué veo en una película? ¿Qué es eso que me atrae, me fascina, me captura? Siempre es difícil esa parte. La instancia en la que las imágenes deben volverse un todo ordenado en la cabeza para poder ser explicadas; su placer trasmitido; su fuerza o su poder convertidos en argumento o en razón para los demás. Es la burocracia del crítico profesional, el trance un poco sombrío mediante el que un goce supremo, a veces inadmisible, se debilita sin remedio cuando hay que obligarlo por oficio a ser razonable, a que se justifique, a que comparezca ante el tribunal de faltas y se excuse, diga todo de sí y se defienda. Pienso que en realidad el espectador, si tiene suerte, ha encontrado un tesoro, algo que se ha generado en la sala de cine, o en la oscuridad del cuarto en el que titila una pantalla, que toma verdadera forma para él solo, que brilla y respira con modales no siempre contemplativos: cuando decimos que una película nos pegó, nos shockeó o, simplemente, nos atrapó, todas expresiones de lo más corrientes, no se alude precisamente a una sensación apacible. “Me encantó esa película, me hizo mierda”, es una frase común, que no desentona saliendo de la boca de cualquier aficionado al cine. De manera que las imágenes me pertenecen en virtud de la relación íntima que establecí con ellas, esas cosas que sentí viéndolas me pasaron a mí. El cine es mío, la emoción es mía. La película me hizo algo.   

Las películas que más me gustan no tienen mayor explicación. Tampoco son películas que me proporcionen confort, que me den la sensación de que alguien me palmea la espalda, o me hagan sentir bien de un modo convencional. Las películas que me gustan no siempre son amigables. Cuando era chico y veía películas en televisión, las imágenes eran capaces de trasmitir el placer terrible de lo desconocido, de sugerir la idea de un acechanza latente en las vidas de adultos desconocidos, en las experiencias ajenas a mi cotidianidad que latían con arrogancia en otros países, en otros ámbitos, en rincones ocultos de un mundo vasto, casi siempre incomprensible. Cuando vi Melody llegué de forma temprana a la conclusión de que el amor era algo insensato. Una cosa embriagadora y quizá temible. Cuando el chico y la chica protagonistas se miran de verdad por primera vez ya saben todo. No entienden nada, pero intuyen al instante que han sido atrapados: consumidos de repente por una desazón prehistórica, saben en qué juego están; saben que no tienen fuerzas para oponerse. Saben, en fin, que eso que no pueden nombrar, sencillamente, los conduce. El amigo del chico mira aterrado la escena de ese encuentro de perdición. Enseguida, colérico y lloroso, se pone a gritar mientras los dos protagonistas se agarran de la mano y salen corriendo. Yo miraba eso por televisión a mis diez años y no alcanzaba del todo a identificar qué pasaba, cómo podía ser aquello, qué extraños elementos sueltos en el aire daban lugar a una escena tan rara y arrebatadoramente atrayente a la vez. Nunca fui partidario de las montañas rusas ni de artefactos  de ese tipo en los que a uno lo revolean por el aire, pero lo cierto es que los niños conocen bien el poder fascinatorio de las cosas que nos dan temor y nos atraen al mismo tiempo; ese placer sutil del miedo convertido en juego. Esa ventana abierta que promete el encuentro con cosas ocultas y quizá peligrosas, el territorio inexplorado en el que patrullan fantasmas y el desconcierto es un vértigo que nos envuelve sin delicadeza y en secreto nos deleita. 

Es justamente frente a la pantalla que trato siempre de recobrar, quizá sin esperanza, pero también sin descanso, los ecos perdidos de una especie de espectador primigenio, que mira todo como por primera vez y encuentra en el cine no un refugio sino un boleto hacia un universo cuya comprensión cabal está siempre un paso más allá, lejana aunque no inalcanzable. Dicho de otra manera: me gusta sentir que no entiendo del todo lo que veo, que me puedo perder en las imágenes, que la película se me vuelve extraña. En las películas que prefiero me siento indefenso, preso de un cierto arrobamiento, un poco a la intemperie, como frente a un flujo de efectos, emociones y estímulos acaso injustificables, que no deben obediencia a ninguna plantilla de buen comportamiento, que no ceden a tentaciones didácticas de ocasión ni forman parte de la reconciliación optimista entre el carácter insondable de la existencia y el espectador.

