El desencanto

Por Tomás Carretto.

En este 2017 bastante flojo a nivel cinematográfico hubo sin embargo una pequeña luz, una película que me hizo seguir creyendo en la supervivencia de un cine (lamentablemente cada vez más alejado de las salas) y cada vez más imprescindible para transitar el devenir de la existencia en un mundo cada vez más complejo y ambiguo: Manchester junto al mar, el tercer film de Kenneth Lonergan. Es la película que -considero- mejor envejeció de las oscarizadas en el ya lejano Febrero de 2017. Se impuso al lote de bodoques efectistas (Moonlight, Lion, Fences, Hidden Figures) políticamente correctos y de manierismos filmados con destreza, pero sin sangre (La la Land, Jackie, Loving) cuyas luces de neón invisibilizaron a Manchester junto al mar a la hora de los premios. El de Lonergan es un film noble y sincero, escrito y realizado con sentimiento, sin fuegos de artificio ni salidas de guión demagógicas, presente en la mayoría de la lista de los críticos que seguro la vieron crecer en su apreciación a medida que pasaba el tiempo frente a la falsedad artificiosa del resto, y con una actuación para la historia de Casey Affleck que se adelantó por milagro a la casa de brujas. Lamentablemente no figura en la lista de lo mejor de Perro Blanco a pesar de mi militancia fervorosa. Nadie es profeta en su tierra.

Decíamos que se va imponiendo un panorama del cine cada vez mas complejo. Con un futuro cinematográfico cada vez mas incierto y que no sabemos si va a seguir pasando por las salas, espacio reservado para las películas animadas o de superhéroes y los films b de terror. El cine hoy se consume en las pantallas de las computadoras, aunque una mayoría prefiera las ficciones anodinas de series cuyo único propósito es fidelizar espectadores la mayor cantidad posible de tiempo frente a la pantalla, en lugar de dejar un recuerdo memorable. Así como vienen se van, se esfuman de la conciencia y se pasa sin solución de continuidad a la próxima golosina en formato serializado. En los films que se estrenan en las salas, vemos con estupor un cúmulo de secuencias cada vez mas espectacularizadas, un virtuosismo de animación pirotécnico con historias cada vez peor guionadas que hace de las películas, coreografias sueltas en CGI sin una gran implicación emocional. Hay excepciones, ojo: ahí está Logan presente en mi lista, hecha a contracorriente de todo lo que describo arriba. Un superhéroe hecho con sangre y venas, con su costado humano y una historia familiar inescindible, con autoconciencia de la buena y un relato que recopila lo mejor de la tradición del western y el cine de acción.

Del otro lado están las series de tv, el reino de los guionistas, con sus tramas cada vez mas imbricadas, filmadas con parsimonia y solemnidad, y donde prima el dialogo y la resolución teatral de las escenas. Ficciones rápidamente olvidables a no ser por la utilización de algún tema músical (con eso jugaban mucho las módelicas Breaking Bad y Mad Men), pensado para satisfacer a un público mas melómano que cinéfilo.

Alguno planteará la excepción de David Lynch y su regreso con Twin Peaks. Pero Lynch parece abocado a jugar con su propia pelota, en un dialogo sordo con el mundo, puro juego estético con sus criaturas en su propio universo, donde el extrañamiento -cada vez mas exacerbado- y el enigma, es una forma de huir hacia adelante, como un boxeador que rehúye de la pelea para mantener su récord y su bolsa, a la manera de Floyd Mayweather, una autentica criatura lyncheana. Era mas divertido el cine de Browning. Y no tengo ganas de perder el tiempo.

Frente a este panorama desahuciante se erigen un puñado de películas que resisten los embates estoicamente. La mayor parte de ellas tienen por tema la familia y su mundo relacional. Aunque no la típica familia disfuncional, ya estereotipada por guionistas poco imaginativos. Sino ideadas por directores nobles que piensan el mundo a partir de su red de relaciones. Todas las familias felices se parecen unas a otras; cada familia infeliz es infeliz a su manera escribió Tolstoi. Allí mujeres maduras y sensuales, separadas de sus maridos (Isabelle Huppert en Elle y El Porvenir de Mia Hansen Love, Juliette Binoche, en Un bello sol interior), deseantes de seguir viviendo experiencias sexuales y sentimentales gratificantes. Hombres desbordados por la enfermedad -Joe (Kyle Chandler) en la mencionada Manchester junto al mar– o agobiados ante los mandatos sociales que no pueden cumplir -Lee (Casey Affleck)…si, en el film de Lonergan o el Percy Fawcett de Charlie Hunnam en la enorme The lost city of Z del gran James Gray, película que lamentablemente fue prometida pero que finalmente no pasó por las salas.

El amor entre hermanos frente al dolor (Pinamar, de Federico Godfrid, una de las pocas películas argentinas hecha con sentimiento y conciencia cinéfila) y en un mismo sentido la solidaridad entre pares (Amantes por un día de Garrel, nunca estrenada y postergada una infinidad insultante de veces). La complicidad de padres e hijos (The lost city of Z, Logan) en tránsito místico o esa paternidad/maternidad que no se puede terminar de asumir (Elle, las mencionadas Manchester frente al mar y Amantes por un día, y también uno de los no estreno del año Los Meyerowitz) a pesar del amor frente a los demonios propios. El fantasma de la perdida, el dolor de la tragedia (además de varias de las mencionadas sumamos a Dulces sueños de Bellocchio), la derrota quijotesca y el fracaso como norma. No hay finales felices ni una fe que aligere la carga del mundo. Un duelo constante que se transita como se puede. Nathalie (Isabelle Huppert) citando a Blaise Pascal en El porvenir: “Mientras que en el estado en que me encuentro, ignorando lo que soy y lo que debo hacer, no conozco ni mi condición ni mi deber. Mi corazón tiende todo entero a conocer dónde está el verdadero bien para seguirlo; nada me sería tan caro para la eternidad. Envidio a los que veo en la fe viviendo con tanta negligencia, y que usan tan mal de un don del que me parece que yo haría un uso tan distinto.” Pura expiación. Como decía Leopoldo María Panero, en la inolvidablemente hermosa El desencanto de Chavarri, retrato de esa enorme familia disfuncional que eran los Panero-Blanc: “el fracaso es la mas resplandeciente victoria”.

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