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Tiempo de lectura: 3 minutosOkupas, 20 años después

Por Agustín Campero

Okupas es cada vez más grande. Por mérito propio y por demérito de lo que se puede ver, antes en la televisión abierta, ahora en el streaming. Si antes Okupas vino para superar la oferta del costumbrismo post Poliladron, ahora brilla frente a los opacos grises y adormilados. Entre el promedio cada vez más empobrecedor que regla la oferta de casi todo lo que se puede ver, del olor a fórmula y a moldes, a caminos seguros de espinas simuladas y guirnaldas de navidad, Okupas se impone por la autenticidad que se cuela por los poros. Okupas es rock. Un rock que ya es otra cosa distinta a la música y que aparece en otros elementos, que tenía un sentido de manufactura y de industria pero también de verdades inasibles pero sentidas, que atraviesan los cuerpos y que deambula entre nosotros, cuando estamos preparados y cuando tenemos baja la guardia. 

Okupas fue dirigida por Bruno Stagnaro, uno de los directores de Pizza, birra, faso, la primer película popular de lo que en aquel momento se denominó Nuevo Cine Argentino. Stagnaro llevó con la serie algunas de las novedades de la película, y de aquel conjunto de películas. Aquel nuevo cine de la patria trajo como variación producciones mucho más chicas en equipamiento y equipos de trabajo, temáticas menos pretenciosas, una consciencia superior del artificio y por lo tanto otra relación con la realidad y su pretensión de representación y asimilación del entorno. Otra consciencia del poder de la puesta en escena y para mí, muy especialmente, otro tratamiento de los sentidos, en especial aquellos a los cuales el cine podía asistir, el oído y el habla. De Rapado a Historias extraordinarias uno de los mayores aportes de aquel nuevo cine fue el uso de las palabras y de los ruidos, de la música y de las formas de asimilar el entorno sonoro. El nuevo cine fue lo opuesto a la naturalización propia del costumbrismo, porque se alejó de los estereotipos, los moldes y las imágenes de postal. 

Como había sucedido con Pizza, birra, faso, en Okupas casi siempre se valorizaron, antes y ahora, aquello que no las hacía especial. No es genial el realismo, no es de valor la muestra de marginalidad, no vale como denuncia social, no era original el uso del lenguaje tumbero en la televisión. No era relevante que se hable de una temática supuestamente oculta (que sean ocupas es apenas una anécdota), ni meritorio que se trafique una temática más seria y socialmente comprometida, ni que ponga luz sobre la la violencia social. Todo eso hubiese sido anestesiante, y Okupas no entumece. 

Hoy no funciona tampoco a modo de anticipo de lo que vino luego del 2001. No cuenta con rastros del devenir. Los personajes de Okupas son particulares entonces y ahora. Lo que sí hoy es deprimente es que todo el mundo de Okupas viviría peor hoy que entonces, la clase media y los pobres, los taxistas y el rotisero. 

Okupas usa a favor la realidad de lo que aparece en escena más allá de lo planificado, en medio de calles que continúan con su funcionamiento mecánico y repetitivo. Como contexto y escenario se cuelen las imágenes familiares de los paisajes de Buenos Aires y el conurbano sur. Un entorno que se mete como agua por la humedad de cimientos por donde se mueven los personajes. En la serie la realidad no es un tema, los temas son los habituales en los relatos clásicos en espejo con sus opuestos: la amistad y los enemigos, la felicidad y el peligro, la iniciación y la experiencia, el amor y la repugnancia, la astucia y la inocencia, la vida y la muerte. El vehículo y el mayo atractivo son los personajes, concentrados como núcleo entre los mejores cuatro amigos de la historia de la televisión (Ricardo, el pollo, el chiqui y Walter) y los otros personajes sencillos, profundos y contundentes: el negro Pablo, Peralta, la turca, el chino, Sofía y Miguel. Los personajes y los diálogos, precisos hasta incluir la improvisación y el azar en el marco de delimitaciones claras de cada personalidad, y las situaciones de vértigos. No hay ni un segundo de regodeo en la marginalidad ni en las situaciones tensas y de violencia, que conviven con un sentido del humor oxigenante y sofisticado, en especial en los personajes del chiqui y Walter, del chino y sobre todo de Peralta y sus amigos. 

La asfixia y la tranquilidad se construye no principalmente de situaciones, sino que las situaciones avanzan en un marco delimitado por el montaje y por el estilo de los planos y la iluminación: el encierro, la calle, el laberinto de la casa y su revés el laberinto de la ciudad, el subterráneo del edificio y las torres de Dock Sud. 

Las orillas de la serie están dentro del mismo continente: de clases sociales, de la ciudad y el conurbano, del sol y la noche, de lo legal y lo ilegal, de los que tienen códigos y los desleales. Si bien cada personaje pertenece al interior de estos límites, lo tenebroso de la serie es que todos son un poco todo eso, y al final lo bueno y lo malo se define por la lealtad y la honra de la amistad, el honor, la bondad y el grupo de pertenencia. También con caballos de Troya y expertos en ardides como claves de astucia para destrabar situaciones dramáticas, Okupas continúa el sendero de las grandes enseñanzas de La Ilíada.

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