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Tiempo de lectura: 5 minutosThe Knick – Temporadas 1 & 2

Ariel Esteban Ramos

The Knick S01 & S02
EE.UU., 2014-2015, 10 episodios por temporada de 55′
Creada por Jack Amiel, Michael Begler & Steven Soderbergh
Con Clive Owen, André Holland, Eve Hewson, Juliet Rylance, Jeremy Bobb, Michael Angarano, Cara Seymour, Eric Johnson, Chris Sullivan, Grainger Hines, Zuzanna Szadkowski, Sean Harris, Matt Frewer, Maya Kazan, Ylfa Edelstein, Leon Addison Brown, Charles Aitken, Tom Lipinski, Lucas Papaelias, Frank Wood, Happy Anderson, Perry Yung, Jennifer Ferrin, Ying Ying Li, Suzanne Savoy, Richard James Porter, Blanca Camacho, David Fierro, Rachel Korine, Michael Nathanson, Molly Price, Michael Berresse, LaTonya Borsay, Reg Rogers, Johanna Day, Arielle Goldman, Annabelle Attanasio, Erin Wilhelmi, James Zeiss, Zaraah Abrahams, Danny Hoch, Collin Meath, Colman Domingo, Brian Kerwin, Gary Simpson, Ginger A. Taylor, Andrew Rannells, Stephen Spinella, Ben Livingston,Antwayn Hopper, Miranda Gruss

Procrastinación crítica

Por Ariel Esteban Ramos

Hace semanas que terminé o terminamos, en peristálticas y modestas maratones, las dos temporadas de The Knick., serie de época dirigida por Steven Soderbergh y producida por Clive Owen. Si bien la serie corresponde a 2014 y 2015, en el marco de esta pandemia eterna HBO tuvo la gran idea de incorporarla nuevamente a su oferta. La comencé a ver muy entusiasmado y le propuse la nota a mi editor, que también se entusiasmó. Ahora, desde hace aproximadamente dos semanas, recibo sus educadísimos mensajitos por WhatsApp reclamando la dichosa nota. No lo envidio, haciendo lo humanamente posible por recibir en fecha esos nuevos contenidos que diferencian a una revista digna del nombre de un blog triste y abandonado. El karma de lidiar con redactores. ¿Y por qué la demora? ¿Bloqueo, procrastinación, indolencia? Creo que la razón es otra, ese fantasma que acecha a todo autodenominado crítico: un día te pasa que disfrutás de algo con inocencia, con una mirada silvestre, casi infantil. Tuve que dejar pasar algún tiempo para reconstruir o inventar algunas variables de apreciación, para al fin poder compartirlas con ustedes. Superada esta vergonzosa confesión, compadézcase el lector y siga leyendo esta apología, con el multilingüe sentido de alabanza, de defensa y de disculpa. Les prometo que no me rebajaré a un acrítico “me gustó”.

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The Knick es una muy aceitada ficción multiplot que se organiza alrededor de un pionero departamento de cirugía en el hospital neoyorquino Knickerbocker desde el año 1904. Algún que otro flashback aparece para dar una pincelada o una clave a las historias personales. En este escenario se representa la evolución a veces errática pero siempre incesante de las técnicas quirúrgicas que hoy forman parte del arsenal estándar de la medicina que conocemos. El carácter ficcional le restituye a ese desarrollo tan técnico el drama de la pasión inventiva, su carácter revolucionario y su altísimo riesgo experimental, sin los cuales el tema sería más digno de The History Channel. Los personajes están basados parcialmente en algunos popes pioneros de la cirugía norteamericana, muchos de los cuales se formaron con cirujanos de primera línea de la Europa finisecular. En el circo del auditorio quirúrgico preparado para la clase magistral nos impacta la ausencia de guantes, de barbijos y cofias. Los impresionables sentirán que les baja la presión ante la posibilidad de que les abran las tripas en algo más parecido a la carnicería del chino de la otra cuadra que a un quirófano. Despachemos rápidamente un primer elogio: la representación del instrumental, los aparatos, el vestuario, los peinados, barbas y bigotes, la arquitectura, la infraestructura… todo es impecable. Una fiesta de la dirección de arte. Pero no se preocupen que no falta sexo, personajes de psicología perversa, morbo y todo eso que uno espera de HBO después de Game of Thrones.

Este centro de recreación histórica de The Knick irradia hacia otros temas de la cambiante metrópoli norteamericana, como el enorme afluente inmigratorio (cuyos problemas sanitarios se aprovechan para informarnos del estado incipiente de las herramientas de la infectología y la epidemiología), el desarrollo urbano, la llegada del subterráneo, la corrupción, la explotación, la prostitución, la drogadicción, la discriminación racial, la desprotección y degradación de la mujer… Se obtiene de este caleidoscopio una sensación similar a aquella de Mad Men, un espejo en el que mirar las continuidades, las diferencias y el origen de muchas prácticas que atraviesan la cultura contemporánea. Por supuesto, esta superposición podría parecer excesiva hasta para una serie, el enésimo artificio óptico de la filosofía de la corrección política para mostrar lo que superamos y lo que nos falta. ¿Por qué todo eso, a pesar de estar claramente en The Knick, no se come la serie para transformarla del todo en otro producto para el asentimiento biempensante?

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Cuando algo no anda bien, la culpa es del director. Pero si ese no es el caso, hay que reconocerle a Soderbergh (y a sus guionistas) lo suyo, el tacto fino para manejar a sus actores y el buen sentido del tempo. En segundo lugar, esta galería de novedades del pasado que se despliega con el correr de los capítulos tiene una documentación histórica encomiable que evita las estrategias y excesos tentadores del espejo del presente. Creo recordar un efecto similar que logra Rem Koolhas en Delirious New York, un librito muy simpático que recupera como de una cápsula del tiempo las curiosidades, la temporalidad revolucionaria y loca, incomunicable, de la historia social. Este efecto antropológico de distancia casi absoluta compensa cualquier predación fácil del pasado. De todas maneras, uno podría con todo derecho preguntarse si toda esa superposición desmesurada no resulta un tanto artificial; si no revela demasiado el andamiaje de las necesidades del formato serie, que para tener continuidad debe sorprender, divertir, informar (el credo del Topo Gigio, aggiornado). Me respondo con otro libro inusual y poco académico que por sus temas tuvo un éxito menor en el mercado latinoamericano: en «El Nacimiento del Mundo Moderno», Paul Johnson pinta en ochocientas y pico de páginas un fresco de los 15 años de relativa estabilidad que van del Congreso de Viena (que sella con el lacre del control social el fin de las guerras napoleónicas) al primer ciclo de las revoluciones burguesas. El racconto de los cambios científicos, tecnológicos y culturales es abrumador, y nos quedamos con la idea de un corto período seminal, la cuna de nuestro mundo de hoy. Por supuesto, este es el efecto de cualquier buen libro de historia, incluso los de sesgo periodístico: mostrar cómo todos esos caminos llevan a la Roma del presente, entusiasmarnos, llevarnos a otros tantos libros. Y por qué no, entretenernos.

The Knick, a lo largo de dos temporadas notables, hace todo eso, razón por la cual diré lo que anticipé que no iba a decir: me gustó. Lamento haberlos engañado.

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