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Tiempo de lectura: 3 minutosMemorias de un asesino: las cintas de Nielsen

Por Pedro Gomes Reis

Memories of a Murderer: The Nilsen Tapes
Reino Unido, 2021, 84′
Dirigida por Michael Harte

Insomnia

La falta de sueño hace experimentos con nosotros. Por eso, cuando sobreviene el insomnio, también se puede tomar al toro por las astas.
Recuerdo esto cuando me retorna de la frase que alguna vez leí a un querido crítico que dijo “te tomó casi una década ver completa La aventura“. Si, se refería a ese dispositivo que pergeñó Antonioni, que le dio (junto a otras) una capa de protección a su cine de modo tal que lo volvió a prueba de balas. Pero algunos cinéfilos tenemos balas de plata que atraviesan las superficies más duras y blindadas, asi que quienes no nos llevamos demasiado bien con la obra del director de Las amigas, nos imaginamos en la misma situación: intentando ver una película que atenta contra nuestras cervicales gracias a los convenientes cabezazos que le extendemos a nuestros acompañantes a la experiencia de un cine sofisticado pero sin vida, como el del talentoso Michelangelo.

Todo esto viene a que en el mes de agosto decidí llevar a cabo un experimento con una película que lanzó Netflix, un documental de crímenes reales, de esos que cada tanto abordamos. Lo hice (mea culpa) a sabiendas que iba a atentar contra la película que estaba a punto de ver. En qué consistía? Para quienes somos insomnes, la zona de las 3-5 am es la zona de peligro por excelencia. Lo es porque, si encima se trabaja al día siguiente y se decide no tomar ningún fármaco para regular el sueño, nos deja expuestos a poco descanso cuando el nuevo día comienza. En ese rango me propuse ver una película hasta el límite de mis posibilidades y luego caer rendido. Yo sé que es raro que se me extienda mi insomnio más de ese par de horas límite. Bueno, frente al límite en cuestión, me dispuse a mirar la película y anotar cosas entre el sueño y la vigilia, como si se tratara de un crítico principiante embriagado asistiendo a una función de festival de trasnoche. El resultado no es lo que sigue (los privaré de semejante genialidad: edité el material para que no resultara un ejercicio lisérgico). Lo que sigue, en todo caso, es producto de haber visto la misma película (o sus parcialidades) más de 16 veces a lo largo de unas tres semanas. Una serie de viñetas disconexas. O no.

No, no la he vuelto a ver. Tampoco se trata de una película que me haya provocado somniolencia. Se trata de una víctima del experimento, que de paso me permitió pensar que ver una o muchas veces, ver con mucha o poca atención, con o sin sueño, también es parte de la experiencia audiovisual de todo cinéfilo. Porque las tablas de la ley de la cinefilia no existen. Solo tenemos nuestra libertad, nuestra puesta de cuerpo y mente. Y que salga todo lo que tenga que salir.

La experiencia de haber visto Memorias de un asesino: Las cintas de Nielsen (no confundir por favor con la obra maestra de Bong Jon Ho) no se aparta demasiado de los documentales criminales de Netflix. Es, más bien, parte de la especialidad de la casa. Aunque en esta ocasión hay un as escondido en la manga, que se preve a varios kilómetros de distancia. Es un documental sobre los crímenes o sobre la vida en los márgenes siendo pobre y homosexual en los suburbios londinenses? No cuesta mucho darse cuenta que la segunda opción es la que le importa a la narrativa, por eso se nos omiten diversos detalles.

Los espejos. Una diversidad de espejos y desplazamientos sobre laterales, incluyendo paneos, indican que nos vamos a correr del eje de frontalidad. Sin particular exigencia, sumamos los planos laterales a los personajes entrevistados y son mayores a los frontales. Y no, no hablo de planos en escorzo. Laterales, como si en los discursos tomados hubiera una serie de planos de lenguaje entre el entrevistador y en interlocutor, planos que la cámara intenta captar como capta la mugre que flota en el aire ante los haces de luz natural o ficcionada. La luz también habla por esos personajes.

El personaje central del plot-twist deMemorias de un asesino: Las cintas de Nielsen no es el asesino en cuestión ni sus mugrosas cintas. No estamos ante Mindhunter y su juego de opacidades para configurar perfiles psicopáticos y clínicos del mal. Aquí el mal se identidica con bastante claridad. Exagerada, debería decir, porque precisa invocar a las brujas del aquelarre familiar que configuró la oscuridad de la mente del asesino. Eso quiere decir que la misma película apela a sacarse de encima la molestia y el mal del psicoanálisis…invocándolo. Por eso hay algo que bordea el engaño en esta película que juega con contarnos crímenes con lujo de detalle para luego sustituir a la liebre por el gato.

Memorias de un asesino: Las cintas de Nielsen se mueve con comodidad entre sus pares de la plataforma (y de otras) porque su corrección política (el señalamiento de una época, una comunidad, un contexto, una supervivencia azarosa) también narra la tranquilidad del presente. El siglo XX se conforma, película a película, serie a serie, como una pesadilla infinita de la que el siglo XXI nos ha sacado con fuerza y denuncias. En este punto, la serie hace todo lo que debe hacerse con el pasado y con las pesadillas para la corrección política: señalar, designar, cancelar. Y olvidar. El presente es el mejor de los tiempos, sostenía Pangloss en Cándido, de Voltaire.

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