Batman, el centinela de la noche (The Dark knight)
EE.UU., 1994, 142′
Dirigida por Michael Mann
Con Alec Baldwin, William Petersen, Debra Winger, Brad Dourif, Martin Sheen, Joe Seneca y Denholm Elliott

Las diversas formas de la injusticia

Por Federico Karstulovich

Acaso el Batman más oscuro e incómodo de la historia tenga una historia que merezca contarse. Luego del fracaso fenomenal que supuso la inexplicable Superman Reborn (Tim Burton, 1993), extraño pastiche entre los logros de las primeras dos Batman (1989 y 1992), y los primeros largometrajes de Burton, el crédito para el director de Beetlejuice fue puesto en juego, dejando a sus carrera pendiendo de un hilo. Con la necesidad de ahondar en las posibilidades del personaje que le había traído buenos dividendos, Warner hace una movida inesperada y contrata a un director que no estaba en los planes. Michael Mann venía de un sonado fracaso (El último de los Mohicanos, de 1992), pero su desempeño en televisión (como responsable de División Miami Historia del crimen), sumado a los logros de Manhunter (1986) lograron el milagro: detener el proceso de la que parecía ser la siguiente película del director, un aparente policial extravagante con un duelo entre policías y ladrones. Como sustituto, Mann se entregó de lleno a un proyecto que, si bien inicialmente llegó como un puro encargo, terminó siendo una de sus películas más personales.

Batman, el centinela de la noche (nombre horrible que le dio la distribución en Argentina a la mucho más poética The Dark Knight) no puede ser sino catalogada de milagro cinematográfico, precisamente porque supo encontrar a una serie de artistas en estado de gracia: por un lado un director con un mundo oscuro ingresando de lleno en una ciudad gótica veraniega e inesperadamente calurosa (como si el origen californiano del mundo del director precisara dejar marcas), al mismo tiempo con un Batman inserto en una espiral de violencia y sadismo que logra que no reconozcamos a Baldwin detrás de la máscara. En ese marco, el Guasón que construye Dourif (normalmente un actor acostumbrado a sobreactuar reiteradamente) es la perfecta contraparte: hablamos de un criminal que casi ni expresa emoción alguna. Y que cuando lo hace utiliza un despliegue físico inusual. En esa oscilación, las drogas de distinta índole (por primera vez vemos al personaje de DC consumiendo cocaína para mantenerse en pie luego de las diversas magulladuras propias de los enfrentamientos con el clan de asesinos del Guasón) son moneda corriente. Y es que en el mundo del Batman de Mann, no hay otra salida que poner el cuerpo y tolerar ir rompiéndose de a poco. Por eso es interesante el modo en el que el director aprovecha la nulidad de recursos actorales de Petersen para construir una suerte de muñeco de torta en busca de justicia, como si en efecto la ley y las instituciones fueran posibles en ese mundo que se desarma por el crimen del bajo mundo, sí, pero fundamentalmente por la criminalidad de los espacios de quienes detentan el poder. Es así que Mann no escatima en mostrar -con una elegancia que omite la exhibición de atrocidades- cómo el abuso de poder, la pedofilia, el consumo de estupefacientes y, como último, el tráfico de personas, son el principal negocio que mantiene en pie a Ciudad Gótica, que en el cine de Mann tiene menos del código expresionista de Burton que de la incomodidad de un Ferrara (incluso podemos rastrear referencias que conectan a esta película con El rey de Nueva York). Todo esto en el marco de una ciudad pegajosa, sucia, de cielos grises, pero también rojizos, exaltados incluso en la subexposición que caracteriza a la direccción de fotografía del cine del director. La Ciudad Gótica de Batman, el centinela de la noche es una ciudad depresiva, hija del desempleo y la expulsión del sistema, siendo de paso, una de las pocas películas que se le anima al imaginario demócrata de la era Clinton.

Nada de lo que sucede en el cine de Mann escapa, por lo tanto, al viejo y querido sistema de duelos. En este caso se presenta una tercera opción, que es la del mencionado (y ridículo) personaje que interpreta Petersen. Pero lo más interesante es que el director integra a la adaptación de la novela gráfica una segunda referencia, que es la extraordinaria The Killing Joke, que ingresa en el circuito autoral de Mann como anillo al dedo. Con esto me refiero a que en el cine del director toda oposición de términos en un duelo es perfectamente reversible. Por eso, y siguiendo con otros duelos de sus películas anteriores, al integrar la citada novela gráfica, lo que hace el director de The Keep es deconstruir al héroe a la vez que a su antagonista. Somete a ambos a una suerte de careo filosófico que termina en una extraordinaria escena, que seguramente sea recordada como punto fundacional de una futura historia del cine de superhéroes: la extraordinaria escena de las linternas, que demuestra que tanto Batman como el Guasón no son otra cosa que la cara expuesta de un sistema de falsedades, iniquidades, asimetrías. Ese desenlace con ambos riendo, frente a un precipicio, sometidos a a risa cómplice mientras Dent (Petersen) sobrevive con su rostro quemado en un hospital sin saber que sus enemigos han decidido pactar una tregua durante una noche, es extraordinario. En es encuentro final, la mentira del proyecto legalista del liberalismo y la revolución anarquista se dan la mano figurada e intermediada por ambos personajes.

Así y todo, Batman, el centinela de la nocheno carece de problemas (algunos de ellos repetidos en Mann) como es la constante presencia de subtramas que desbordan el foco del centro: la revelación del absurdo detrás de la psicopatía de llevar a cabo la ley por mano propia. En ese sentido el Batman de Mann nos retrotrae a la vieja historia del personaje, pero también lo dimensiona en su justo lugar: estamos frente a un psicópata que lo único que puede hacer es forzar a el mundo a actuar según sus parámetros. Esa limitación del personaje, su desesperante (y desesperada) necesidad de reivindicarse frente a vaya uno a saber quién (porque si algo tiene de perturbador este Batman es que se parece más a un adicto en abstinencia que a un superhéroe) lo convierte también en un héroe de su tiempo: vivimos en un mundo sin justicia, sin ley, sin instituciones. Es un mundo hecho de aire y relatos para niños. Bueno, este mundo que presenta Mann es un cuento oscuro para adultos no pueriles. Un mundo en el que las injusticias existen. Y como si se tratara de una versión ridiculizada de Harry el sucio, lo único que queda es una parva de psicópatas buscando convencernos de que la solución final es en enfrentamiento cara a cara con las propias limitaciones. Como si fuera una formulación borgeana, al mejor estilo de “La muerte y la brújula”, Batman y el Guasón son aquí Lonnrot y Scarlach. Son figuras finitas en un laberinto infinito de mal cotidiano. Mann no volvería a esta cumbre. Y el cine de superhéroes acababa de encontrar su película maldita: un nacimiento y un aborto al mismo tiempo.

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