Palavra e utopia
Portugal, 2000, 130′
Dirigida por Manoel de Oliveira
Con Lima Duarte, Luis Miguel Cintra, Ricardo Trepa, Miguel Guilherme, Leonor Silveira, Renato De Carmine

El arte civilizatorio (*)

Por Fernando Luis Pujato

… comprender el presente a través del pasado y
el pasado a través del presente.
Marc Bloch

Se ha escrito mucho acerca de la conquista de América por parte de las otrora orgullosas potencias europeas. Desde las ciencias sociales en general, y un tanto más específicamente desde la historia y la antropología se han emprendido toda una gama de investigaciones que se ocupan de las motivaciones ideológicas, políticas, religiosas, y económicas que sustentaron y precipitaron el arribo de los conquistadores-colonizadores a esta parte del mundo, como así también del impacto, en cualquier nivel sociocultural que se considere, que esto produjo en los continentes involucrados.
Mucho, también, se ha producido desde las artes en general. La literatura, la poesía, la música, la pintura han retomado el tema una y otra vez, poniendo el énfasis quizás en las mismas cuestiones que las disciplinas científicas, pero desde otros lugares, con distintos tonos y matices. La vastedad de todo esto no garantiza por sí misma que los resultados hayan sido o sean imaginativos, profundos, veraces, confiables. Pero al menos se lo intenta.
Sin embargo, es muy poco lo que se ha filmado. Si dejamos a un lado el western, apenas un puñado de películas tratando de apropiarse de un tema que pareciera ser patrimonio casi exclusivo de otros ámbitos de la imagen: 1492: La conquista del paraíso, de Ridley Scott, o el gigantismo de la conquista a ambos lados del océano; Aguirre, la ira de Dios, de Werner Herzog, o el delirio mesiánico de una travesía agónica; La misión, de Roland Joffé, o la celebración de la muerte heroica mediante la saturación de los planos con cruces solidarias y espadas cruentas.
Tal vez haya habido hasta aquí muy pocos cineastas verdaderamente preocupados por la historia. Uno de ellos es, sin lugar a dudas, el portugués Manuel de Oliveira. Aun sin saber nada de él, aun sin haber visto ninguno de sus más de sesenta films, Palabra y utopía nos lo demuestra, claramente. Pero ¿por qué la historia permea íntegramente el film de Oliveira? ¿Qué podemos ver en él? Y lo más importante: ¿cuáles son las elecciones formales que nos permiten acceder a esta preocupación del director? Porque aun cuando el film recorra más de medio siglo de la vida activa del sacerdote jesuita Antonio Vieira, aquello que lo estructura, en términos narrativos, excede una gesta individual y nos sitúa en el contradiscurso de la justificación de la conquista. Y también un tanto más allá de esto.
Los sermones -ponencias sería la palabra correcta, porque eso es lo que son- acerca del aprendizaje insoslayable de las lenguas nativas y de la vejez como estado realizativo en la vida de una persona, si bien están dirigidos en buena medida a la práctica sacerdotal de aquellos tiempos, pueden ser interpretados hoy, sin cometer un anacronismo, como informándonos acerca de todo lo que significa situarse imaginativamente en la forma de vida de los otros y mirarse retrospectivamente como una instancia colectiva que debe seguir ejerciendo una práctica vital crítica pese a la proximidad de un final irreversible. Y Wittgenstein y Séneca atravesando dialécticamente los siglos, inscriptos en imágenes cinematográficas, desafiando la rigidez normativa de la historia, de la historia del cine.
Lo mismo ocurre con la escena que muestra la contienda intelectual acerca de Heráclito y Demócrito, los descargos de Vieira frente al tribunal inquisitorio, las cartas dirigidas a la nobleza, los discursos ante los miembros de su orden. Lo que incomoda en Palabra y utopía no es el contraste entre la barbarie de una práctica conquistadora y el humanismo de una teoría integradora; es la actualidad de tales cuestiones.
Cuando Vieira declara que el problema “son y no son los indios”, es el siglo XVII el que nos dice que el problema son y no son los otros, el problema son y no son los inmigrantes, el problema, no el único, tal vez ni siquiera el más importante, pero sí el que no podemos ignorar bajo el pretexto de vivir en un mundo globalizado, es el facilismo de nuestra condena moral de la diferencia, y el aplastamiento de todo aquello que se interpone en nuestro camino evolutivo: nuestra praxis civilizatoria. Y no hay que ser creyente de ninguna orden religiosa o secular para que nos persuadamos de ello; solo debemos estar atentos al transcurrir de la historia, atentos al film de Oliveira.
Porque, en cierto sentido, Palabra y utopía resulta muy fácil de ver. No hay en sus planos la sobrecarga barroca que podría suponer retratar las cortes e intrigas palaciegas del siglo XVII, no se los asfixia con la crueldad instrumental de los tribunales de la Inquisición, ni se comprimen dentro de ellos los enfrentamientos y los contactos entre los ahora así llamados pueblos originarios y los soldados de la conquista, los del Rey y los de Cristo.
Todo esto, que de hecho está presente en el film, lo vemos simplemente en un par de secuencias despojadas de folklorismo nativo y foráneo, en mapas ilustrativos, en alguna que otra escena tribunalicia, en ese continuo deambular entre la colonia y la metrópoli, punteado por la vista de un océano sin galeones ni carabelas. Y pese a que Vieira era un sacerdote obediente, en cuanto a que respetaba las jerarquías, al menos hasta cierto punto, a los mandatos de su orden y de su iglesia, no hay en Palabra y utopía vistas de iglesias y de catedrales, escenas de comunión, de rezo, de expiación. La fastuosidad de la Santa Sede y el supuesto despojamiento comunitario de la Compañía de Jesús no son cosas que le interesen, realmente, al padre Antonio Vieira, al director Manoel de Oliveira.
Eludiendo la imaginería virtuosa, liberando los planos del exceso narrativo, tanto formal como discursivamente, la puesta en escena del film es recorrida estructuralmente por el sueño utópico de Vieira, que batallaba incansablemente para instalarlo como una realidad palpable en este mundo, pensemos lo que pensemos acerca de ese sueño. sin verse desbordada por el texto ni comprimida en los estrechos límites de un espacio concebido dramáticamente.
En Café Lumiére, una de las últimas joyas fílmicas de Hou Hsiao-hsien, un personaje graba los ruidos de los trenes en la ciudad de Tokio para que alguien pueda utilizarlos, otorgarles un sentido, un destino útil, en un hipotético futuro. Probablemente Palabra y utopía forme parte de ese legado, aunque Manoel de Oliveira, al igual que su símil sacerdotal dentro de la pantalla, nos advierte que el futuro está aquí, en el pasado de una conquista que alteró el orden del mundo, en el presente de un cine que altera nuestra percepción de los mundos.
Ver Palabra y utopía no es solo ver una lección de historia emergiendo de una lección de cine, es ver también, y principalmente, el incierto devenir de un proceso civilizador, poder vislumbrar que las alarmantes voces del ayer, que las inquietantes voces del hoy, todavía tienen cosas para decirnos, nos guste o no escucharlas. El problema hemos sido nosotros, el problema seguimos siendo nosostros.

(*) Publicado originalmente en Hacia lo que vendrá. Escritos desde el cine. Editorial Vilnius. Córdoba, marzo del 2014.

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