Robin Redbreast
Reino Unido, 1970, 76′
Dirigida por James Mac Taggart
Con Anna Cropper, Amanda Walker, Julian Holloway, Freda Bamford, Bernard Hepton, Andy Bradford, Cyril Cross, Robin Wentworth

Los piratas hacen la mejor televisión del mundo

Por Claudio Huck

La televisión inglesa de los años 70 dio varios ciclos de unitarios de terror que se encuentran entre lo más sobresaliente del telefilme clásico: Dead of night, Beast, A play for today, o los especiales de navidad de la BBC (A ghost store for Christmas). Si bien todas estas obras tienen en común la utilización de mínimos decorados (sobre todo interiores) y pocos actores, intentan escapar del concepto de puesta en escena teatral utilizando un montaje dinámico, profusión de primeros planos para expresar los sentimientos de los personajes y el uso metódico del fuera de campo. Los realizadores televisivos son artesanos con un oficio envidiable y no podemos pretender que impongan su impronta a las obras de la misma forma que lo hace un cineasta, las particularidades del medio y la velocidad de resolución del plan de grabación, que incluye la pre y post-producción de apenas unos días, exige rapidez y una cierta impersonalidad. Los telefilmes deben estructurarse en bloques que permitan los cortes comerciales y además producir pequeños momentos de intriga hacia el final de cada segmento que dejen en vilo al espectador, que no debe cambie de canal y esperar atento la resolución después de las propagandas. Fueron concebidos para ser efímeros, apenas una o dos emisiones. Factura veloz, rédito comercial, y a otra cosa. Que hayan existido creaciones de la envergadura de la que hoy rescatamos se debe a la calidad de los actores, que no disponían de mucho tiempo de ensayo y aún así lograban composiciones destacadas, y de los técnicos, expeditivos y con gran pericia.

Robin Redbreast fue el primer envío del ciclo A play for today, y es una gema oculta, una suerte de cruce entre dos películas (magistrales también) que le son contemporáneas: Rosemary’s baby(El bebé de Rosemary– 1968) y The wicker man(El hombre de mimbre, Robin Hardy- 1973). Se dio en dos oportunidades durante el mes de febrero de 1970 y, como sucedió con muchas obras televisivas, el original en color fue borrado, sobreviviendo sólo una grabación en blanco y negro.

Vecinos confabulados, cultos tribales, sacrificios humanos, ceremonias de fertilidad, se van engarzando en la trama sin apuro, haciendo crecer primero el desconcierto y luego el pavor en la conciencia del espectador. Norah Palmer es una mujer de mundo, que escribe guiones para la televisión, es moderna y liberal, y acaba de romper con su pareja de varios años. Para recomponer su vida se muda a una casa de campo muy aislada en un pequeño pueblo de la campiña inglesa. La señora Vigo, que la ayuda en la casa, o el entrometido vecino Fisher, con su charla enigmática, van tratando de iniciar a Norah en las costumbres rurales. La noche en la que el joven Robin viene a cenar a la casa, ocurren una serie de sucesos extraños que desembocan en que el muchacho se quede a dormir, tengan sexo, y que Norah quede embarazada. A partir de ahí hay un enrarecimiento del clima, todos se entrometen en ese embarazo y quieren a toda costa que nazca ese bebé, como si fuera importante para toda la comunidad.

Horror climático, más sugerido que concreto, y que brota de situaciones triviales como limpiar un pollo en la cocina, un pájaro que queda atrapado, una piedra misteriosa encontrada por casualidad y que transmite cierto atavismo, o en los diálogos de los lugareños, siempre misteriosos, y que esgrimen un tono amenazante. El azar es la clave. Parece que las cosas ocurren circunstancialmente: el auto averiado, el tren que ya no pasa, el teléfono que se descompone, el ómnibus que sigue de largo, las cartas que no pueden ser enviadas. Norah conoce a Robin en el bosque cercano, de árboles altísimos y añosos, mientras el viento agita las copas y él realiza extraños ejercicios de entrenamiento, casi desnudo. Todo es raro y parece salirse de los causes de la normalidad. Es interesante como la ciudad se presenta como oposición a la vida rural, la opción moderna y salvadora frente al mundo rural, supersticioso y primitivo. Y como sucede siempre en el Cine Fantástico, lo esotérico sale vencedor en su disputa con el positivismo racional.

Lo que parece fortuito ha sido urdido de antemano. Hay un destino prefijado y una serie de hechos confluyen para que Norah no pueda abandonar el poblado hasta la Pascua, y la teoría conspirativa es lo más lógico en lo que se puede pensar. Mac Taggart (un nombre para tener en cuenta, para rastrear y descubrir) demuestra un dominio absoluto del lenguaje y el ritmo. El fuera de campo es el recurso que más utiliza y del que hace gala. No hay escenas de violencia y sin embargo la tensión es constante y la sospecha de algo terrible crece a medida que avanza el relato. Ayudan bastante los diálogos, trabajados e ingeniosos, del guionista John Bowen. Un par de interiores, algún exterior descampado, una decena de personajes, fue todo lo que necesitó Mac Taggart para construir esta maravilla televisiva. Austeridad en la producción y derroche imaginativo en la puesta. La ausencia absoluta de música incidental y su reemplazo por el sonido del viento crea un clima funesto e inquietante, y anuncia que algo abominable va a suceder. Lo mismo ocurre con la elección del punto de vista. Sólo sabemos lo que Norah conoce, y vamos descubriendo la trama a medida que ella lo hace (otra ligazón con El bebé de Rosemary). Solamente se la abandona en dos momentos: para enterarnos que Fisher es algo más que un entrometido y que está urdiendo un plan siniestro (la noche en que golpea a Robin) y cuando Norah se desmaya para revelarnos, a través del grito desgarrador que escuchamos en off, que ha sido consumado el sacrificio (quedando explicitado que los temores de la mujer eran no eran infundados).

Norah es interpretada por Anna Cropper, un rostro muy conocido en la televisión británica que pudo verse en producciones estupendas como Schomoedipus(con el gran Tim Curry), Nemesis(un estupendo capítulo de Miss Marple) o en la espeluznante The exorcism, historia de casa poseída de la serie Dead of night.

Uno de los planos finales muestra, por apenas unos breves segundos, a los vecinos conjurados vistiendo ropas ancestrales, una especie de visión alucinada de la protagonista que viene a indicar, a través de la mirada de la mujer que huye, que los hechos ocurridos a lo largo de la película corresponden a ritos ancestrales, situaciones que han ocurrido en el pasado, se replican en el presente y se repetirán en el futuro.

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