Me gustan películas de muchas clases, me debo a la voracidad sin consuelo del cinéfilo: me gusta La cifra impar, me gustan El escuadrón suicida, The Long Good Friday, Rio Grande, Marnie, Punto Límite, Don Fulgencio, Los chantas; Me gustan los personajes Catita y Goyena; me gusta la malevolencia de los melodramas fotografiados por Gabriel Figueroa; veo todas las películas que encuentro en las que está Alberto Sordi o el joven Luis Sandrini, el desarrapado que espera contra toda evidencia que la fortuna se vuelque de su lado. La enumeración puede prolongarse; la lista es larga y su detalle inconducente. Pero las películas que más me gustan son aquellas en las que encuentro un plus de incandescencia, una rareza, un desquicio misterioso, incluso un paso en falso: las que me hablan en una especie de idioma extranjero, las que parecen estarme dedicadas porque establecí con ellas un pacto intempestivo, acaso irrevocable, cuyos términos no siempre puedo identificar con claridad. 

A todos nos gustan determinadas películas, pero no por las mismas razones. Hay emociones que se dirigen a nosotros directamente. Tenemos momentos exclusivos, estremecimientos propios, palabras que nos hablan al oído. Hay imágenes que nos pertenecen, que solo nos importan en forma personal. ¿Quién más vio, en Los intocables, la mano que desliza (y enseguida saca, con un pudor de otro mundo) el personaje de Andy García entre el cuerpo agonizante de Malone y el de Eliot Ness, que se inclina hasta casi yacerle encima como en una pietà vuelta del revés, en la que el hijo asiste al padre? ¿Y los parpadeos sobresaltados y el temblor del cuerpo de Mary Stuart Masterson ante el ruido de los disparos que honran a los soldados en Arlington en el plano medio con el que culmina el paneo sublime del comienzo de Jardines de piedra? Las cosas que se nos quedan fijadas de las películas obedecen a una lógica endiablada, que escapa con demasiada frecuencia a la potestad de sus responsables. Ellos no saben del todo de qué se trata. Nosotros tampoco. Las películas tienen sus propias razones. Las películas no se doblegan. Las películas dicen lo que quieren.  

Tengo la seguridad de que si algo existe es una zona regia en la que las películas amadas navegan con autonomía; se mueven como si una inspección minuciosa de sus procedimientos, de sus intenciones, de sus trucos y astucias estuviera por fatalidad destinada al fracaso. Para contrariedad de los espectadores de cine renuentes a deponer sus credenciales de químicos, de funcionarios, de gendarmes, de despachantes de aduana, celosos de un arsenal cartográfico que exige como garantía de satisfacción el despliegue de la plena conciencia y la seguridad analítica de lo que en pantallas diversas se agita y habla – ese juego viejo de luces y sombras, esa forma que baila -, las películas que adoptamos, que hacemos nuestras, las películas que más queremos, en verdad nos hacen suyos: sin miramientos ni rendición de cuentas. Se evaden del juicio, pero juzgan nuestra paciencia, nuestra capacidad de entrega, nuestros prejuicios, nuestra voluntad de zambullirnos, atenazados y atónitos, en eso que todavía se llama una experiencia. La experiencia con el cine del espectador embriagado es un asunto serio, sujeto a las reglas de una intimidad escandalosa, difícil de transferir si se quiere evitar una antología de malos entendidos, de incisos melancólicos y de insatisfacción. Las mejores películas son las que escapan a mi comprensión, aquellas que desdeñan mis objeciones porque han franqueado el límite indescifrable más allá del cual las justificaciones no tienen sentido alguno, puesto que llegan demasiado temprano, o se demoran de manera infinita, rumiando para sí la sospecha de su insolvencia, lo que equivale a decir: de su vanidad. Las películas más valiosas, las que atesoramos, son las que renuevan la esperanza de un acuerdo secreto en el que renunciamos a entenderlo todo para reconocernos a nosotros mismos. 

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