Moonrise Kingdom: un reino bajo la luna (Moonrise Kingdom)
EE.UU., 2012, 94′
Dirigida por Wes Anderson
Con Bruce Willis, Edward Norton, Bill Murray, Frances McDormand, Tilda Swinton, Jared Gilman, Kara Hayward, Jason Schwartzman, Bob Balaban, Harvey Keitel.

Espíritus sensibles (*)

Por Fernando E. Juan Lima

Sra. Bishop: Lo siento, Walt.Sr. Bishop: No es tu culpa. ¿Por qué heridas te estás disculpando, específicamente?
Sra. Bishop: ¿Específicamente? Por aquellas que todavía te duelan.
Sr. Bishop: La mitad fueron auto-infligidas. Ojalá el techo se abriera y fuera enviado al espacio. Estarías mejor sin mí.
Sra. Bishop: ¡Dejá de sentir pena de vos!
Sr. Bishop: ¿Por qué?
Sra. Bishop: Somos todo lo que ellos tienen, Walt.
Sr. Bishop: No es suficiente.Sra. Bishop/Frances Mc. Dormand y Sr. Bishop/Bill Murray, cada uno en su cama individual, al lado del otro, hablando antes de dormirse (Moonrise Kingdom, la traducción me pertenece).

Este año, al cubrir el Festival de Cannes, lo dije desde el día 1, cuando, tratándose de la película de apertura, temía que todo lo que viniera después supiera a poco (acá lo dicho en el fárrago del día a día del festival). Lo confirmo ahora tras volver a verla. Moonrise Kingdom/Un reino bajo la luna es una gran película, y Wes Anderson (W.A.) consigue acercarnos nuevamente a su mundo sin caer en el plagio o reiteración de su propia obra ni en la auto-indulgencia.Otra vez parezco estar en minoría. Ello no obstante, aun quizás poco convencido de mi postura y argumentos, el Sr. Jefe de Redacción acepta (con elegante desgano, muy propio del mundo de W.A., cabe decirlo) que escriba unas líneas sobre esta película para “espíritus sensibles”, en una exacta elección de los términos de su parte (más allá de su clara carga irónica).

El año es 1965, y en una isla de la costa de Nueva Inglaterra, un chico (Sam/Jared Gilman) y una chica (Suzy/Kara Hayward) de doce años se enamoran y realizan un pacto secreto para escaparse juntos. Mientras una violenta tormenta se prepara para azotar la isla, los padres de Suzy (el Sr. y la Sra. Bishop/Bill Murray y Frances McDomand), las autoridades (el capitán Sharp/Bruce Willis) y hasta los boy scouts (su jefe: Edward Norton) emprenden la accidentada búsqueda de los enamorados.

Veamos, desde lo temático, W. A. siempre vuelve con cariño al territorio de la adolescencia, al que ve como el lugar de la lucidez. Tras ese momento en que todo resulta claro, absoluto, nítido, el devenir de los hombres los lleva a quedar empantanados en la obsesiva reiteración de standards, mandatos, pautas, mantras. Lo que caracteriza ese momento, ese instante de verdadera inteligencia, es un análisis en extremo lógico y detallista hasta la obsesión que desnaturaliza lo habitual y hace normal lo exótico. En ese contexto (y en gran parte con base en la diferencia sustancial que implicaría pertenecer o no al aludido territorio), la familia aparece como un lugar de incomprensión (aun así, no exento de sentimientos profundos y nobles). Las reglas que rigen a la sociedad resultan un conjunto de decisiones innecesarias, caprichosas o inexplicables (el capitán Sharp parece ciertamente muy poco agudo, “Servicios Sociales”/Tilda Swinton bastante disociada de la realidad) que sólo encuentran alguna justificación en los paternalistas y bienintencionados raptos de quienes las imparten o se encargan de velar por su cumplimiento.

En Un reino bajo la luna es claro que desde ese precoz atalaya de lucidez (de ahí la importancia de los anteojos y los binoculares) se escruta con extrañado desgano un universo hecho de exóticos o anacrónicos atuendos, ritos y reglas. Como siempre, los planos fijos sirven para internarse en mundos que cuentan sin palabras; en ese universo que, con maldad, ha llevado a que algunos detractores de sus últimas películas lleguen a caracterizar a W. A. como un “decorador de interiores”. Sí, es cierto que uno quiere perderse en sus planos y que la construcción de los espacios es barrocamente compuesta, pero también lo es que ésta en modo alguno es meramente decorativa o superflua. A través de esta construcción se da carnadura, personalidad y profundidad a los personajes (Los excéntricos Tenembaum es la mejor muestra de ello). Y el relato de iniciación, la historia de amor, el drama o la comedia familiar y hasta los apuntes sociales conforman un entramado en el que, más allá de que resulte muy placentero perderse en él, efectivamente encuentra su forma de narración, su pulso, su ritmo, que desmienten la idea de la mera hipertrofia de la dirección de arte. En este sentido, en el concreto caso de Un reino bajo la luna, la música es la que puntúa y explica el devenir de la trama, marcando fugas, allegros y finales.

La pertenencia a distintas clases y los cruces entre ellas, el elegante hastío existencial de los menos necesitados y la relación con el nuevo mundo que propone el ajeno a toda pertenencia (un huérfano, Sam, al que ni sus compañeros scouts en principio aceptan) indican las diversas formaciones familiares y relaciones sociales sobre las que indaga y construye W. A. Así, el director parece dialogar con Tim Burton en lo que tiene que ver con el cariño hacia sus criaturas, aunque ellas pertenezcan a mundos distintos. El punto de encuentro cercano a lo freak no impide que advirtamos la diferencia que separa la oscuridad de personajes que no encajan del todo en el sistema (aunque luego, de alguna manera, convivan en su marco), tan típica de Burton, del tranquilo devenir cargado, si no de optimismo, de un particular dandismo para sobrellevar los inconvenientes o sinsabores de una vida algo más pedestre de la que cada uno imagina para sí mismo (que es lo que caracteriza a W.A.).

La figura de Bill Murray, como siempre es esencial y constituye ya casi un ícono del mundo wesandersoniano. Él aporta su presencia y estilo, más allá de los personajes que deba actuar; conservando su individualidad, que nunca se oculta del todo tras la de Herman Blume en Tres son multitud, la de Raleigh St. Clair en Los excéntricos Tenembaum o la de Steve Zissou en La vida acuática. Walt Bishop posee rasgos de sus tres predecesores (aun cuando, al mismo tiempo, difiera de ellos). La propia idea de acumular tantas estrellas en un film pero dejar el centro de la escena a los dos adolescentes se condice con el carácter elusivo de todos los personajes indicados. Más allá de que aparezca ahora más torpe e inadecuado, más triste y traicionado que de costumbre, Bill Murray se mueve como siempre a otro ritmo. Su elegancia, su parsimonia hasta la ridiculez, su irrenunciable dandismo (aunque se caiga en una zanja y se lastime la cara), parecen resumir la cosmovisión de W.A. Aun en las circunstancias más tristes, incluso en la resignación ante una realidad que nunca colma nuestras expectativas, algo atinente a no perder las formas, un particular savoir faire, permite modificar (para mejor) el mundo exterior. El diseño de ese universo es la expresión del mundo interno de los personajes que llevan la historia. Es así que, bajo la luz de la luna, para W. A. siempre habrá lugar para los únicos, para los raros, para los que –a pesar de todo- siguen el mandato de sus convicciones y sentimientos.

(*) Publicada en El Amante Cine, Octubre de 2012

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